¡Qué lejos queda París! (y 4)

Quizá todo haya cambiado más  que nosotros, tan parecidos que no sólo volvemos a idénticos lugares, sino que repetimos los argumentos, las citas, las costumbres. Un palo. Y entonces viene lo peor, que es distanciarte de las cosas y hacer ese periodismo para chachas y mayordomos, ahora que las chachas ya no existen porque las empleadas de hogar son tituladas en paro y los camareros acumulan varias licenciaturas. Volver es siempre peor que un tango. Salvo que la dignidad acampa en las plazas.

Sucede que dejas unos días la intensa actualidad de la basura cotidiana y cuando vuelves te la echan toda encima, de golpe; lo acumulado y lo que sobra. Llegas de París como un meteco y descubres lo que ya sabías antes de marcharte, que no hay arreglo, que somos provincia de la nada e imperio de vendedores de humo. Gay Talese, fíjense, como si te hubieras equivocado de país y sitio y en vez de estar en Barcelona o Madrid acabaras de entrar en el Museo de Cera Grévin. ¡Gay Talese, el último de la fila, un superviviente y no precisamente el más brillante de un grupete, ni siquiera una generación, de mediocridades periodísticas perfectamente adaptadas a una sociedad satisfecha de haberse conocido! Cuando la Gran Burbuja aún se denominaba Imperio Financiero. Los más excelsos pelotas de nuestro mundanal ruido, exclamando maestro, maestro a un fantasma más usado y manido que el traje de tres piezas con hechura de sastre calabrés, y el sombrero a lo Atlantic City y esa jeta de avispado ante unos mocetones, ni siquiera adolescentes, ansiosos de nombres con pedigrí. ¡Imagínate que conoció a Andy Warhol! Y a Frank Sinatra y Dean Martin. Lecciones de periodismo para gaznápiros. Y la dignidad acampa en las plazas.

Es duro reconocerlo, pero hay que volver a París para ver cine. Filmes vivos, hechos por gente que aún tiene algo que decir, lo suficiente para atarte a una butaca y contemplar en la pantalla algo que te retenga, que no te humille obligándote a recorrer el pasillo hacia la salida. Me hubiera gustado escribir sobre dos filmes imprescindibles, consciente de que todo es prescindible, incluso el cine. Tenía hasta el título, La fuerza de la fealdad, porque se trata de historias para espectadores alérgicos a las series de televisión, esa medida del éxito. Tener que ir a París para admirar una película chilena no deja de tener su aquel. Pero Santiago 73, post mortem, por sí sola merece el viaje. Un grisáceo empleado de la morgue de Santiago de Chile sorprendido ante las novedades que mete en su vida el golpe que destruyó un mundo. Porque Pinochet, que tanto gustaba a Josep Pla y al ABC, entre otros, no sólo asesinó una experiencia y a varias generaciones de chilenos, sino también un mundo. Aunque suene a sarcasmo, como Talleyrand decía de la vida anterior a la Revolución Francesa, el golpe contra Salvador Allende acabó con un mundo complejo que se llamaba Chile. Y la dignidad acampa en las plazas.

Pablo Larrain, 35 años, chileno, ha construido una película sobre el filo de un bisturí, el del forense en la morgue de Santiago la noche de la bestia. Algún cinéfilo de Madrid o Barcelona conseguirá verla en cualquiera de esos festivales para entusiastas. Entrará en la sala por casualidad o porque algún amigo enterado le habrá advertido y creerá vivir la pesadilla. Hay humor chileno, porque la gracia rara vez es universal; no todos reímos por los mismos motivos. ¿Se podría solicitar a algún alma nada cándida que proyectara esta soberbia película en algún lugar donde la gente pudiera verla más allá de un par de sesiones? Y la dignidad acampa en las plazas.

¿Y qué decir de La oveja negra, un insólito filme italiano de un no menos insólito director, actor y escritor del libro que da vida a la historia -La pecora nera- de nombre tocado por los dioses sonoros: Ascanio Celestini (Roma, 1972), que publicó nada menos que Einaudi con un prólogo excitante de Concita de Gregorio y un elogio de Edoardo Sanguineti, garantía de probidad para los que se desternillan ante la momia de Talese. Una historia más allá del dramatismo y no sé a ciencia cierta si humorística, porque uno se avergüenza de reír, pero no alcanza a llorar contemplando a un muchacho poco inclinado a la disciplina, que empieza empleado en un psiquiátrico anterior a las audacias de Basaglia y acaba ingresado en el área de los peligrosos. La pecora nera despliega monólogos tan brillantes como los de Nanni Moretti y por demás demoledores hacia generaciones como la mía, mitómana y cobarde. “Todos querían nacer en los años sesenta, sin embargo alguno nació antes”. Y la dignidad acampa en las plazas.

La fuerza de la fealdad me parecía un título rotundo. Allanaba el camino para hablar de películas que penetraban reinos de la sordidez cotidiana, como una morgue en día de matanza o un psiquiátrico rancio de monjas con bigote, para llegar a la joya de la corona de lo insólito. Messerschmidt. Una exposición en una sala del Louvre de este personaje indescifrado de nuestra cultura europea -¿nuestra?, digamos, compartida-. No tiene nada de extraño que a pocos les suene la figura de Franz Xaver Messerschmidt (1736-1783), un escultor formado en el mundo centroeuropeo con capital artística en Viena y en un siglo marcado por la ilustración y la razón que él hará saltar en la parte final de su vida. Se zumba, literalmente, y pasa de hacer esculturas votivas y funerarias en la Viena imperial a retirarse a una cabaña, vacas y cabras incluidas, y dar rienda suelta a su pasión por esculpir lo ignoto: los gestos, las expresiones humanas, eso que aún hoy está casi vedado en el mundo de la escultura. Un marginal, puesto que Messerschmidt entra en el canon de la cultura moderna gracias a que el Museo Paul Getty de Estados Unidos compró una obra suya no hace mucho, siguiendo los pasos del Louvre. Y la dignidad acampa en las plazas.

La fuerza de la fealdad era un título eficaz. Empezaba con lo de Chile y el italiano verborreico y caía sobre Messerschmidt, una singularidad en la historia del arte que fascinó a Schiele y a Picasso. Y luego, descendiendo lentamente en un pianísimo mahleriano, harto pedante, me dejaba caer sobre la exposición de Cranach el Viejo, el sátiro que osó pintar mujeres desnudas y sin ramita (sobre el sexo) en el siglo XVI, cuando a uno le quemaban con la misma facilidad con que ahora te procesan. Y terminar con su alegoría de la Justicia, ahí donde aparece con su balancita del equilibrio y su espadón para ejecutar, pero le falta la venda de la imparcialidad que cubra sus ojos, y así ella misma podía comprobar cómo esos señores tan serios que organizaron la exposición en el Luxemburg parisino habían cubierto sus partes pudendas con una franja anaranjada. ¿Acaso hay metáfora más llamativa sobre los tiempos que vivimos que velar una pintura de 1537 para cumplir con lo políticamente correcto? Este era el momento en el que pensaba hablar del Cranach político, metido entre su amigo Lutero y el gran pagador Carlos V. Porque los grandes pintores de corte en aquella época debían ser amén de brillantes artistas, sutiles políticos; recompensados holgadamente por ello aún más que por su obra. Tiziano. Qué capacidad para la diplomacia, para la confidencia, para el trapicheo de altura. Lógico, todo retratista egregio se pasa horas y días contemplando y escuchando al jerarca hasta cumplir con la última pincelada. Y la dignidad acampa en las plazas.

Y cuando uno vuelve y afronta lo que hay es el momento de preguntarse qué ha ocurrido. Si las plazas están festejando la dignidad, algo sucede cuando leo que gentes a las que imaginaba tan distantes como Jiménez Losantos y Quim Monzó coinciden en su rechazo hacia unas gentes que tendrían razones para arrasar con todo, y que sin embargo asumen su condición de ciudadanos, con la audacia de tratar al Estado de tú. No hay dos mayos tan distintos como aquel del 68, donde algunos creíamos ver el comienzo y era el final, y este del 2011, donde algunos creen ver el final de algo que puede ser el comienzo.

Gregorio Morán

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