Querido Eugenio

No hemos podido mantener una última conversación, Eugenio. Se lo decía anteayer a Elena. Ya estaba convenido el encuentro, Miriam lo iba a montar para uno de estos días. No ha podido ser. Parecías inmortal, pero desgraciadamente sólo lo parecías. Lo inapelable sigue siéndolo. Quizás ya nos toca por edad, pero en estos últimos tiempos las repentinas ausencias son demasiado frecuentes. No nos resignamos e, impropiamente, denominamos injusticia a lo que sólo es un riguroso cumplimiento de las leyes de la naturaleza.

Eras un conversador insuperable, Eugenio. Eras más filósofo que profesor de filosofía: preguntabas más que afirmabas, sobre todo te preguntabas a ti mismo. Y tenías una curiosa forma de subrayar los momentos culminantes de un diálogo: aquella risita aguda y persistente que no sólo aclaraba el debate sino que lo concluía. Quizás algunos piensen que siempre hablabas del ser-que-está-en-el-límite o del pensar-desde-la-frontera. Yo no recuerdo nada de eso. Hablábamos de las cosas que pasaban con total naturalidad, te gustaba cotillear y conspirar, saber de los amigos y de los que no lo eran, estar al día de todo. Te mostrabas relativamente tolerante pero te indignaban los necios, los engreídos y los sinvergüenzas.

No puedo hablar de tu obra filosófica, Eugenio, últimamente no lograba entenderla. No soy especialista y, en todo caso, estoy en otros registros, más sencillos y directos, más en la argumentación racional que en la intuición y las emociones, nunca he sabido ver lo que hay detrás del espejo. Sintonizo más con Popper que con Heidegger, lo siento, Eugenio, qué le vamos a hacer. Me aclaró muchas cosas tu primer libro, La filosofía y su sombra, publicado cuando sólo tenías 27 años en la Biblioteca Breve de Carlos Barral. Después me empezaste a despistar, no alcanzaba a seguirte. En los últimos años mis dificultades aumentaron.

Lo que más admiraba era tu actitud moral, la sencillez con la que decidías actuar de acuerdo con tus ideas. Si algo se debía hacer se hacía. Y punto. Sin aspavientos, sin pensártelo dos veces, sin calcular si convenía a tus intereses personales, si se enfadarían unos u otros, o los unos y los otros. A ti tanto te daba, sólo te importaba tu radical libertad, hiciste siempre lo que te dio la gana, bendito seas.

A finales de 1970 fuiste tú quien me informó de que debíamos encerrarnos en Montserrat para que el mundo se enterara de que en España se podía condenar a alguien a la pena de muerte sin las garantías procesales que requiere un juicio justo. Hacía muy poco tiempo que eras profesor de universidad, sin seguridad alguna en continuar, y te jugabas el puesto. Pero había que hacerlo y eso bastaba.

Años más tarde, creo que el 2 de agosto de 1990, un tal Sadam Husein, hasta entonces un personaje casi desconocido, invadió Kuwait. La prensa internacional y nacional repetía día tras día que Sadam era un tirano sanguinario y debía ser derrocado inmediatamente para restablecer el derecho de los kuwaitíes a su soberanía. Razón tenían, no se hacen así las cosas.

Pero por debajo de todo ello asomaba la sospecha, algo no casaba. Kuwait tampoco era una democracia, ni Arabia Saudí u otros países de la zona. Israel invade a sus vecinos o les ocupa las tierras cuando le conviene y casi no hay protestas. ¿No tendría el petróleo algo que ver en todo aquello? ¿O tal vez la industria del armamento, al haberse quedado Occidente sin enemigos por el desplome de la URSS, dejaría de tener clientes a quien vender sus productos? Algo olía a podrido en medio de aquellas verdades oficiales que parecían propaganda. También estuviste ahí, Eugenio. El filósofo bajó a la arena, indagando, cuestionándolo todo, dando la voz de alerta: no es toda la verdad. Hasta llegaste a publicar un libro junto a Rafael Argullol. Hoy Iraq sigue en guerra, desde entonces. Intuiste bien.

Lo mismo sucedió con los manifiestos del Foro Babel, a finales de los noventa, uno sobre la política lingüística, otro sobre el nacionalismo catalán. Fueron más que unos manifiestos, fueron una doctrina alternativa a la dominante, una denuncia de lo que estaba sucediendo sigilosamente en Catalunya sin que apenas nadie levantara la voz. Ahí estuviste tú como pieza clave, como autoridad consagrada, dándoles respaldo. Cayeron chuzos de punta, en las sociedades cerradas discrepar es pecado. Con gesto impasible aguantaste el chaparrón sin despeinarte, asombrado de que posiciones tan razonables pudieran originar tales tempestades. Al comentarlo siempre asomaba tu risita burlona de niño travieso. También el tiempo te ha dado la razón.

No has podido culminar tus proyectos, siempre los tenías, no en vano el filosofar nunca se acaba, y todavía más en tu caso, ya que si cerrabas una puerta se te abrían otras. Has dejado algunos discípulos, una muy extensa obra y un gran recuerdo en los amigos. Nunca había que aludirte como Eugenio Trias, bastaba con decir Eugenio, todos entendían de quién se trataba. Pero nos faltaba una última conversación en la que no te hubiera contado nada de lo que ahora he escrito. Hubiéramos hablado de muchas otras cosas.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

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