¿Quién está al mando?

Por Edward W. Said, ensayista palestino, profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia (EL PAÍS, 14/03/03):

El implacable avance unilateral del Gobierno de Bush hacia la guerra resulta profundamente inquietante por muchas razones, pero, en lo que respecta a los ciudadanos estadounidenses, además, todo este grotesco espectáculo es un enorme fracaso de la democracia. Una camarilla de individuos, todos ellos no electos y que, por consiguiente, no responden a las presiones del público, han secuestrado una república inmensamente rica y poderosa y la han puesto boca abajo. No es una exageración decir que esta guerra es la más impopular de la historia moderna a escala mundial. Antes de que empiece, sólo en Estados Unidos ya ha protestado contra ella más gente que en los momentos culminantes de las manifestaciones contra la guerra de Vietnam de los años sesenta y setenta. Téngase en cuenta, además, que aquellas manifestaciones se produjeron cuando la guerra llevaba ya varios años, mientras que ésta aún no ha comenzado, si bien, por supuesto, ya ha habido numerosos pasos claramente agresivos y beligerantes por parte de Estados Unidos y su leal marioneta, el Gobierno británico de un Tony Blair cada vez más ridículo.

En los últimos tiempos me han criticado, por mi postura contra la guerra, varios incultos que afirman que mis palabras son una defensa implícita de Sadam Husein y su espantoso régimen. ¿Necesito recordar a mis detractores kuwaitíes mi oposición pública al Irak del Partido Baaz durante la única visita que realicé a Kuwait, en 1985, cuando, en una franca conversación con el entonces ministro de Educación, Hassal el Ibrahim, les acusé a él y a su régimen de colaborar con el fascismo árabe con su ayuda financiera a Sadam Husein? Entonces me dijeron que Kuwait estaba orgulloso de haber dedicado literalmente miles de millones de dólares a la guerra de Sadam contra “los persas”, como despreciativamente les llamaban, y que se trataba de una lucha más importante de lo que alguien como yo podía llegar a comprender. Recuerdo claramente mis advertencias a aquellos acólitos kuwaitíes de Sadam Husein sobre él y su animadversión contra Kuwait, que no sirvieron de nada. Me opongo públicamente al régimen iraquí desde que llegó al poder, en los años setenta: nunca he visitado el país, nunca me han engañado sus promesas de secularismo y modernización (pese a que muchos de mis contemporáneos trabajaban para Irak o lo elogiaban por considerarlo el arma principal en el arsenal árabe contra el sionismo, una idea que a mí me parecía estúpida), nunca he ocultado mi desprecio por sus métodos de gobierno y su horrible comportamiento fascista. Y ahora, cuando digo lo que pienso sobre las ridículas posturas de algunos miembros de la oposición iraquí como desgraciados y presumidos instrumentos del imperialismo estadounidense, me dicen que no sé lo que es vivir sin democracia (sobre lo que volveré más adelante) y, por tanto, soy incapaz de apreciar la nobleza de su alma. No se presta demasiada atención al hecho de que, apenas una semana después de alabar el compromiso democrático del presidente Bush, el profesor Makiya ahora se dedique a denunciar a Estados Unidos por sus planes para formar en Irak un Gobierno post-Sadam que sea militar y del Baaz. Cuando alguien se acostumbra a pasar de un dios a otro en su adoración política, es infinito el número de giros que da antes de caer definitivamente en la vergüenza y el olvido que merece.

Pero volvamos a Estados Unidos y sus acciones actuales. En todos mis viajes y encuentros, todavía no he hallado a nadie que sea partidario de la guerra. Peor aún, la mayoría de los estadounidenses cree que la movilización está ya demasiado avanzada para poder detenerla y que nos encontramos al borde de un desastre para el país. Para empezar, pensemos en que el Partido Demócrata, con escasas excepciones, se ha pasado sencillamente al bando del presidente, en una muestra cobarde de falso patriotismo. En cualquier rincón del Congreso hacia el que miremos, nos encontramos con los indicios inequívocos de la presencia del lobby sionista, los cristianos de extrema derecha o el complejo industrial y militar, tres minorías con una influencia desorbitada y que comparten un mismo interés en su hostilidad hacia el mundo árabe, su apoyo incondicional al sionismo extremista y una convicción insensata de que tienen a los ángeles de su lado. Cada uno de los 500 distritos electorales en los que se divide el Congreso de Estados Unidos tiene alguna industria relacionada con la defensa, de forma que la guerra ha pasado a ser cuestión de empleo, no de seguridad. Ahora bien, podríamos preguntar: ¿cómo va a ser posible que una guerra increíblemente cara proporcione remedio, por ejemplo, para la recesión económica, la casi segura bancarrota del sistema de la seguridad social, una deuda nacional en aumento y el fracaso masivo del sistema de educación pública en este país? De ninguna forma, por supuesto, pero la fiesta bélica sigue adelante sin que nadie se lo impida. Se considera que las manifestaciones son una especie de acciones callejeras despreciables y que las mentiras más hipócritas son la verdad absoluta, sin críticas ni objeciones.

Los medios de comunicación se han convertido en un brazo del esfuerzo de guerra. Lo que ha desaparecido por completo de la televisión es cualquier cosa que se parezca vagamente a una voz disidente. Todas las grandes cadenas cuentan con generales retirados, ex agentes de la CIA, expertos en terrorismo y famosos neoconservadores como “consultores”, unos asesores que hablan una jerga repugnante pensada para expresar autoridad, pero que en realidad apoyan todo lo que hace Estados Unidos, desde la ONU hasta las arenas de Arabia. Sólo hay un periódico importante (en Baltimore) que haya publicado algo sobre Estados Unidos en relación con escuchas, teléfonos pinchados y mensajes interceptados entre los seis países pequeños que son miembros del Consejo de Seguridad y no han decidido aún su voto sobre la resolución. No hay voces [hasta el pasado 5 de marzo] contra la guerra en los grandes medios del país, no hay árabes ni musulmanes (a los que se ha condenado en masa a formar parte de las filas de los fanáticos y terroristas de este mundo), no hay detractores de Israel, no hay nada en la radiotelevisión pública, ni en The New York Times, ni en The New Yorker, US News and World Report, CNN y el resto. Cuando estos órganos mencionan el hecho de que Irak ha desobedecido 17 resoluciones de la ONU como pretexto para la guerra, las 64 resoluciones despreciadas por Israel (con el respaldo de Estados Unidos) no salen nunca a relucir, como tampoco lo hace el enorme sufrimiento humano del pueblo iraquí durante los últimos 12 años. Cualquier cosa de las que ha hecho el temible Sadam la han hecho también Israel y Sharon con el apoyo estadounidense, pero nadie dice nada de esto último, al tiempo que fulmina al primero. Esto convierte en una burla las bravuconadas de Bush y otros cuando afirman que la ONU debe obedecer sus propias resoluciones.

Al pueblo estadounidense se le ha mentido de forma deliberada, se han malinterpretado y distorsionado cínicamente sus intereses y se han ocultado, con auténtica arrogancia, los verdaderos objetivos de esta guerra privada de Bush hijo y su junta. No importa que, por ejemplo, Wolfowitz, Feith y Perle, todos ellos cargos no electos que trabajan en el Pentágono para Donald Rumsfeld, también no elegido, defiendan abiertamente desde hace tiempo el derecho de Israel a anexarse Gaza y Cisjordania y la interrupción del proceso de Oslo, que propusieran la guerra contra Irak (y después Irán) y la construcción de más asentamientos ilegales israelíes desde sus puestos de asesores privados de Netanyahu (durante la campaña que le supuso llegar a primer ministro, en 1996), y que todo eso se haya convertido ahora en la política oficial de Estados Unidos.

No importa que nunca se comparen las inicuas acciones de Israel contra los palestinos, de las que sólo se habla al final de los artículos (si es que se habla de ellas) como muertes de civiles diversos, con los crímenes de Sadam, a los que igualan o, a veces, superan en los análisis pagados por los contribuyentes estadounidenses sin consulta ni aprobación. En los dos últimos años, más de 40.000 palestinos han resultado gravemente heridos y aproximadamente 2.500 muertos en acciones gratuitas de unos soldados israelíes con instrucciones de humillar y castigar a todo un pueblo en lo que ya es la ocupación militar más larga de la historia moderna.

No importa que no se vea ni se oiga habitualmente ni una sola voz crítica de árabes o musulmanes en los grandes medios de comunicación estadounidenses, sean progresistas, moderados o reaccionarios, desde que comenzó la última fase de los preparativos para la guerra. Piénsese además que ninguno de los grandes estrategas de esta guerra -desde luego, no presuntos expertos como Bernard Lewis o Fouad Ajami, que no han vivido en el mundo árabe desde hace décadas, ni militares y políticos como Powell, Rice, Cheney o el gran dios en persona, Bush, que sólo ven el mundo árabe y musulmán a través del prisma israelí, de las compañías petroleras o los intereses militares-, ninguno de ellos tiene ni la menor idea de las espantosas consecuencias que una guerra de esta magnitud contra Irak puede tener para la población que vive allí.

Y piénsese también que la soberbia pura y descarada de hombres como Wolfowitz y sus colaboradores, patente en su testimonio ante un Congreso somnoliento sobre las consecuencias y los costes de la guerra, les ha permitido salir del apuro sin haber dado la menor respuesta concreta a las preguntas que les hacían, lo cual ha hecho que quedaran anuladas y desechadas las cifras dadas por el jefe de Estado Mayor -unas fuerzas de ocupación de 400.000 soldados durante 10 años, con un coste de casi un billón de dólares-, y ha producido más confusión en un público que nunca había pedido su presencia.

La democracia tergiversada y traicionada, la democracia elogiada, pero, en realidad, humillada y pisoteada por un pequeño grupo de hombres que se han apoderado de esta república como si no fuera más que… ¿un país árabe? Hay que preguntar quién está al mando, porque es evidente que el pueblo de Estados Unidos no está debidamente representado en la guerra que este Gobierno se dispone a desatar en un mundo que sufre ya demasiada miseria y pobreza para poder soportar mucho más. Y flaco favor les han hecho a los estadounidenses unos medios dominados esencialmente por un pequeño grupo de hombres que dejan fuera todo lo que podría causar la menor preocupación al Gobierno. En cuanto a los demagogos y los intelectuales serviles que hablan de la guerra desde la intimidad de sus mundos imaginarios, ¿quién les ha dado el derecho a ser cómplices de la miseria de millones de personas cuyo gran delito consiste en ser musulmanes y árabes? ¿A qué norteamericano, aparte de ese pequeño grupo nada representativo, le interesa de verdad aumentar el ya vasto antiamericanismo existente en el mundo? A casi ninguno, supongo.

Jonathan Swift, deberías vivir hoy.

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