¿Qué quieren los norteamericanos?

Algún lector de buena memoria recordará que, en mi primer artículo sobre las elecciones norteamericanas, advertí que iba a ser más el alma que el cuerpo de los Estados Unidos lo que se decidía en ellas. Qué clase de país es. Algo que todos creemos saber, a través del cine, las novelas, los periódicos, y sin embargo, bastante más complejo de lo que a primera vista parece. Pues si por una parte es un país de pioneros, de nuevas fronteras, de individualistas, por el otro es el país que ha acogido a millones de personas de todas las razas, lenguas, costumbres y religiones, que buscaban un futuro para ellos y sus hijos, consiguiéndolo en la mayoría de los casos, en un proceso de asimilación que no tiene igual en la historia.

Son las dos caras de lo que ha venido a llamarse the american dream, el sueño americano. El espíritu audaz, decidido, emprendedor, por un lado, y el comunitario, altruista, solidario, por el otro. A primera vista parecen contradecirse, pero si volvemos la vista atrás y contemplamos la conquista del Oeste, donde se forjó este país, nos damos cuenta de que se complementan: para conquistar aquellas tierras se necesitaba tanta audacia como solidaridad, tanto individualismo como camaradería. Lo mismo ocurrió en la puesta en marcha de esas comunidades: la iniciativa de algunos necesitaba la cooperación del resto. No es una casualidad que la macroagricultura y las cadenas de montaje nacieran aquí. El granjero o el industrial norteamericano pensaron siempre a lo grande, de ahí que no se dedicaran a fabricar carruajes para los ricos, sino coches para el común de la gente. Las consecuencias de ello son de larguísimo alcance. La primera, que tener éxito y hacerse rico no está mal visto en Estados Unidos, al revés, son motivos de orgullo y de admiración general. Pues es también verdad que, una vez convertidos en multimillonarios, los Rockefeller, los Morgan, los Carnegie, devolvían a la sociedad, en universidades, museos, salas de concierto y obras sociales, buena parte del dinero que habían ganado.

Así han funcionado, y nada mal, los Estados Unidos desde su fundación hasta ayer, como quien dice, o, específicamente, hasta que el mundo se ha convertido en una aldea global, con ellos en la cima de su riqueza y poderío. El problema ha surgido precisamente en ese momento: cuando los norteamericanos han intentado exportar su modelo al mundo y el mundo, al menos en parte, se ha resistido. Lógicamente, porque the american way of life, esa mezcla de ambición y de igualitarismo, de materialismo y de idealismo, de avidez y de desprendimiento, sólo se da aquí, al ser producto de una condiciones muy especiales. Fracasando e incluso encontrando rechazo en otros países y culturas. Es más, empieza a fallar dentro de los Estados Unidos, al haberse introducido, al amparo de la globalización, prácticas que poco tenían que ver con el espíritu original norteamericano. Sin ir más lejos, ya no es sólo inventando o trabajando más que los demás como se hace uno rico. Puede hacerse engañando al resto —como hizo Madoff— o vendiendo bonos sin cobertura —los tristemente célebres hedge funds—, con los paraísos fiscales sirviendo de tapaderas. Es lo que trajo la última gran crisis. Es lo que ha originado el conflicto entre las dos almas norteamericanas. Y es lo que se decide en estas elecciones.

Resultaba casi inevitable que los dos contendientes en ellas fueran los representantes de cada una de esas almas. Por un lado, Barack Obama, símbolo del crisol racial, de la solidaridad y de las oportunidades que ofrecen los Estados Unidos. Por el otro, Mitt Romney, un millonario especializado en comprar empresas en bancarrota, deshacerse de las partes inservibles y vender, con ganancia, las restantes. Mayor contraste no puede darse. Siendo ambas y ambos norteamericanos ciento diez por cien.

La elección de Obama hace cuatro años representó un hito en la historia de este país. Con él se cerraban dos siglos de discriminación, explotación y humillación de la única minoría que no había venido voluntariamente, sino con cadenas. Y se cerró de la forma más noble y elegante: haciendo presidente a un miembro de esa minoría, sin disparar un tiro, por la voluntad de la mayoría, incluso con aire justificado de fiesta.

Se depositaron muchas esperanzas en él, posiblemente demasiadas, sobre todo con la herencia que recibía: la mayor crisis desde 1929, el mayor déficit y dos guerras imposibles de ganar. Lo que ha alcanzado en estos cuatro años no es poco. Ha ampliado el seguro de enfermedad a 40 millones de norteamericanos que no podían permitírselo, ha comenzado la retirada de esas dos guerras, ha evitado que el sistema bancario se desplomase, ha revitalizado la industria automovilística, ha empezado a bajar el paro. Pero no menos cierto es que la crisis continúa, que el paro sigue estando en el 7,9 por ciento, que la deuda se mantiene en niveles astronómicos, que la desigualdad entre pobres y ricos se hace cada vez mayor, mientras la clase media, que era el tronco de este país, se reduce. Como el prestigio de los Estados Unidos en el mundo. Nada de extraño que haya muchos descontentos —todos los que han bajado de nivel (que son los más)— y muchos desilusionados.

Un gran caladero de votos para quien se presentaba como paladín de la otra América, la individualista, la emprendedora, la del ejemplo para el mundo como país de las oportunidades. Ofreciéndose como símbolo de ello, Mitt Romney no predica nada nuevo. Sus remedios son los más tradicionales: menos impuestos, menos regulaciones, menos gobierno, más iniciativa individual, más mercado, más facilidades a los emprendedores. Envuelto en un mensaje de mucho gancho: «Obama intenta socializar América. Convertirla en otra Europa. Ya veis cómo está Europa». Y otro debajo, no dicho, pero inequívoco: «A fin de cuentas, no es un auténtico norteamericano». O sea, racismo, que sigue latiendo en este país —¿o en todos?— y encuentra un excelente caldo de cultivo en los periodos de crisis, cuando hay que echar a alguien la culpa de nuestros males. ¿Y a quién mejor que el presidente, si además es negro?

Como no quiero escabullirme sin dar una opinión sobre el desenlace de estas elecciones: pienso que Obama va a ganar. No porque es serio, inteligente, sencillo, un hombre de centro que mezcla dureza y sensibilidad a partes iguales, sino por estar más a tono con la era global que empieza y constituye el gran desafío de todos los gobernantes. Pero admito que puedo equivocarme y que se imponga Romney, la otra cara de esa alma, la ambiciosa e individualista, tan legítima como aquélla. Posiblemente a sus compatriotas les gustaría fundirlos en una sola persona, pero la realidad impone su ley, y tienen que elegir. Seguro sólo es que, gane quien gane, lo va a tener muy difícil para satisfacer thea merican dream, que, como todo, ya no es lo que era.

José María Carrascal, periodista.

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