¿Qué puede hacer la gente?

Por Gabriel Jackson, historiador estadounidense (EL PAIS, 10/11/03):

Aparte del decenio de 1936 a 1945, en el que daba la impresión de que Hitler y sus aliados podían destruir el mundo civilizado, no recuerdo ningún otro periodo que me haya parecido tan peligroso, quizá incluso fatídico, como el actual. Puedo imaginarme a los lectores que me preguntan, asombrados: “¿Se ha olvidado de las cuatro décadas de guerra fría?”. Por supuesto que no. Pero, durante la guerra fría, las dos superpotencias -Estados Unidos y la difunta y lamentada URSS- estaban gobernadas por hombres racionales y precavidos que poseían cierto conocimiento de la historia y eran plenamente conscientes del poder destructivo sin precedentes de las armas nucleares, químicas y biológicas (tanto en sus propias manos como en las de terroristas). A pesar de toda su crueldad paranoica, sus purgas sanguinarias y su gulag, Stalin, en su política exterior, era calculador, inteligente y prudente. A pesar de todas sus fantasías sobre la guerra de las galaxias y sus siestas durante las reuniones de Gobierno, Reagan también era un presidente racional y precavido en materia de política exterior. Y hasta los traficantes de influencias menos espectaculares de la guerra fría, fuera en Estados Unidos o en la Unión Soviética, eran también seres humanos racionales que conocían de verdad las situaciones en las que actuaban.

Lo que resulta diferente hoy no sólo es que existe una única superpotencia, sino que dicha superpotencia está dirigida por un hombre que no sabe nada de historia ni de economía y que cree que su combinación de cristianismo bíblico, amigos capitalistas y poder militar estadounidense es suficiente para guiar el mundo del siglo XXI. Y, como es el gobernante más poderoso sobre la faz de la Tierra, los que se relacionan con él tienen que fingir que es un ser razonable y normal, capaz de ocupar el puesto en el que está. Sin embargo, qué persona que piense en el futuro humano puede observar con calma el daño inmenso que ha hecho ya este hombre: el rechazo del tratado sobre misiles antibalísticos, la única limitación seria de armas que ha existido nunca; los anuncios repetidos, tanto a amigos como a enemigos, de que o están con nosotros o están contra nosotros; el desprecio por la ONU, el desprecio por “la vieja Europa”; el rechazo de un tribunal internacional si no promete dejar en paz a todos los ciudadanos estadounidenses; el rechazo a Kioto porque exigiría a la industria de Estados Unidos unos esfuerzos que ya se han llevado a cabo en “la vieja Europa” y Japón; la transformación del primer excedente presupuestario desde hace medio siglo en la mayor deuda nacional de la historia; los tres recortes fiscales sucesivos para los ricos, acompañados de la reducción de servicios sociales y educativos y múltiples agresiones a las libertades de los ciudadanos; la detención indefinida en Guantánamo de cientos de presos a los que no se considera prisioneros de guerra y que, por consiguiente, no tienen el derecho normal a contar con una defensa; las bellas palabras sobre el libre comercio en un mundo globalizado, que se contradicen descaradamente con los nuevos aranceles para proteger la agricultura estadounidense; la guerra en Irak, decidida de forma unilateral y justificada con mentiras sobre la armas de destrucción masiva; etcétera.

Además, la conducta de Bush hace perfectamente posible, sin ninguna oposición real, que Putin detenga a prósperos empresarios, imponga restricciones a la prensa y libre una guerra colonial en Chechenia con la disculpa de que lucha contra el terrorismo; y que Ariel Sharon cree nuevos “hechos consumados”, construya un muro que insiste en llamar valla y destruya, con aviones y artillería, las viviendas de miles de palestinos. Es verdad que existe mucho terrorismo en Israel / Palestina, pero los métodos de Sharon, aceptados por Bush, contribuyen mucho más a aumentar ese terrorismo que a acabar con él. Y, con las crisis mencionadas, tampoco hay ningún país ni grupo de países con tiempo para hacer algo respecto a las diversas dictaduras genocidas de África, la interminable guerra civil de Colombia o las dictaduras militares, falsamente clasificadas como democracias, en Indonesia, Pakistán y los Estados asiáticos que pertenecían a la difunta Unión Soviética. Ni de preguntar al pragmático e inhumano Gobierno chino hasta cuándo piensa seguir ejecutando a miles de delincuentes de cuello blanco al año, y si prevé hacer pronto algo contra la enorme contaminación causada por las chimeneas de sus fábricas.

Ante toda esta locura criminal, ¿qué responsabilidad tienen los que viven en democracias pero no pertenecen a la “clase política”? Muchos se distraen todo lo posible con el fútbol, la telebasura, los juegos de ordenador, etcétera. Muchos intelectuales se han callado por las buenas. Algunos, como el que esto firma, se han enterrado en los últimos meses en la investigación para no tener que expresar una y otra vez su desesperación sobre el estado actual de cosas. Pero todo eso no es más que una huida perniciosa. En las dictaduras, la gente no tiene más remedio que callarse y vivir su vida lo mejor posible. En democracia, por el contrario, los ciudadanos, los votantes, son los responsables supremos. No sirve de nada echar la culpa a “los políticos”. Ellos hacen lo que les permiten las normas públicas de comportamiento. Si los electores españoles no castigan al Gobierno actual por chapuzas como el Prestige y el AVE Madrid-Zaragoza, está garantizado que esos escándalos se repetirán. Y, si siguen apasionándose por identidades míticas basadas en una historia y una antropología falsas, ETA tendrá una larga vida por delante. Si los votantes estadounidenses no se deshacen de Bush en las elecciones del próximo año, asegurarán la continuación de unas políticas como las que mencionaba en los primeros párrafos de este artículo.

Por cierto, hablando de Estados Unidos, veo un rayo de esperanza. Acabo de enviar una modesta aportación económica a la campaña presidencial del general Wesley Clark. Es un candidato inteligente e informado, con una perspectiva civil y preocupado por el mundo entero, no sólo por los intereses imperiales de Estados Unidos. Dada la incomparable capacidad de Bush para recaudar fondos y la utilización de la “guerra contra el terrorismo” para justificar unas políticas difíciles de entender para la mayoría de los votantes, Clark representa la mejor oportunidad para que echemos de su puesto, con nuestro voto, al peor presidente de nuestra historia.