¿Qué pasa con Alemania?

Italia puede ser el “hombre enfermo de Europa” hoy, pero no es el único país que necesita medicina. Por el contrario, hasta la poderosa Alemania parece estar pescándose alguna enfermedad.

Italia, sin duda, está en graves aprietos. En los últimos veinte años, el crecimiento anual del PIB apenas promedió el 0,46% y la deuda gubernamental ha aumentado de manera sostenida, superando hoy el 130% del PIB. El desempleo se mantuvo en niveles persistentemente altos, la inversión se desploma y el sector bancario padece problemas graves.

Igual preocupación genera el hecho de que la cantidad de mujeres en edad de ser madres ha caído casi dos millones desde la caída del Muro de Berlín en 1989. Y el porcentaje de mujeres activas con una educación universitaria se mantiene en niveles escasamente comparables con los de otras economías avanzadas.

Considerando todo esto, no debería sorprender que Italia y Grecia, azotada por la crisis, sean los países de peor desempeño de la eurozona en términos de crecimiento del PIB per capita en los últimos tres años. Lo que sorprende es que Alemania sea el tercer país de peor desempeño. Alemania tiene una situación fiscal sólida, con una gran acumulación de ahorro excedente. También es altamente competitiva en términos de costo unitario de la mano de obra, goza de sus tasas de participación laboral más altas de la historia y se beneficia de un marcado ingreso de mano de obra calificada de otras partes de Europa.

Pero el hecho es que el crecimiento anual promedio del PIB per capita de Alemania de 0,51% desde 2014 la coloca muy por detrás de otros países centrales de la eurozona -concretamente, Austria, Bélgica, Finlandia y Holanda-. Inclusive Francia, donde el crecimiento per capita apenas excede el de Italia, supera ligeramente a Alemania.

¿Cómo es posible que economías tan diferentes como Alemania e Italia tengan un desempeño tan similar del crecimiento per capita? En alguna medida, la explicación podría parecer obvia. Alemania está mucho más cerca del crecimiento potencial que Italia e inclusive Estados Unidos, que luchó más que Alemania para escapar de la Gran Recesión. Pero la recuperación más reciente en otros países avanzados, en todo caso, debería haber promovido el crecimiento potencial en Alemania, donde el motor de la economía son las exportaciones.

De la misma manera, la migración podría afectar el crecimiento del PIB per capita. Alemania ha recibido 2,7 millones de nuevos residentes, neto de las salidas, en los últimos cinco años, casi un millón de los cuales son refugiados. Estos últimos ofrecen un impulso keynesiano obvio, pero no suman demasiado a la producción potencial.

Sin embargo, los flujos de migrantes que ingresan a Alemania no son exactamente anómalos. El país había experimentado ingresos netos igualmente sólidos en otros tiempos en los últimos treinta años, sin efectos tan adversos en el crecimiento del PIB per capita. Por el contrario, en muchos casos, los migrantes que ingresaron a Alemania, particularmente los jóvenes y, entre ellos, los calificados, han contribuido a la producción potencial.

El verdadero culpable detrás del bajo crecimiento del PIB per capita de Alemania debe buscarse en otra parte. Según el Banco de Pagos Internacionales, los reclamos de los bancos alemanes en otros países de la eurozona -incluida Austria, Francia, Irlanda, Italia, Holanda, Portugal y España- han caído más de 200.000 millones de dólares, en total, desde el pico de la crisis de deuda a mediados de 2012. Los reclamos en Italia bajaron a niveles pre-euro, mientras que los reclamos en España se están acercando a ese punto. Alemania inclusive ha venido desinvirtiendo en economías centrales de la eurozona.

El lento avance de los bancos alemanes hacia la desintegración contrasta marcadamente con el comportamiento de los bancos basados en Francia, Italia, España y Holanda que, en su totalidad, han reanudado la integración financiera europea estabilizando y muchas veces aumentando su exposición en otros países. Esas tendencias divergentes, más que la fuga genérica de capitales, explican parte de los crecientes desequilibrios en el sistema de pagos Target 2 de la eurozona.

¿Por qué los bancos alemanes son los únicos que reculan en materia de integración? Una posible razón es que las autoridades financieras domésticas, escépticas del futuro del euro, hayan dado instrucciones a los bancos de achicar su exposición en el resto de la eurozona. Otra es que los bancos alemanes estén incubando una enfermedad que los reguladores europeos todavía no han detectado plenamente. Su base de costos es, después de todo, la más alta en el mundo avanzado, pero su rentabilidad está entre las más bajas, a pesar de su carga desdeñable de préstamos incobrables.

De todos modos, esa característica voluble es desconcertante. Aproximadamente la mitad del sistema bancario alemán es de propiedad pública, y así goza de una garantía gubernamental implícita. Por cierto, los bancos alemanes recibieron 239.000 millones de euros (253.000 millones de dólares) en ayuda estatal entre 2009 y 2015.

Como sea, el retiro de los bancos alemanes de Europa no puede ser bueno para la confianza, la inversión o un sector de servicios dinámico. Y, por cierto, la inversión en Alemania el año pasado estuvo más de cinco puntos porcentuales por debajo de sus niveles de 1999 como porcentaje del PIB, aunque el ahorro nacional bruto haya subido a los niveles más altos desde que la serie de datos del Fondo Monetario Internacional comenzó en 1980.

Las autoridades alemanas suelen encontrar una explicación para esta enorme caída en la parsimonia de una sociedad que envejece. Pero los retos demográficos -que son las limitaciones de mañana a la producción potencial- deberán inspirar reformas en la ayuda social y la educación, no la supresión de la demanda de hoy. Y allí es donde reside la verdadera cuestión: ningún país de la UE, excepto posiblemente Francia, ha implementado tan pocas reformas en los últimos diez años como Alemania.

Esa falta de reformas está empezando a verse. Los bancos cautelosos y la baja inversión deben de haber incidido desde 2012 en lo que parece el tramo de crecimiento más lento de Alemania en tres décadas en materia de productividad total de los factores. Depender marcadamente de las exportaciones -es decir, de la demanda de otros países- puede haber distraído al gobierno alemán de algunas de sus propias responsabilidades internas. Pero es para bien de toda Europa -y de Italia, en particular- que la mayor economía del continente se vuelva aún más fuerte.

Sin duda, la desaceleración de la productividad dista de ser exclusiva de Alemania. Pero a menos que Alemania aborde las raíces de esa desaceleración en el país, corre el riesgo de sufrir un inmenso golpe, si su moneda se revalúa marcadamente, representado por menores exportaciones y un perjuicio de su sector bancario ya debilitado, resultado de la deflación y de tasas de interés de largo plazo negativas.

La enfermedad de Italia es mucho más aguda que la de Alemania, pero ambas son potencialmente graves. Ambas necesitan un tratamiento inmediato.

Federico Fubini is a financial columnist and the author of Noi siamo la rivoluzione (We are the revolution).

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