¡Que vienen los nuestros!

Por Salvador Cardús i Ros (LA VANGUARDIA, 16/02/05):

La puntilla al discutido papel de las administraciones monocolores catalanas en el conflicto creado por el derrumbe del túnel del barrio del Carmel la dio Rodríguez Zapatero en su visita del pasado miércoles a Barcelona. Un buen alcalde recientemente me recordaba un clásico principio de cultura política básica: “Al suelo, que vienen los nuestros”. (Ahora no recuerdo exactamente si la frase es de Maquiavelo, de Hobbes o de Gila.) Y es que por si las cosas no estaban bastante complicadas, llegó el presidente español con una pedrea de premios para todos los afectados, puso pie en tierra casi sin descabalgar y se llevó el aplauso fácil del populismo más eficaz: aquel que llena los bolsillos de los mayores y hace llorar a los pequeños al ser besados por tan imponente humanidad. Además, para dar mayor realce a la escena, como en el cuadro de Velázquez, el conjunto de los representantes de las instituciones catalanas se ofrecieron, desarmados, de telón de fondo. Con cara de rendición de Breda y casi arrodillados como en Las lanzas,el benefactor Zapatero, cual nuevo Spínola, con hidalguía, frenó con sus palabras la postración final de socialistas y conseller en cap. Los más ingenuos aún dirán que detrás de Zapatero “sólo” está un buen talante sin contenido alguno. Se equivocan en el sólo.

La política, como ciertas espumas gastronómicas, cada vez funciona con menos contenido y en función de más burbujas. Cierto, lo del talante es puro gesto. Pero de eso trata la política actual: de servir mousse de política y de deconstruir los conflictos sin tener que resolverlos. En política, el civet de jabalí ahora se bebe con cañita de refresco. De manera que ya puede el conseller Nadal reunirse con todos los técnicos del mundo y velar por la seguridad de los vecinos y los intereses de las constructoras; ya puede Clos poner cara de pésame funerario en sus visitas al Carmel; ya puede el diputado Rull -con Puig bajo las faldas- pedir dimisiones con la autoridad moral de quienes en veintitrés años no dimitieron nunca por nada o el diputado Boada puede pedir moderación al Gobierno para que no se pase en su celo por hacer tan bien las cosas. De nada va a servir. Aquí, los aplausos se los llevó Zapatero y la bronca los que, mejor o peor, han estado en el tajo. Vean la encuesta de La Vanguardia del lunes y qué talante regional gastamos. El problema de los catalanes no es que como sucede en buena parte del mundo avanzado tengamos un papá Estado cada día más esquilmado que con dificultades se desvive por protegernos, a pesar de ser unos hijos desagradecidos. No: aquí lo que pasa es que tenemos un abuelo Estado que nos sobreprotege y malcría. El modelo autonómico español ha descentralizado las responsabilidades administrativas-paternales, pero el Estado central se ha reservado la agradable tarea de la prodigalidad sin responsabilidades directas. El Estado es España, es un indulgente abuelo que se va justo a la hora de hacer tragar el plato de sopa o llevar el niño a la cama.

De la visita de Zapatero se derivan dos consecuencias verdaderamente graves. La primera, la de la falsa generosidad representada por el anuncio de ayudas de todo tipo y bulto. Y digo falsa porque una de dos: o se trata del anticipo de los dineros que van a pagar las aseguradoras a los afectados y entonces no hay filantropía alguna, o bien se trata de un retorno del expolio que antes ya había sufrido nuestra hacienda, que es también la de los vecinos del Carmel. Además, la supuesta magnanimidad es inmoral: las ayudas, en un Estado de derecho, o son justas y legales, es decir, son las que tocan dadas las garantías formales establecidas en nuestras leyes, o son arbitrarias e indulgentes y entonces se convierten en abuso a los que pagamos impuestos y en insulto a la dignidad de los que las reciben.

La segunda consecuencia grave del gesto de Zapatero en el Carmel está en el plano político. Llevo meses sin querer hacer público mi pronóstico sobre el final del proceso de reforma estatutaria emprendido en Catalunya, y me lo seguiré guardando. Deseo tanto equivocarme, que no querría desilusionar tontamente a nuestros parlamentarios mientras escriben la carta a los Reyes, y menos ser acusado de tener alguna responsabilidad en tal final.No me imagino mayor crueldad que decirle a un niño inocente, mientras espera pasar la cabalgata, que los Reyes… ¡son el Estado! Pero sí creo que el gesto de Zapatero en el Carmel vale más que una reunión con Rajoy y que mil palabras de compromiso sobre lo de respetar el Estatut que se redacte en el Parlament. Precisamente, porque lo que realmente vale del presidente español es el tipo de talante, el mostrado el miércoles pasado fue diáfano: el Gobierno catalán sirve para administrar la miseria y la desgracia, pero el pueblo se debe al Estado benefactor, al cual aplaude emocionado. A la interpretación del gesto de Zapatero contribuye, claro está, la sucesión de declaraciones de los ministros del Gobierno español advirtiendo de cuáles van a ser las reglas del juego. Incluso a los representantes del PP en Catalunya se les escapa la risa por debajo de la nariz cuando aconsejan que no se pida lo que, según el sentido común constitucional, nadie nos va a dar. Y no tranquiliza que Miquel Iceta diga, sin sonrojarse, que tales advertencias “no son declaraciones directas de nadie”: ¿cómo que no son “declaraciones de nadie”? A ver si se le enfada algún ministro…

Si yo fuera redactor del nuevo Estatut, además de llegar a un pacto por darle nombre al país (¿qué tal “Comunidad Nacional Autónoma Española”, presidente Maragall?) y de suplicar de rodillas por una financiación justa, al final añadiría un articulito especial para que Catalunya tuviera la competencia exclusiva en la gestión de los gestos y el talante ante grandes desgracias y catástrofes naturales. Ya saben, es que soy muy soberanista.