¿Quién destruyó el muro?

Una imagen vale más que mil palabras: la destrucción del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, data con exactitud el fin del imperio soviético y de la ideología comunista. Los expertos ya lo sabían, pero solo los expertos. De modo que, un año antes, fui a Gdansk para visitar a Lech Walesa, fundador del sindicato Solidaridad, que en 1990 se convirtió en presidente de la Polonia liberada. Walesa me anunció el fin de la URSS, que atribuía al pacifismo de Mijaíl Gorbachov. Me dijo que desde el momento en que, en 1988, el líder soviético no dio orden de disparar a los letones que reclamaban su independencia y a los alemanes orientales que huían de su país por Hungría, el destino del imperio soviético estaba decidido. Pero recuerdo que Walesa seguía viviendo con el temor a una reacción militar rusa. Fue la caída del Muro lo que hizo que lo inevitable fuera definitivo, incluso a ojos de los rusos.

Avisado con unos días de antelación, me apresuré a ir a Berlín con el filósofo André Glucksmann, figura emblemática de la denuncia del marxismo, y con un equipo de la televisión francesa. Lo que vimos en los días previos a la destrucción física del Muro fue el ir y venir, por encima del Muro, de los ciudadanos de Alemania Oriental. Lo cruzaban por curiosidad, asombrados de que la Policía del Este hubiera desaparecido. Muchos iban de compras al Oeste para luego regresar a su casa en el Este. Fue entonces cuando a André Glucksmann se le ocurrió una idea extraña: llevar plátanos al Este. Descubrimos que, en efecto, los ossis, como los llamaban, compraban principalmente plátanos porque no se podían encontrar en el Este. Glucksmann, que era una persona influyente, exigió a las organizaciones humanitarias occidentales que entregaran plátanos en masa. Al día siguiente, los alemanes del Este descubrieron que era más fácil destruir el Muro con un pico que escalarlo, y Glucksmann pudo distribuir plátanos más fácilmente. Una imagen inolvidable. La libertad era algo tan sencillo como eso, sin grandes palabras, sin aspavientos, una lección de modestia para nosotros, filósofos de altos vuelos.

La caída del Muro enseñó también a quienes no lo habían entendido antes que la ideología comunista era una farsa creada especialmente para los intelectuales y los crédulos occidentales. El imperio soviético se basaba en el comunismo solo en apariencia. Desde su origen armado en 1917, no fue otra cosa que una dictadura militar, cuyo único resorte era el miedo, lo que Walesa entendió perfectamente, y que vale para todos los regímenes totalitarios, desde Siria hasta Cuba, pasando por China y Corea del Norte. Lo asombroso es que hiciera falta la destrucción del Muro de Berlín para que se reconociera la evidencia. ¿No deberíamos haberlo comprendido ya en 1961, cuando se construyó el Muro? Si realmente el imperio soviético se hubiera fundado sobre una ideología, una creencia, la esperanza de una sociedad mejor, no habría sido necesario construir un Muro, rodeado de una alambrada y minas explosivas, para prohibir a los alemanes del Este abandonar el paraíso.

El Muro no tenía más significado que evocar y reforzar el miedo entre los súbditos del imperio, y también entre los propios líderes comunistas; si alguna vez habían creído en su ideología marxista, el Muro demostró, en 1961, que ya no creían en ella. No más que Stalin desde la década de 1930, pues su principal contribución al sistema soviético (y chino y cubano por contagio) fue institucionalizar el miedo con campos de prisioneros, juicios falsos, arrestos arbitrarios y denuncia de todos por todos.

A Walesa, sin duda uno de los mejores analistas prácticos del sistema soviético (tenía la ventaja de que era electricista, y no filósofo, igual, tomen nota, que el demócrata chino más famoso, Wei Jinsheng, exiliado en Estados Unidos), le pregunté si Polonia, bajo el dominio ruso desde 1939 hasta 1990, contó alguna vez entre sus dirigentes oficialmente comunistas con un solo «creyente» de la doctrina marxista. «Ni uno solo», me respondió Walesa, pero luego cambió de opinión: «Sí, encontramos uno en el sindicato Solidaridad; lo despedimos de inmediato». Por lo tanto, el comunismo nunca ha sido más que una religión practicada en países libres. En defensa de estos, sabemos cuál es la argucia de los intelectuales marxistas en Europa y en América: los regímenes ruso, chino o cubano constituyen traiciones al ideal marxista. Los rusos, demasiado rusos; los chinos, demasiado chinos; y los cubanos, demasiado indiferentes. El comunismo, en resumidas cuentas, solo funciona cuando no se aplica.

Treinta años después de la destrucción del Muro de Berlín (destrucción y no caída, como a veces oímos), algunos creen que el acontecimiento no ha mantenido sus promesas. ¿En serio? Vayan a explicárselo a los polacos, a los bálticos o a los ucranios. Hay otra disputa que también divide a los historiadores: ¿el Muro cayó o fue destruido y por quién? Por héroes en busca de libertad, por personas valientes en busca de plátanos, por las predicaciones de Juan Pablo II, por el discurso premonitorio de Ronald Reagan en Berlín en 1987: «¡Señor Gorbachov, derribe este Muro!». Como a menudo ocurre en la historia, todos estos azares convergieron para crear el acontecimiento. Pero de todas estas casualidades, la más inaudita fue que Gorbachov ordenara a sus tropas «No disparen». Pensó que así reconstruiría un socialismo con rostro humano. El imperio soviético, por lo tanto, fue destruido por el único de sus dirigentes que creía que el socialismo real podía existir sin el miedo. Error fatal.

Guy Sorman

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