¿Qué podemos hacer con los tiranos?

Corren tiempos de crecimiento de las autocracias y debilitamiento de las democracias en Europa y en el mundo. Si en el pasado las autocracias se disfrazaban y buscaban pasar desapercibidas, ahora se afirman desafiantes y sostienen soberbias que son superiores a las democracias liberales al enfrentar los desafíos del presente. Estas autocracias desacomplejadas tienen como protagonistas a nuevos caudillos, unos hombres fuertes, que ejercen de tiranos y aspiran a convertirse, si no lo han hecho ya, en dictadores.

Como nos explicaron los clásicos, tirano es quien usurpa el poder político, pues carece de títulos legítimos para ejercerlo. Pero también es tirano quien ostentando un poder político legítimo lo profesa con ignorancia de la ley, a beneficio propio, poniendo en riesgo la existencia de la comunidad política a la que está obligado a servir. Más allá de la tiranía, la dictadura es una magistratura republicana que se caracteriza por el ejercicio de un poder político ilimitado que se legitima en el nombre del pueblo. La monarquía absoluta, siendo también un gobierno unipersonal e ilimitado, se fundamenta por apelación al derecho divino de los reyes. Robert Filmer, devoto de este último credo, afirmó en el siglo XVII que la dictadura es a la postre el homenaje que las repúblicas rinden a la monarquía absoluta.

Como ya señalara Cicerón, la vida del tirano no es fácil porque, sabiendo que encarna el mal gobierno, desconfía de todos, porque en todos encuentra motivos para que le traicionen. Maquiavelo, en su célebre manual para tiranos, les recomendaba audacia para mantener su poder porque, explicaba, la fortuna es una mujer que puede ser forzada mediante el ímpetu. Por fortuna entendía la contingencia que está más allá de la voluntad del tirano, esto es, las circunstancias en las que éste busca afirmar su voluntad. Para vencer en su propósito de alcanzar y conservar el gobierno, el tirano tiene que hacer de la necesidad virtud. Esto es, tiene que domeñar la contingencia mediante sus propias artes. Virtud en Maquiavelo no se refiere al cumplimiento del decálogo cristiano, y mucho menos al republicano patriotismo, la subordinación de nuestras acciones al bien común; virtud significa para el florentino, lisa y llanamente, el arte de alcanzar y mantener el poder al precio que sea necesario.

Ahora bien, para mantenerse en el poder, nos dice Maquiavelo, el tirano necesita hacerse obedecer e idealmente esta obediencia se hace más mansa si es amado por su pueblo; pero, nos advierte, este amor de la gente es caprichoso y el pueblo, de acuerdo con su carácter, lo administra de forma inconstante. De modo que es mucho más seguro para el tirano, si quiere retener el poder, hacerse temer, porque infundir temor no depende de la opinión del pueblo sino de la acción del gobernante. Eso sí, el tirano ha de tener cuidado a la hora de administrar el temor porque, como ya había explicado Cicerón, si el miedo se convierte en odio, entonces se infunde una furia imparable tal en el pueblo que la vida del tirano peligra, como muestra la muerte de César.

Juan de Mariana, en su obra sobre el rey y su educación, de 1599, explica que «el poder (…), cuanto se extiende fuera de sus términos, (…) degenera en tiranía, que es género de gobierno no solo malo, sino flaco y poco duradero por tener por enemigos a sus vasallos mismos, contra cuya indignación no hay fuerza ni arma bastante. (…) El tirano es el que todo lo atropella y todo lo tiene por suyo».

Frente a la tiranía defiende Mariana que asiste al pueblo el poder de deponer al gobernante mediante el juicio de una asamblea deliberativa, pero si esta no pudiera reunirse y realizar tal acción, entonces cualquiera está autorizado a poner fin a la vida del tirano. La teoría del tiranicidio de Mariana produjo un gran escándalo y le valió entre otros honores que su libro fuera quemado en la escalinata del Parlamento de París, y que todos los defensores del galicanismo, del poder absoluto –«morbo gálico» lo llamó Locke– lo tacharan de autor diabólico.

Precisamente el parlamento, en el sentido que adquirió desde las Cortes de León de 1188, cuando se invita por primera vez a los representantes del pueblo a que consientan y fiscalicen al gobernante, debía ser el instrumento que, al controlar su poder, impediría su desbordamiento, la tiranía. Pero como ya señaló Richard Crossman en un análisis del sistema político británico, el parlamento ha perdido su función legislativa en favor del ejecutivo, y ha perdido también su capacidad de controlar al gobierno. Ahora, señala, «la responsabilidad primera del diputado ya no es con su conciencia, ni con sus electores, sino con su partido», porque si no acepta la disciplina de partido no es elegido, y si la desafía se enfrenta a la muerte política. La prueba de fuego de esta lealtad se muestra cuando le toca aceptar la línea oficial del partido a sabiendas de que está equivocada.

Así las cosas, las sesiones de control del parlamento se convierten en puro teatro, porque el líder del partido es quien confeccionó la lista de diputados de la mayoría; y la oposición se ve abocada a lanzar sus críticas sin que nadie las escuche, ni las conteste, perdida toda esperanza de que tengan algún efecto y, lo peor, proyectando la imagen de un radicalismo estéril que vocifera sin sentido. Edmund Burke ya explicó en el siglo XVIII a sus electores de Bristol que los representantes no pueden obrar bajo un mandato imperativo, porque las decisiones correctas se toman después de discutirlas y no antes. Por tanto, un parlamento debería ser una cámara deliberativa y no el lugar en el que unos procuradores, bajo mandato imperativo, se limitan a ejecutar una decisión tomada de antemano. Menos cuando la cámara aspira a representar a toda una nación y no únicamente a una parte. Pero todo esto ha quedado olvidado. Lo que sostienen hoy quienes están en el gobierno es que es inmoral demandar a los representantes que voten en conciencia, pero es perfectamente legítimo engañar a los electores y traicionar al país.

Así pues, ¿qué puede hacerse con los tiranos? Como he señalado, la solución de Mariana es drástica y se acomoda mal con la justicia, pero la asamblea que habría de poner coto a los tiranos ha sido cooptada por el poder ejecutivo. Así las cosas, solo cabe combatir el desánimo y la apatía mediante una discusión pública que denuncie al tirano de manera inteligente y que de forma serena establezca en la opinión publica un juicio informado que tenga traslación electoral.

Ángel Rivero es profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid.

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