‘¿Qué parte de ‘ilegal’ no entiendes?’

Los abuelos sirios de la autora rodeados de sus hijas. Credit Imágenes facilitadas por la autora
Los abuelos sirios de la autora rodeados de sus hijas. Credit Imágenes facilitadas por la autora

Mi familia ha estado escapando del peligro durante casi cien años. Los Nazario son refugiados; sus restos han sido esparcidos por todo el mundo para que la familia sobreviva. Mi madre judía huyó de Polonia en 1933. Mi padre cristiano abandonó Siria dos años antes. Se conocieron y se casaron en Argentina, donde la dictadura de derecha los encarceló y casi asesinó a mi hermana. Al darnos un hogar, Estados Unidos salvó nuestras vidas.

¿Estados Unidos haría lo mismo hoy?

El gobierno del presidente Donald Trump ha prohibido que aquellos que buscan refugio crucen nuestras fronteras y ha convertido a los tribunales migratorios en una burla. Esta es una traición al papel que Estados Unidos ha desempeñado durante décadas como líder mundial en la protección de refugiados. También quebranta nuestras propias leyes y los compromisos que hemos asumido en tratados, los cuales dicen que aceptaremos a las personas, les brindaremos una audiencia justa en el tribunal y no los enviaremos de vuelta a un lugar donde corren peligro.

No es, sin embargo, una anomalía histórica absoluta. Estados Unidos ya ha atravesado espasmos de nativismo antes. En 1939, el congreso pospuso una propuesta de ley que habría permitido el ingreso de 20.000 niños judíos y causó que el barco SS Saint Louis, en el que viajaban 937 refugiados judíos, fuera rechazado en los muelles. Cientos de personas que se encontraban a bordo fueron asesinadas en el Holocausto.

En ese entonces, como en la actualidad, muchos individuos tanto en la derecha como en la izquierda argumentaban que las únicas alternativas que tenían los estadounidenses con respecto a la migración y el asilo eran la tolerancia cero o abrir las puertas de par en par. Sin embargo, este es un falso dilema. Podemos tener una política migratoria que sea sensata y humanitaria.

II.

Mi madre, Clara Aberbach, tenía 9 años cuando se fue de Jódoriv, Polonia, que ahora es parte de Ucrania. Era 1933, el año en que Hitler ascendió al poder en Alemania.

“Yo amaba Polonia”, me dijo. Ella y otros niños patinaban sobre el río Luh cada invierno y flotaban en balsas de madera cuando llegaba la primavera. Me contó sobre los veranos que pasó en el viñedo de su abuela, donde disfrutaba de leche y huevos frescos.

Cada sábado, visitaba la sinagoga del pueblo, de 300 años de antigüedad, cuyos muros estaban pintados de rojo, dorado y verde con pasajes de la Biblia. Una pintura mostraba a un conejo siendo atacado por un grifo (un ser mitológico con cuerpo de águila y león), un símbolo de la matanza masiva de judíos en el área durante los siglos previos.

Más de 125.000 judíos fueron asesinados en pogromos en Ucrania entre los años de 1918 y 1922. Para 1930, la familia de mi madre vio que se formaba una nueva tormenta. Sabían que podría ser mala. Así que huyeron a Argentina. Estados Unidos no era una opción: los nuevos límites mantenían alejados a los “indeseables” (judíos, asiáticos, africanos).

Muchos de mis familiares se quedaron. Decenas fueron exterminados, muchos en el campo de concentración de Auschwitz. Algunos murieron en el gueto de Varsovia, donde más de 400.000 judíos estaban hacinados en una superficie de 3,3 kilómetros cuadrados. En Jódoriv, la sinagoga fue incendiada. Los días 4 y 5 de septiembre de 1942, los alemanes fueron de casa en casa para asesinar a los débiles y a los niños al instante.

Una de las pocas sobrevivientes, Toby Levy, quien ahora tiene 86 años y vive en Brooklyn, me dijo que vio a un soldado alemán dispararle a una niña. Era tan pequeña que la levantó con una mano. “Nunca olvidaré eso”, dijo Levy. Y con la otra mano —“clic”— le disparó en la cabeza.

En un pueblo cercano donde vivieron muchos de mis familiares, los niños fueron enterrados vivos. La tía de mi madre se quedó en el viñedo familiar. Ella, junto con su esposo y sus cinco hijos, desaparecieron de la faz de la Tierra. El más joven, Asher Lemel Apsel, tenía pocos años de nacido.

III.

El nombre de mi padre era Mahafud, que significa “protegido por Dios”. Nació en una granja ovina y de producción de trigo en un enclave cristiano de Siria llamado Muhrada. Los cristianos fueron masacrados en Siria durante el siglo XX. Mis familiares temían por sus vidas cuando viajaban fuera de Muhrada y finalmente decidieron abandonar el país cuando mi padre era un recién nacido.

Él y sus padres se establecieron en Santiago del Estero, al norte de Argentina, que posee un clima cálido y seco que les recordaba a su patria. Tomaron el apellido Nazario, gracias a un agente migratorio argentino que le dijo a mi tío abuelo Asad Eben Naser Loush que nadie podría pronunciar su nombre. En cambio, el agente escribió “Nazario”, un apellido común en Italia, de donde provienen muchos argentinos.

Cuando mi padre era un joven estudiante de Bioquímica, conoció a mi madre en un autobús en Buenos Aires. Era 1951, y le recitó un poema de Pablo Neruda: “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”.

Cuando él dejó de tomar esa ruta, mi madre exploró de manera sistemática cada laboratorio de bioquímica por donde pasaba esa línea de autobús y preguntaba: “¿Mahafud trabaja aquí?”, hasta que lo encontró y lo invitó a salir. Cuando se casaron, mi abuelo judío estaba furioso. Dijo que era como si mi madre estuviera muerta para él por casarse con un árabe —incluso realizó el rito judío de luto por ella— hasta que dio a luz a algo a lo que ya no pudo resistirse: sus primeros nietos, gemelos, nada más y nada menos.

En 1955, la universidad donde trabajaba mi padre fue cerrada debido a un golpe de Estado… uno de muchos. En 1959, él recibió una beca para continuar su trabajo de investigación en la Universidad de Wisconsin. Poco después de que se mudaron a Estados Unidos, llegué yo: la primera de mi familia en nacer aquí.

Mi padre, alto y de piel morena, extrañaba Argentina. Invitaba a amigos latinos a sentarse en un círculo afuera de nuestra casa a pasarse el mate, una infusión argentina que usualmente se toma a través de una bombilla. Los argentinos están obsesionados con la carne a la parrilla y, fiel a las costumbres, mi padre preparaba cabritos enteros en nuestro patio trasero. Los fines de semana, me llevaba al laboratorio, donde lo veía cambiar tubos de ensayo en las centrífugas. Intentaba mapear los genes de microorganismos, labor que finalmente haría como profesor en el Centro Médico de la Universidad de Kansas.

IV.

Entiendo el deseo de los estadounidenses de decir: “¡Cuida primero a los tuyos!”. En Los Ángeles, donde vivo ahora, tenemos nuestros propios campamentos urbanos, cuadras y cuadras para personas sin techo. Uno de cada siete niños en Estados Unidos sufre por hambre. La empatía ha llegado a su límite.

Las personas no son racistas por preocuparse de que los estadounidenses sin estudios de bachillerato quizá tengan que competir con inmigrantes para obtener trabajos en industrias como la de la construcción. Entiendo a aquellos que le temen a un cambio cultural rápido. Tenemos que ser honestos con las personas: en el año fiscal federal 2019, casi un millón de migrantes fueron arrestados en la frontera sur estadounidense, la cifra más alta en doce años. Eso no es poca cosa. Un tercio de todos los hondureños planea migrar, según indicó una encuesta reciente.

¿Tú no lo harías? Un nuevo estudio realizado por Médicos Sin Fronteras descubrió que más de dos tercios de los migrantes que escapan de Honduras, El Salvador y Guatemala tienen algún familiar que fue asesinado, secuestrado o está desaparecido.

A pesar de su desacuerdo con el flujo de solicitantes de asilo, los estadounidenses protestaron en las calles en 2018 cuando vieron que nuestro gobierno estaba arrancando a bebés de los brazos de sus madres centroamericanas. Nosotros no hacemos eso, dijeron los estadounidenses. Esa no es la clase de país que somos.

Pero, en su mayor parte, esos mismos estadounidenses se han quedado callados mientras nuestro gobierno pisotea las leyes de refugio y asilo que se edificaron a lo largo de medio siglo.

El gobierno de Trump ha recortado el número máximo de refugiados permitidos este año a 18.000, en comparación con los 110.000 del último año del gobierno de Barack Obama. En octubre del año pasado, ni un solo refugiado fue aceptado, en un momento en el que casi 71 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares, la mayor cifra desde la Segunda Guerra Mundial.

El gobierno de Trump ha prohibido que quienes buscan asilo ingresen a Estados Unidos para presentar su solicitud, un derecho que les confieren nuestras leyes, en cambio, los ha obligado a esperar su turno durante meses en puertos de ingreso oficiales del lado mexicano de la frontera. Incluso cuando llegan al frente de la fila, es posible que los envíen de vuelta: desde enero de 2019 hemos enviado a más de 57.000 solicitantes de asilo, incluyendo a por lo menos 16.000 niños, de regreso a México para que esperen hasta el día de su cita en el tribunal.

Es la época más fría del invierno y a menudo su único cobijo son algunas bolsas de basura unidas con cinta adhesiva. Están a la merced de cárteles y secuestradores, quienes los ven como presas fáciles. Una abogada en Laredo, Texas, con la que hablé recientemente, me sorprendió al revelar que más de la mitad de los migrantes que ella entrevistó tienen un familiar que fue secuestrado, extorsionado o atacado por cárteles mientras esperaba del otro lado de la frontera en Nuevo Laredo, un lugar tan peligroso que el Departamento de Estado de Estados Unidos lo compara con Siria, Corea del Norte o Yemen. Un funcionario de asilo que renunció en protesta le dijo a Los Angeles Times que nosotros estamos “literalmente enviando de regreso a las personas para que sean violadas y asesinadas”.

V.

Cuando mi padre tenía 42 años, murió de un ataque al corazón. Al igual que muchos migrantes, mi madre anhelaba volver a su hogar, así que, en 1974, cuando yo tenía 14 años, desarraigó a sus cuatro hijos y se fue de Kansas para volver a Argentina.

Mi madre eligió un mal momento: el ejército argentino estaba a punto de asumir el poder y matar o desaparecer a aproximadamente 30.000 personas.

Yo temblaba siempre que veía un Ford Falcon pasar por la calle: era el vehículo favorito de los oficiales encubiertos del ejército. Se llevaban a la gente —catedráticos, maestros, periodistas, estudiantes—, a cualquiera que estuviera a favor de una sociedad más justa. Te golpeaban, te daban descargas eléctricas en los genitales, metían tu cabeza en una cubeta llena de orines y heces hasta que te estuvieras ahogando. Drogaban a la gente con el anestésico Ketalar y todos los miércoles aventaban al océano desde aviones a los que se habían llevado. Mantuvieron en cautiverio a cientos de mujeres embarazadas lo suficiente para que dieran a luz, entregaron sus bebés a parejas sin hijos del ejército y después mataron a las madres

Poseer ciertos libros —Alicia en el país de las maravillas, las obras de Freud— podía meterte en problemas. Ayudé a mi madre a poner todos los libros de la familia en una enorme pila en el patio trasero y les prendimos fuego.

Un día, mi madre y yo estábamos caminando por la calle cuando vimos un charco de sangre en el suelo. “Aquí mataron a dos periodistas”, me dijo mi madre.

“¿Por qué?”, le pregunté.

“Por decir la verdad”, respondió ella.

Mirando fijamente aquella sangre derramada decidí volverme periodista.

VI.

Entre los valores estadounidenses de los que más me enorgullezco están la libertad, el Estado de derecho y el derecho a disentir. En este momento, el Estado de derecho está siendo masacrado en silencio a fin de mantener fuera del país a los que buscan asilo, una política que la mayoría de los estadounidenses rechaza (una encuesta de Gallup del año pasado demostró que un 57 por ciento de los estadounidenses está a favor de aceptar a los refugiados de Centroamérica y un 76 por ciento —el porcentaje más elevado desde que Gallup hizo la pregunta por primera vez en 2001— considera que la inmigración es buena para Estados Unidos).

El presidente Trump dijo que quería un sistema de asilo manipulado y eso es lo que nos ha dado. En junio tuiteó: “Cuando alguien entre, debemos hacer que se vaya por donde vino de inmediato, sin jueces ni casos en los tribunales”. El mandatario estadounidense proclamó desde el Despacho Oval: “Para ser honesto, tienen que deshacerse de los jueces”.

Eso ya se está haciendo. En todo el país, los índices de rechazo de asilo aumentaron al 71 por ciento en septiembre pasado, de un 55 por ciento en 2016. Pero en los tribunales improvisados que están procesando cada vez más casos cerca de la frontera mexicana, casi ninguno ha sido aprobado. De las 29.304 personas que en 2019 solicitaron asilo en los puertos de entrada, a quienes se les ordenó permanecer en México y luego se les permitió regresar a Estados Unidos meses después para sus audiencias, solo 187 —un 0,6 por ciento— ganó sus casos. Una demanda que presentaron el mes pasado seis grupos defensores de los derechos de las personas migrantes, entre ellas el Southern Poverty Law Center, dice que estos procesos se han convertido en “máquinas de deportación”. Cuatro de cada diez tribunales migratorios se han vuelto “zonas libres de asilo” donde “el Estado de derecho está ausente y la ley de asilo está suspendida en la práctica”.

El gobierno de Trump está expandiendo un programa en El Paso (donde la tasa de rechazo ya es del 97 por ciento), conforme al cual los casos de los migrantes se deciden en diez días. Diez días para encontrar un abogado, solicitar documentos a los funcionarios de otro país y convocar a los peritos para que rindan testimonio. Es un engaño.

VII.

Tras un año y medio de vida bajo el régimen de los generales argentinos, mi madre decidió sacarnos del país. Regresamos a Estados Unidos apenas unos meses antes de que el ejército tomara el control oficialmente del gobierno el 24 de marzo de 1976. Pero mi hermana estaba cursando el último año del bachillerato, así que se quedó para terminarlo.

Una noche de mayo, sonó el teléfono de nuestra casa en Kansas, era una de mis tías. Los soldados habían echado abajo la puerta de nuestro departamento en Buenos Aires y habían devastado el lugar. No había rastro de mi hermana, la habían desaparecido.

Mi hermana, quien ahora ejerce medicina en el Medio Oeste de Estados Unidos, no estaba segura de querer que se le identificara en este reportaje. Temía que sus amigos, colegas y pacientes en Estados Unidos la juzgaran por lo que pasó, que no fueran capaces de entender que, en Argentina en aquella época, cualquiera podía ser encarcelado y asesinado a pesar de ser completamente inocente.

La tía en Buenos Aires tenía demasiado miedo de acudir a la policía por temor a que también la aprehendieran. Llamó a la hermana de mi padre, Sofía, que vivía en el norte de Argentina, quien a su vez llamó a un primo cuyo hijo trabajaba en el servicio secreto. “¿Qué puedes hacer?”, le suplicó. Se enteró de que mi hermana estaba viva y se encontraba detenida en la estación central de policía. Sofía reunió todo el dinero que pudo de la familia y todos sus brazaletes de oro, en caso de que fuera necesario pagar sobornos, y tomó un avión a Buenos Aires. Esperó varias horas tensas en la estación antes de que alguien confirmara que mi hermana se encontraba ahí. Sin embargo, fue transferida en dos ocasiones.

Unas semanas después, el novio de mi hermana, Javier Gustavo Grebel, fue detenido mientras repartía panfletos en contra del ejército afuera de una escuela. A los que tenían nombres que eran a todas luces judíos como el de él les iba mucho peor que a otros prisioneros. Un telegrama, ahora desclasificado, de la Embajada de Estados Unidos titulado “Violencia contra los judíos argentinos” dice que los comandantes antisemitas del Ejército llamaban a las personas “perros judíos” durante las sesiones de tortura. Algunos pensaban que bastaba ser judío para acabar preso.

Después supimos gracias a otro prisionero que los torturadores de Javier le rompieron todos los huesos del rostro. ¿Acabó en los chupaderos, los campos de concentración, del ejército? A la fecha, su familia no tiene idea de cuál fue su destino.

Mientras todo esto sucedía, yo tenía plena conciencia de que era la única ciudadana nacida en Estados Unidos de mi familia. Así que, a los 14 años, presioné a mis líderes en el congreso de Kansas para que salvaran a mi hermana. Esto hizo que el secretario de Estado, que en ese momento era Henry Kissinger, enviara un telegrama al dictador argentino, el general Jorge Rafael Videla, para preguntarle por qué mi hermana estaba presa sin ninguna acusación en su contra (por supuesto que Kissinger es el mismo diplomático que supuestamente le dio luz verde al nuevo régimen argentino para cometer abusos contra los derechos humanos cuando le dijo al ministro de Relaciones Exteriores de Argentina en junio de 1976: “Entendemos que usted debe ejercer autoridad” y “si hay cosas que deben hacerse, debería hacerlas rápido”).

La noche del 21 de septiembre de 1976, mi hermana fue liberada. Había estado presa cinco meses. ¿Qué le hicieron en ese tiempo? Era tan doloroso para ella revivir la experiencia que, aunque somos muy cercanas, tardamos décadas en hablar de ello.

Ahora lo sé: mi hermana fue violada; obligada a permanecer de pie en posiciones incómodas; con los ojos vendados y encarcelada en una celda fría y húmeda. Pasó días sin comer ni dormir. La noche en que fue liberada, el aire era gélido. A menudo, les disparaban a los prisioneros poco después de liberarlos. Me contó que mientras se alejaba caminando de la prisión esperaba que le dispararan en cualquier momento.

VIII.

Por lo general, el gobierno estadounidense no permite que gente inocente sea encarcelada, violada ni asesinada de un tiro en la espalda. Estos son el tipo de experiencias de las que huyen los refugiados que vienen a este país en busca de seguridad.

Podemos tener una política de asilo pragmática y compasiva. No tenemos que elegir entre permitir entrar a todos o no dejar pasar a nadie.

Tal vez a los conservadores no les guste esto, pero tenemos que dejar entrar a la gente que afirma tener miedo. Permitir el ingreso a los solicitantes de asilo y supervisarlos hasta la fecha de sus audiencias en los tribunales (a las cuales se presentan nueve de cada diez solicitantes). No debemos encerrarlos, como estamos haciendo con unos 60.000 migrantes por noche, en lugares donde reciben atención médica inadecuada. Al menos siete niños migrantes han muerto bajo la custodia de las autoridades migratorias desde 2018. Esto sencillamente no ocurría antes. Nuestro gobierno está matando niños por negligencia.

Hagamos que los procesos judiciales sean justos y estén a la altura de nuestro país. Saquemos nuestros tribunales migratorios cada vez más politizados del Departamento de Justicia y hagámoslos independientes. Asegurémonos de que los niños migrantes cuenten con un abogado financiado por el gobierno, dado que la mayoría no puede costear tener uno, lo cual básicamente garantiza que perderán. De octubre de 2017 a junio de 2018, 70 bebés fueron llevados ante los tribunales solos

Puede que a los liberales no les guste esto, pero también tenemos que deportar a los migrantes a los que no se les otorgue el asilo. El presidente Trump dice que el asilo es un “vacío legal” en nuestro sistema. Eso es falso. Aun así, hay otra laguna jurídica que debe atenderse: la gran mayoría de las personas a las que se les niega el asilo no salen del país. Se quedan y se mezclan entre la gente. Esto, con justa razón, enfada a los estadounidenses que creen que estas personas que no obtuvieron el asilo se burlan de nuestros procesos jurídicos. Es necesario que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas se concentre en deportar a la gente que acaba de perder sus casos de asilo, no al padre o madre que ha estado en el país desde hace treinta años.

Los demócratas necesitan despertar y darse cuenta de que cualquier plan de reforma a la ley migratoria tiene que demostrar que creen en el Estado de derecho. He vivido en un país sin ley. Los demócratas no quieren eso. No podemos aceptarlos a todos, así que tenemos que dar prioridad a los que huyen del peligro. Dejemos de hablar de cosas ridículas como las fronteras abiertas o los liberales seguirán perdiendo en este tema.

IX.

Hay algo que los estadounidenses a los que les importa esta farsa pueden defender: la Ley de Protección a los Refugiados, que se presentó ante el congreso en noviembre. Esta requeriría que Estados Unidos aceptara más refugiados, incluyendo al menos 100.000 al año solo provenientes de El Salvador, Guatemala y Honduras. Evitaría que el gobierno obligue a la gente a solicitar asilo en otros países por los que pasaron para llegar a Estados Unidos y prohibiría que los puertos de entrada alegaran aglomeraciones como una excusa para rechazar a los solicitantes. También impediría que los migrantes fueran procesados penalmente por cruzar la frontera sin documentos y permitiría liberar a los solicitantes de asilo provisionalmente en Estados Unidos si no suponen ningún riesgo para la seguridad pública. Así mismo, revocaría la decisión del gobierno de Trump que le prohíbe obtener asilo a la gente que huye de la violencia doméstica o de las pandillas y, además, requeriría que nuestro gobierno designara abogados para los niños migrantes.

Los estadounidenses necesitamos dejar de quejarnos y hacer que el congreso apruebe esta iniciativa de ley. Todos mis amigos judíos en este país deberían estar en alerta máxima por este tema; en especial gente como Jared Kushner, cuya familia polaca, al igual que la mía, encontró seguridad en esta nación.

A menudo me preguntan: “¿Qué parte de ilegal no entiendes?”. Bueno, nuestras leyes dicen que tenemos que ayudar a la gente que huye por su vida. Se los dice una Nazario: el presidente Trump es el único que ha violado la ley.

Sonia Nazario es la autora ganadora del Pulitzer por La travesía de Enrique: La historia real de un niño decidido a reunirse con su madre y una integrante del consejo de administración de Kids in Need of Defense.

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