Queda andar

Un rayo de luz se filtra entre las hojas del limonero bañándolas en parte, descubriendo, al atravesarlas, un esqueleto frágil y perfecto que sólo aumenta su belleza y anticipa la de sus frutos, finalmente tan amarillos como el sol. Hay un millón de razones por las que un limón es como es y no de otra manera, un millón de caminos frustrados que trataron de imaginar una versión de sí para darse de bruces con la realidad o para devenir en cualquier otra cosa, codorniz, piedra o peral. Un limón puede muy bien explicarse a posteriori, y, leído de derecha a izquierda, es la conclusión inevitable de un destino de oro y frescor. Leído de izquierda a derecha, se despliegan, sin embargo, tantas vías de servicio, tantas bifurcaciones y encrucijadas desde el día en que una célula inquieta empezara a mutar, que no hay archivo, enciclopedia o biblioteca capaces de albergar los mil mundos frustrados que alejaban al limón del milagro de ser. Un limón es como es como pudo ser de otro modo. Y podemos tomarlo o dejarlo, estar a favor o en contra, imaginar un limón nuevo –un limón mejor que nos salve a todos–, o podemos aceptar su misterio. No es como es por nadie ni por culpa de nadie, sino por el mundo todo, con su lluvia y con su viento, con su ceniza y su roca, con su frío y su calor; con sus insectos errantes, con las leyes de Mendel y con la ley de Murphy, con sus inextricables accidentes (su arbitrariedad sagrada), que dotan de sentido a todo. Con su sino inconcebible. Con su plan sin plan.

Nuestra sociedad es, pues, la nuestra y no la de otros por dos únicos motivos: por si acaso y porque sí. Es la ineludible suma de factores delimitables o imposibles de determinar. El resultado improbable de un millón de variables en pugna, de un número incontable de egoísmos bullentes, de los siete mil millones de planes que siete mil millones de vidas tienen para sí y para quienes rondan cerca, entre el sálvese quien pueda y el bien común (que es lo mismo según la distancia, como comprende cualquiera que analice su mañana con ojos de historiador). ¿Cómo contemplarnos, entonces, sin sesgos de pensamiento, sin plantillas personales que hagan invisible lo que uno simplemente no puede ver –porque no sabe que existe o porque no quiere que exista–, o que bañen en luz directa cuanto confirme un prejuicio o le dé la razón? ¿Cómo otear el paisaje sin juzgarlo, cómo no convertir cada argumento en una reafirmación de la propia conveniencia o en una censura a lo que, por desfavorable, llamamos inmoral? ¿O a lo que, por propicio, llamamos honorable? ¿O a lo que creemos creer, como si creer en algo tuviera más mérito que tratar de entenderlo? La respuesta es simple: no se puede. No se puede, nada más. No se puede ver la realidad, no como es. No podemos observarla sin incluirnos, arruinándolo todo. No podemos apartarnos de la ecuación (igualdad llena de incógnitas), porque somos la ecuación: nada pasa si a mí no me pasa y nada existe cuando dejo de existir, por mucho que exista y por poco que sea yo. No es posible prescindir de la defectuosa conciencia que hace con los ojos y el cerebro lo que puede, como un David cetrero al que le llevara diez halcones comprender que no hay que lanzarlos con honda, o el náufrago que bracea a la desesperada y ve tierra donde le conviene porque la alternativa es dejar de ser para ser, a cambio, el mar. No se puede.

Hay quien contempla la Tierra con compasión mecánica –consecuencia previa a toda causa– y desea que se parezca al sueño que tuvo en una siesta, y hay quien legitima su hambre de hambre como cima de un orden natural que ni existe ni comprende. Hay quien cree que, mientras en Occidente morimos de empacho, en África la gente apenas tiene cápsulas para sus Nespresso, y hay quien cree que a veces un pobre no es el fracaso de una sociedad, sino el fracaso del pobre. Que no haya nada que hacer no significa que no haya que hacer nada. Con uno, preferiblemente. La ideología –cualquiera– es el libro de instrucciones que no se parece en nada a la estantería montada, como el votante es la grupi dominical y el líder el fusible al servicio de la muchedumbre (el tonto que acaba a empujones en la cabecera de la manifestación justo cuando ésta se adentra en el campo de minas, para pisar primero). Mejor un estado de ánimo que uno de derecho. Cualquier debate es vano cuando nadie habla de lo que dice hablar y sólo proyecta, como puede, su imagen anhelada. Sólo la opinión discordante es ya audible, sólo lo inaceptable sobresale del ruido; para mal, generalmente, pero qué vamos a hacerle. Algo es algo. Partidores de un pelo en cuatro desvelan a Isis en la emisora de ocho a diez; fuera, la horda sabia mejora el veredicto gritándole a la radio. Nada importa y todo es importante. Nada somos y algo tendremos que ser. Un limón, al menos, al final de las losas amarillas, un milagro evolutivo con alto contenido en vitamina C. Cianobacterias devenidas en alga; células fotosintéticas creadoras de oxígeno ascendidas a plantas vasculares; licopodios con raíces, tallo y hojas; árboles frutales –perennes y dorados–; fruta al fin, aromática, ácida, de pulpa verde y jugosa. Que acaba hecha zumo (confesión del fruto untuoso) y combate el escorbuto un millón de años después. O picoteada por un pájaro. O en el suelo, agotados el crédito y el color.

También cuando nos rendimos servimos para algo. Queda el reconocimiento por lo que sí tenemos, por lo que sí podemos, por lo que sí sabemos. Queda la pelea recta, la rebeldía de hacerlo mejor. Queda la hazaña de vivir en un planeta hermoso y lleno de espanto. Crueldad y belleza. Asombro y dolor. La determinación, en cualquier contexto, de aprender una lección, aunque sea la de no darlas. Queda el viaje. Queda andar. Queda el entusiasmo de tratar de ser. El resto es incertidumbre (que impide el aburrimiento): algunas tardes en guardia bajo el limonero, con gorra de capitán de barco y un paloselfi en la mano. Y una libreta, para recordarlo todo. Y –por si sobreviene la tentación de la derrota– un exprimidor.

Rodrigo Cortés, cineasta y escritor.

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