¡Que viva la reina para siempre!

Hubiera sido traición, o sedición por lo menos, hace un par de siglos, pero nadie me inculpará hoy de intentar conjurar o provocar la muerte de la monarca británica si digo que, por desgracia, al cabo de 90 años, la vida de la reina Isabel II está llegando a su fin. “¡Que viva el rey para siempre!”, reza textualmente el himno que se canta en las coronaciones en Londres desde 1727, basado en los versos bíblicos que aclamaban a los reyes de Israel. Pero tales sentimientos son realistas sólo en una de las aceptaciones de la palabra. La enfermedad que está sufriendo la reina -oficialmente señalada como “un catarro fuerte”- no tiene que ser la última. Su madre no murió hasta cumplir los 100 años y es evidente que Isabel hija ha heredado algo de la robustez indomable de Isabel madre. Pero la reina no asistió a las solemnidades religiosas de Navidad ni de Año Nuevo, aunque reapareció ayer en una misa cerca de su residencia de Sandrigham. No pudo trasladarse en tren, siguiendo su costumbre habitual, para celebrar la Navidad en su casa de campo. La llevó un helicóptero, sin permitir que se la fotografiara. Corría la voz en Londres de que estaba muerta ya, como aquel Dalai Lama del siglo XVIII cuyo fallecimiento se mantuvo en secreto durante medio siglo para sostener la vigencia en el mando de un ministro malévolo. Se acordaron algunos incluso de la larga agonía de Franco, que dio tiempo al Rey Juan Carlos a preparar la Transición. El hecho de que la reina sea partidaria de los tratos homeopáticos me parece poco alentador. Si Dios quiere, aunque sobreviva a la presente crisis, es difícil suponer que podrá seguir ejerciendo indefinidamente las responsabilidades de un jefe de Estado.

Estamos frente al fin de un mandato que ha durado más de 64 años, sufriendo cambios enormes. Ha llegado el momento no sólo de evaluar su actuación, sino de reflexionar sobre la naturaleza de la suprema autoridad política en la actualidad.

Debo confesar que no soy de esos admiradores ciegos de la reina. De hecho, para ser justo y apreciar su grandeza, hay que cuestionar y criticar debidamente sus faltas. Le concedo el respeto que se debe a una persona venerable, que encarna una tradición estimable, simboliza una constitución loable y representa un Estado modélico de derecho y democracia. Ni le echo la culpa, por supuesto, de los fracasos de su reinado -la pérdida del imperio, la decadencia económica relativa, la extinción de las grandes tradiciones artísticas, musicales, y literarias del país, la humillación de la libra esterlina, la involucración de Gran Bretaña en una política exterior estadounidense que poco tiene que ver ni con la ética universal ni los intereses particulares de los británicos, y por último la farsa del Brexit, que amenaza el Reino Unido con un reto nada menos que existencial-. La preponderancia mundial del Reino Unido, a fin de cuentas, fue como la española del Siglo de Oro: un accidente histórico insostenible a largo plazo.

Pero la reina sí ha fracasado personalmente en algunos asuntos en los que ella misma se ha implicado. Ha invertido, por ejemplo, bastante emoción en su rol de “gobernador supremo” de la iglesia anglicana, pero no ha podido en absoluto detener la decadencia de esa comunidad que, tras varios escándalos -provocados por la ordenación de sacerdotisas y gays, el abandono de la liturgia tradicional y la renuncia de doctrinas que la reina, por lo visto, consideró fundamentales sobre el comportamiento sexual- ha acabado perdiendo su unidad, su influencia social y política, y el respeto de la gran mayoría de la gente. Otro error de parte de la reina ha sido pensar que las virtudes con las cuales se educó -el famoso sang-froid de un milord inglés, el estoicismo, la indiferencia frente a las privaciones, lo que los ingleses llaman “el labio superior rígido”, esos valores que servían para sostener a su familia y a su nación bajo el bombardeo del blitz de la Segunda Guerra Mundial y durante el largo período de austeridad que luego sucedió- eran características imborrables de la grandeza británica. Resulta que los ingleses se han convertido en un pueblo irreconocible para su propio monarca: ya son tan consumidores, tan permisivos, tan egoístas, tan pastelosos, tan almibarados y tan débiles como los demás europeos, e Isabel ha tenido que aguantar el auge repugnante del culto a las celebridades y a la vulgaridad de la cool Britannia inventada y propulsada por sus bestias negras, Tony Blair y Diana Spencer.

Para la reina, el fracaso más hiriente ha sido el del liderazgo de su propia familia. Al inicio de su reinado, se propuso el papel de madre modélica de una familia que sería un patrón para las de sus súbditos y una versión metafórica de la relación supuestamente familiar de los pueblos del imperio británico. Su hermana, la princesa Margarita, sufrió las consecuencias, teniendo que renunciar a un novio divorciado, el capitán Peter Townsend, de quien estaba evidentemente enamorada. Todo se deshizo con los divorcios de sus propios hijos y el comportamiento deslumbrante, cursi y promiscuo de sus hijas políticas, Diana Spencer, princesa de Gales, y Sarah Ferguson, duquesa de York. Alimentaron también su disgusto la renuncia militar de su hijo menor, Eduardo, a quien se acusó abiertamente de cobardía y falta de sentido de honor, y una serie extraordinaria de aventuras sexuales y financieras por parte de su hijo preferido, el duque de York -sin contar los rumores incesantes sobre los amoríos de su marido y el supuesto parentesco del mismo duque de York-. Tales problemas pueden surgir en las familias más controladas, pero la reina erró al proponerse normas inalcanzables.

Espero que por la franqueza con la cual cuento sus errores al tiempo se crea que soy sincero cuando reconozco el gran valor de la reina. Como Juan Carlos en España, aunque en menor grado, y como Felipe VI, Isabel ha desempeñado el oficio de un monarca constitucional con escrupulosidad minuciosa y fidelidad intransigente, demostrando la gran ventaja de tener un jefe de Estado libre de toda necesidad de solicitar votos ni acatar el populismo. Isabel no es una persona culta ni de gran inteligencia. Pero sí tiene una experiencia enorme, una vocación inmutable y un sentido firme de responsabilidad. Y aunque no se le permite expresar opiniones políticas propias, ni discrepar de los dictámenes de su primer ministro, mantiene el derecho y la obligación de plantearle preguntas. Los ministros tienen el privilegio de no hacerle caso, pero por lo menos esas preguntas sirven, si son acertadas, para llamar la atención de algunas deficiencias de los gobiernos. Y la verdad es que la reina Isabel sabe plantear preguntas de una forma genial. Y, por ser una persona sencilla sin pretensiones intelectuales, insiste en respuestas claras y directas, exentas de los circunloquios retóricos, evasiones y prevaricaciones normales entre los políticos.

Entre las muchas entrevistas claves con primeros ministros que se han llevado a cabo a través de su reinado, una de las más comentadas fue la que tuvo con la recién elegida Theresa May. A tenor de las filtraciones de los empleados de la casa real, se puede reconstruir el tono del encuentro.

“Y ¿cómo, señora primer ministro, piensa usted. implementar el resultado del referéndum del Brexit?”, pregunta la reina.

“Bien, majestad, existen ciertas dificultades y obstáculos”, contesta May.

“Y ¿cómo va usted a eludirlos?”.

“Pues es que hay varios matices y todo exige tiempo. Voy a conseguir, de una forma u otra, que salgamos de la Unión, se lo prometo. Pero para ello hay que abrir vías de negociación que no existen y crear un equipo que revise todas las posibilidades”.

“Y… ¿qué estrategia va usted a confiar a ese equipo? Y cuando se refiere a ‘de una forma u otra’ ¿cuáles son las formas que tiene pensadas?”.

“Pues son preguntas difíciles, majestad”.

“Y veo que no me las contesta”.

Según las filtraciones, la reina salió fastidiada de la reunión. La señora May, desconcertada. Las preguntas reales, efectivamente, son y siguen siendo las de todos. Así que a pesar de mis críticas, sé que echaré de menos a doña Isabel. No sé si la reina seguirá en funciones. Pero tenemos que prepararnos para, tarde o temprano, la despedida definitiva. Mientras tanto, comparto los sentimientos del himno: ¡que viva para siempre! -o por lo menos que viva su espíritu-.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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