Que vienen los chinos

En Washington, como en otras capitales,  China encabeza la agenda en materia de política exterior. ¡Qué país tan fuerte, firme y seguro de sí mismo! ¡Qué lejos quiere llegar ahora que la era de la sonrisa ha tocado a su fin! Ya no es marxista, y durante mucho tiempo no se han visto chinos en el cementerio de Highgate, en Londres, donde se halla enterrado Marx. Algunos visitan Tréveris, en Alemania, donde nació Marx, aunque suelen combinarlo con una visita a una de las tiendas de Hugo Boss. Los jóvenes chinos ya no leen a Gramsci, pero el conocido politólogo conservador alemán Carl Schmitt, teórico de la razón de Estado, ha sido traducido, como también Leo Strauss, y pronto descubrirán también a Donoso Cortés. Se afirma de fuentes fidedignas que los veteranos dirigentes chinos leen títulos de la bibliografía existente sobre el auge y la caída de las grandes potencias.

Son profundamente nacionalistas y se irritan con facilidad. No se les olvida que su país resultó humillado a lo largo de un siglo por colonialistas europeos y, por supuesto, por los conquistadores japoneses. En la actualidad, China es un gigante económico y es posible que dentro de una década supere a Estados Unidos como principal potencia económica. Ya alcanza unas reservas de divisas por valor de 2,5 billones de dólares, cifra superior a la de cualquier otro país.

Prometiendo ayudar a los países europeos en dificultades, compran a buen precio empresas faltas de liquidez.

Se les oye decir en Pekín que son los protectores de toda Asia y desean convivir en armonía con el resto del mundo… Sin embargo, a sus vecinos no les satisface tanto esa aspiración a la armonía; ni a India, ni a Rusia, ni a áreas como Indochina o Indonesia. Es una música que ya les resulta familiar en boca de los japoneses, que llamaron al área la Gran Esfera de Coprosperidad de Asia Oriental. Sucede, no obstante, que el talante actual de los chinos no les predispone a encajar positivamente las críticas. En una reunión reciente de ministros de Asuntos Exteriores en Singapur, el ministro chino dijo a sus colegas que algunos países son grandes y otros pequeños, añadiendo que debían tener presente esta sencilla realidad. Y debían recordar, asimismo, el grado de dependencia de su economía y bienestar respecto de la economía china.

Con relación a Estados Unidos, los chinos se comportan con mayor cortesía. Es posible que EE. UU. se halle en declive, pero aún es muy poderoso. A la Unión Europea la respetan menos, tal vez porque observan cómo los líderes y los gobiernos europeos acuden en peregrinación a Pekín y se disputan entre sí los mejores y más sustanciosos contratos. Merkel fue a China con medio gobierno e hizo atractivas ofertas; se le perdonó que recibiera al Dalái Lama hace algún tiempo. El nuevo primer ministro británico fue e intentó halagar a los chinos recitando los primeros versos del himno nacional chino, explicándoles que había visitado China siendo estudiante y elogiando los progresos realizados por el país. Cuando el presidente chino visitó París recientemente, Sarkozy y su esposa fueron al aeropuerto a recibirle, circunstancia insólita en el caso de una máxima autoridad extranjera. Tras no haber valorado debidamente a China durante largo tiempo, las capitales occidentales tienden ahora a exagerar sus posibilidades.

China hace frente a enormes problemas sociales y económicos. A corto plazo se ve venir una burbuja inmobiliaria (como sucedió en EE. UU.). El visitante puede ver perfectamente en el área de Pekín enormes edificios hoteleros, todos ellos vacíos; un panorama similar al de otras partes del país. Sin embargo, la cuestión principal se refiere a los riesgos a largo plazo: 350 millones de personas se habrán trasladado a las ciudades en los próximos años. Los trabajadores chinos trabajan duro, pero aspiran a una vida mejor y a unos salarios más altos. Hay enormes desigualdades entre ricos y pobres, más acusadas que en la mayoría de los países capitalistas. Cuentan con los trenes más rápidos del mundo (hechos en Alemania), peroa un coste excesivo… Por sus carreteras circulan cada vez más coches y camiones, pero recientemente hubo un embotellamiento entre Pekín y Shanghai que duró no tres horas sino tres días. Si el país sigue centrado en el crecimiento económico a cualquier precio, se quedará sin agua, y sus ciudades se verán tragadas por nubes tóxicas. Una parte de tales peligros puede detectarse a tiempo, pero no será en todos los casos.

El peligro político al que China hace frente es la arrogancia y la altanería, actitud que los antiguos griegos tuvieron por culpable y necia en grado sumo. El país ha ganado en fuerza y poder, factor que conlleva inevitablemente que sus vecinos empiezan a temerle como en su caso ocurrió con EE. UU.. Nunca se ama a las superpotencias, que siempre parecen peligrosas. Los dirigentes chinos pueden leer en los libros, a propósito del auge y la caída de los grandes imperios, que en tales casos los menos poderosos se unen para resistir la presión frente a su enorme vecino. La URSS mostró una ideología internacionalista y en la cumbre de su poder pudo confiar en la buena voluntad y disposición de la población de numerosos países. La ideología china es el nacionalismo chino y carece de ese atractivo. Incluso la UE empieza a comprender que, aun deseando mantener buenas o al menos normales relaciones con China, no le conviene que sus miembros rivalicen entre sí a la hora de hacer negocios o tratar con China.

Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *