Qué quieren decir cuando hablan de fascismo

Era cuestión de tiempo que, a la eclosión de banderas españolas como rechazo popular y espontáneo al golpe, le siguiera la acusación de “fascista” por parte de la extrema izquierda y de los nacionalistas. La irracionalidad ha llegado al punto de que defender el orden constitucional, sus principios, procedimientos y símbolos se ha convertido para esos dos grupos en fascismo. No les basta con sacar a pasear al dictador Franco sin venir a cuento, sino que siguen el viejo dictado estalinista de tildar de “fascista” a todo aquel que discuta o contradiga sus soflamas. Es más; incluso oponerse al golpe de Estado en Cataluña y aplicar un tímido artículo 155 ha sido tachado de “facha”.

Es cierto que la hegemonía de la izquierda en la educación, los medios y la cultura ha trivializado mucho el concepto de fascista. También es verdad que existen grupúsculos insignificantes que sostienen las ideas fascistas o nacionalsocialistas, y que sirven de coartada al izquierdismo y al separatismo. Esto ocurre en cualquier país europeo, aunque en España con menor trascendencia. Ahora bien: la izquierda necesita tener su demoniaco Moby-Dick para dar sentido y legitimidad a su discurso y actividades, conservar esa identidad y mantener prietas las filas. La pregunta es evidente: ¿Qué quieren decir cuando hablan de fascismo?

El concepto de fascista es esquivo. Ernst Nolte hablaba de un “fascismo genérico” como resistencia a la modernidad liberal y democrática, tanto como a los planteamientos leninistas. El fascista, seguía diciendo, era autoritario, tan nacionalista como socialista, violento, jerárquico, antisemita y mesocrático, al tiempo que rendía culto a la juventud y se creía la vanguardia social. Furet disentía de esta interpretación, y encontraba muchas similitudes con el comunismo; en concreto, su proyecto de derribar el orden burgués con una revolución. Tampoco Roger Griffin coincide con Nolte: el fascismo se presentó como la expresión más terminada de la modernidad para crear una sociedad nueva y perfecta, homogénea y armónica.

El punto de encuentro es que ambas ideologías eran totalitarias y, por tanto, mutuamente excluyentes. George L. Mosse añadía algo crucial: el fascismo se presentó en 1919 como la nueva política para conferir a las masas una identidad perdida y un proyecto particular. Tan particular que, según demostró De Felice, el fascismo defendía una raza espiritual y el nacionalsocialismo una biológica. Emilio Gentile resaltaba en esto último, en el supremacismo, el deseo fascista de crear el “hombre nuevo”, algo que compartía con el leninismo.

La clave del éxito fascista era el partido, con un estilo y discurso populista, capaz de movilizar agitando los peores sentimientos y emociones; en especial, el odio y la venganza como formas de justicia casi divina. A esto sumaban el constituir un nuevo tipo: el “partido-milicia” compuesto por tropas de civiles destinadas a someter porla violencia o la intimidación a sus oponentes.

Stanley G. Paine lo delimita en el tiempo: el fascismo fue el único movimiento político verdaderamente nuevo tras 1918, toda vez que el comunismo no lo era, aunque compartía alguna de sus características. La era fascista habría muerto en 1945, dice, y el mantenimiento del concepto solo permanece en la retórica política del consenso progresista en el que vivimos.

En los estudios serios, no marxistas, se concluye que el fascismo en España no ha funcionado nunca. La CEDA no encaja con los modelos fascistas europeos. La Falange llegó tarde, pero se convirtió en hegemónica desde 1936 debido a la Guerra Civil y al interés de Franco por mantener una ideología y un encuadramiento civil, además de un vínculo con la Alemania nazi y la Italia de Mussolini.

En cuanto cayó el italiano en agosto de 1943, Franco, un superviviente que entendió entonces lo inevitable de la victoria aliada, comenzó la lenta pero imparable desfascitización. A principios de la década de 1950, el nacionalcatolicismo terminó de convertir el nacionalsindicalismo en mera parafernalia simbólica minoritaria. Por esto, ningún estudio internacional prestigioso considera el franquismo como un fascismoque duró 40 años. Ni siquiera para el progresista Robert O. Paxton en su The anatomy of fascism, quien escribió que “los dictadores Franco y Salazar redujeron los partidos fascistas a la impotencia”.

Hasta aquí, ninguna de estas características se encuentra en el PP o Ciudadanos, sino justamente en aquellos que los acusan de “fascistas”. Habría que recordar, por el contrario, el vínculo histórico e ideológico de las formaciones nacionalistas con Sabino Arana o Prat de la Riba, con organizaciones como Nosoltres Sols! y Estat Català, y personajes de 1934 como Josep Dencàs o los hermanos Badía. Y merece la pena tener presente la identificación actual de Podemos con totalitarios y genocidas de la talla de Margarita Nelken, La Pasionaria –a la que no se aplica la Ley de Memoria Historia y sigue con monumentos y calles en España-, Lenin, Stalin, Che Guevara o Fidel Castro.

Es más; si proyectamos las características partidistas, emocionales y violentas típicas del fascismo, y su proyecto de construcción desde las instituciones de la comunidad homogénea basada en la supremacía y la marginación del disidente –al que se considera “no pueblo” o “enemigo del pueblo”-, tampoco parece que el PP o Ciudadanos encajen, sino justamente sus acusadores.

En conclusión, lo que quieren decir cuando hablan de fascismo es que tanto el izquierdismo como el nacionalismo necesitan la construcción cultural de un Gran Satán que justifique sus acciones y palabras, que destilan una clara intención autoritaria, cuando no totalitaria.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid y coautor del libro ‘Contra la socialdemocracia. Una defensa de la libertad’ (Deusto, 2017).

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