¿Quiebra del sueño ilustrado?

Hemos criticado mucho (y con toda la razón) las ocurrencias de los filósofos posmodernos: ya no hay Verdad que descubrir, ni Gran Relato que contar, ni Futuro que desear. Se trata, dice Lyotard, del agotamiento del triple proyecto histórico del cristianismo, la razón ilustrada y el marxismo revolucionario, para dar paso al imperio de lo efímero (Lipovetsky) y al pensamiento débil (Vattimo). Sobre el primer proyecto, Olegario González de Cardedal nos ilustró hace poco en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas acerca de las múltiples facetas del «poscristianismo». Sobre el modelo soviético, François Furet escribió el epitafio en términos concluyentes: «El comunismo terminó en una especie de Nada». Parecía, sin embargo, que la Ilustración, aunque no siempre bien entendida, ganaba la batalla de las ideas y señoreaba un sedicente «fin de la historia». Brexit, Trump, acaso pronto Le Pen, son populismos triunfantes. Otros parecidos, aunque con disfraz diferente, aguardan su turno, incluso entre nosotros. ¿Quiebra del sueño ilustrado? La lechuza de Minerva se toma su tiempo para explicar los hechos a posteriori, y ahora mismo contempla perpleja la encrucijada de caminos sin saber qué rumbo tomar. Conviene ayudarla con argumentos sensatos.

El proyecto ilustrado es el fundamento de la Modernidad. Su traducción política y socioeconómica es el Estado constitucional, la sociedad abierta y la economía de mercado matizada desde la segunda posguerra por el Estado del bienestar. Lo resumen muy bien la Ley Fundamental de Bonn y, en su estela, nuestra Constitución de 1978: Estado social y democrático de Derecho. Por supuesto, todos copiamos en origen los principios de las «revoluciones» inglesa, francesa y americana, punto de partida de las sociedades menos injustas de la historia. El secreto (a voces) de esta fórmula exitosa es, como ya sabía Aristóteles, la fortaleza de las clases medias, atribuladas por la crisis económica y (no se olvide) por el escepticismo relativista que destruye sus señas de identidad: trabajo, honradez, moderación, sentido práctico… Ahora, en cambio, el discurso dominante valora más una ocurrencia ingeniosa que el rigor de la obra bien hecha. Jaleada por falsos intelectuales, una masa ecléctica y presentista huye de las verdades sólidas y desprecia el pasado tanto y más que el futuro, para caer, como escribe George Steiner, en la «nostalgia de lo Absoluto». La derecha, aquí y en todas partes, elude el debate ideológico y busca su legitimidad mediante una gestión eficaz, avalada sin duda por hechos concluyentes. La izquierda convencional sigue anclada en su imaginaria superioridad ética. Las citas podrían multiplicarse, si encargáramos la tarea a un «sub-sub-bibliotecario», como nos enseña Herman Melville sobre las ballenas en el apasionante comienzo de Moby-Dick.

Displicencia de unos y complacencia de otros abren la puerta a los extremistas. La política consiste en la discusión racional sobre los asuntos públicos, según el código genético que se reconoce con mejor o peor fortuna desde la Atenas de Pericles a las imperfectas democracias actuales. Pero hay quien prefiere las soluciones antipolíticas, algo así como recorrer el camino a la inversa: del logos al mito. Sería absurdo hablar de «regreso» o «renacimiento»: no se han ido nunca, están ahí, donde han estado siempre. Está claro en el caso de Donald Trump, que será (probablemente) un presidente más templado de lo que amenazan sus bravatas como candidato. La respuesta elegante de Clinton y el sentido institucional de Obama son fiel reflejo de una nación que, como expresa la portada de ABC, «tira de patriotismo y democracia» para asumir la nueva era. Los análisis se multiplican y la mayoría son coincidentes. Aquí se trata de aportar una perspectiva de más largo alcance. Si arraiga el populismo, la razón ilustrada ocupará su lugar en el museo de arqueología constitucional, con grave daño para la convivencia civilizada. La democracia en América, como demuestra el libro excepcional de Tocqueville, es felizmente muy fuerte. Trump lo comprobará pronto. Democracia, en efecto, no son únicamente más votos populares o, en este caso, más compromisarios que su rival. Son las instituciones, en particular las «contramayoritarias», y el espíritu de libertad, señas de identidad de la «República Imperial», única superpotencia contemporánea, mal que les pese a unos cuantos.

Pero vivimos tiempos difíciles, aunque los hubo (y los habrá, me temo) mucho peores. Prejuicios y atavismos se agitan bajo la capa superficial de la civilización. El «ruido» crea la realidad y provoca la «furia», valga la referencia indirecta al gran William Faulkner. La cuestión tiene mucho que ver con una fractura social, en los Estados Unidos, hasta ahora poco y mal conocida. Charles Murray publicó hace poco un libro muy debatido sobre las «nuevas clases» alta y baja. El contraste, acaso exagerado, es muy llamativo: Ivy League y universidades públicas (o, simplemente, fracaso escolar); urbanizaciones seguras y barrios degradados; parejas estables y familias rotas; arte de vanguardia y basura televisiva; cosmopolitas y localistas… Naturalmente, la proporción entre unos y otros no se corresponde con el tópico de Ocupa Wall Street: «Somos el 99 por ciento». Por supuesto, no coincide el voto conservador/progresista con la dualidad ricos/pobres. Al menos en Nueva Inglaterra, sucede todo lo contrario.

Cada cual es hijo de su trayectoria. Quienes dedicamos nuestra vida académica a la enseñanza del sistema constitucional hemos transmitido una y mil veces a los alumnos una admiración (acaso desmedida) por la Declaración de Filadelfia de 1776 (libertad, igualdad y búsqueda de la felicidad), por el We the People of the U.S. de la Constitución de 1987, por el juez Marshall o el presidente Lincoln y por los héroes que salvaron a Europa de su locura ideocrática por dos veces en menos de medio siglo. Los historiadores de los Ideas valoramos, quizá menos de lo que merece, el punto de vista pragmático que sirve de vacuna contra el despliegue implacable de las Ideas que nos imponen las filosofías deterministas de la historia, con graves consecuencias en forma de crueldad totalitaria. Los americanos son gente práctica: léase el libro (muy ameno, a pesar del título engañoso) de Louis Menand El club de los metafísicos, sobre el pragmatismo de William James y sus colegas bostonianos. Ya sé que existe la América «profunda», el mito de la frontera y del Far West, el rifle como (muy discutible) expresión de autonomía personal. Así es, pero –hasta hoy– eran reflejo de libertades «libertarias» y no de mezquindades tribales.

Hay que confiar todavía en el sueño de la razón ilustrada. La zafiedad, el mal gusto, las ofensas gratuitas, son lamentables en campaña electoral y pueden ser trágicas si las turbulencias no se remansan en el sentido de la responsabilidad que emana de las instituciones genuinas. El sol seguirá saliendo cada mañana, se apresuró a advertir Obama. La luz, al fin y al cabo, es el símbolo de la razón ilustrada.

Benigno Pendás, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

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