Que salgan ellos

La economía española sigue respondiendo a los peores pronósticos. Y no es que tengamos sobre nosotros una maldición que condene a la esterilidad nuestros esfuerzos por remontar la recesión. Se trata simplemente de que sufrimos un bloqueo deliberado de todas las decisiones relevantes que tendrían que situar a nuestra economía en condiciones de engancharse a la recuperación que empieza a avistarse en otros países.

El diálogo social ha fracasado pero, dada la agenda que estaba sobre la mesa de Gobierno, empresarios y sindicatos, aunque hubiera terminado con éxito sus resultados no habrían marcado ninguna diferencia relevante. De hecho, uno de los asuntos más importantes que estaban planteados en esa negociación fallida -las ayudas a parados que hayan agotado las percepciones por desempleo- ha sido adoptada por decreto, lo que no ha evitado una considerable confusión en su aplicación práctica al tiempo que ha permitido comprobar por enésima vez la ligereza y el oportunismo que caracterizan la gestión económica del Gobierno.

Las dosis de demagogia que faltaban las ha añadido el ministro de Fomento disfrazado de Robin Hood fiscal al sugerir una subida de impuestos a «los que más tienen». Los socialistas recuperan ese viejo 'mantra' fracasado después de un periodo en el que se apuntaron con entusiasmo a ese modelo económico ante el que ahora se escandalizan. Tenemos todavía vivas en la memoria las afirmaciones de Rodríguez Zapatero declarando que bajar los impuestos era de izquierdas. En el mundo fluido de la izquierda oportunista lo mismo da. Lo que resulta cada día más claro es que la gestión del Gobierno está arrastrando a la economía española a un círculo vicioso de gasto público y subida de impuestos que no sólo alejan el horizonte de la recuperación sino que pueden llevar a nuestra economía a una prolongada postración.

Con su renuncia a cualquier iniciativa de calado reformador, el Gobierno no propone otra cosa que paciencia para afrontar la crisis. Paciencia, eso sí, que quiere hacer más llevadera con un repertorio de argumentos y maniobras de distracción que nos convenzan de que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Si Francia y Alemania muestran signos de recuperación, nos explican que es porque sus economías entraron antes en recesión. Sólo por eso. Parecería que se trata de fijar la idea de que esto de la salida a la crisis va por riguroso turno, de modo que las políticas que se adopten o la falta de ellas son indiferentes. Otro de los placebos de utilización preferido por el Gobierno es la asimilación de sus programas de gasto al estímulo económico multimillonario que está llevando a cabo la Administración Obama, sin mencionar en tan grosera comparación las ligeras diferencias existentes.

Pero, sin duda, donde el Gobierno ha mostrado su máxima capacidad para la narrativa futurista es con la presunta Ley de Economía Sostenible, que se mantiene en los atascados circuitos internos del Ejecutivo. Según la documentación que se maneja desde la Presidencia del Gobierno, la nueva ley no tendrá financiación adicional y evitará incorporar materias que deban ser sometidas al dictamen preceptivo de órganos consultivos para que nadie con sus observaciones críticas empañen el relato feliz del Gobierno. Pero, sobre todo, los muñidores de la norma insisten en que la ley tiene que ser producto de la imaginación. Son propuestas imaginativas las que se piden a los ministerios, que para aburridos ya están los alemanes, por ejemplo. La apelación al esfuerzo imaginativo es coherente con una forma de gobernar en la que lo importante son los relatos que pueden construirse y no las acciones que se llevan a cabo, en la que la forma prima sobre la sustancia, en la que la imagen busca prevalecer sobre la realidad. Porque sólo haciendo prevalecer las imágenes sobre la realidad y los discursos anestesiantes sobre la convocatoria al esfuerzo colectivo es posible que un Gobierno que bloquea todas las decisiones determinantes de nuestro futuro pueda hablar sin sentir sonrojo de «un cambio de modelo productivo» que habrá de venir de una ley que no es más que un artificio propagandístico.

Las carencias de nuestro sistema educativo se han agudizado, incluida la Universidad; el modelo de organización estatal acumula costes y disfuncionalidades; crece la dependencia energética lastrada por el dogmatismo antinuclear del Gobierno; la regulación de los mercados, también el laboral, insiste en dar la espalda a las exigencias de eficiencia y competitividad. Y en tal estado de cosas, el Gobierno, empezando por su presidente, se permite hacer discursos tan ampulosos como fraudulentos sobre el pretendido cambio de modelo económico, la prioridad medioambiental y la creación de valor añadido.

Es una sangrante ironía que un Gobierno que acredita una incapacidad sin precedentes para articular políticas constructivas y que tiene aversión a cualquier decisión que no tenga un rédito electoral inmediato se presente como el agente de la transformación del modo productivo español. Un Gobierno que apunta con el dedo de la izquierda más inquisitorial y trasnochada a cualquiera que hable de reformas estructurales quiere colgarse la medalla de la modernización.

Lo grave no son los problemas que sin duda existen pero son resolubles en un grado más que razonable. Lo grave es la indolencia y la decisión de no afrontarlos que opta por la actitud mediocre de esperar a que otros nos saquen del charco. De la recesión, que salgan ellos.

La realidad es que no faltan los ejemplos en los que el diálogo y la negociación, la voluntad de alcanzar acuerdos ampliamente mayoritarios y una concepción responsable de lo que significa el liderazgo político, especialmente en momentos de crisis profunda como los actuales, han permitido a las sociedades en las que se han dado estas condiciones remontar sus dificultades e impulsar su modernización. Sería necesario que esos ejemplos de acuerdo para las reformas y la modernización cundieran en nuestro país. Es decir, que recordáramos nuestro propio ejemplo de consenso modernizador y mayoritario que, plasmado en el pacto constitucional, llevó a nuestro país por el camino de las democracias avanzadas y las economías prósperas.

Javier Zarazalejos