¿Quién no mató a Kennedy?

Durante los primeros años después del asesinato en Dallas la cuestión era: «¿Quién mató a Kennedy?». Comenzaba a tomar cuerpo la teoría de la conspiración. Cincuenta años después, la pregunta que algunos se hacen es: «¿Quién no mató a Kennedy?». Quiero decir, que han sido tantos los trabajos, las hipótesis, los documentos exhumados, los ensayos, libros y artículos publicados, los documentales y películas proyectados sobre el enigma Kennedy (se calculan unos 40.000), que el número de posibles sospechosos ha crecido exponencialmente. Parece como si demasiada gente hubiera tenido interés en la muerte del joven presidente.

La verdad es que, en mi opinión, el verdadero enigma sobre el presidente tiroteado en Dallas debe ser referido a su vida, más que a su muerte. La pregunta en torno al enigma no es primordialmente ¿quién mató (o no mató) a Kennedy?, sino más bien ¿quién era, en realidad, el presidente de los Estados Unidos?

Pero veamos antes quién no mató a Kennedy. La tesis de la conspiración gira más sobre un sentimiento que sobre una realidad. Es éste: ¿cómo fue posible que el presidente más brillante de la Historia de América fuera asesinado por un aislado y patético personaje como Lee Harvey Oswald? Lo mediocre del personaje requería urgentemente una dosis de misterio. Fueron surgiendo así diversas teorías –no demostradas– que han envuelto el asesinato de Dallas en una tela de araña. Una tela tupida, fruto de una verdadera industria en torno al magnicidio de la plaza Dealey, que 50 años y millones de dólares han alimentado sin cesar.

Los protagonistas son múltiples. Como más probable, según suponen unos, destacaría el presidente Lyndon Johnson, quizás envuelto en casos de corrupción a punto de hacerse públicos. Otros apuntan a las grandes industrias de armamento, que necesitaban una escalada de guerra en Vietnam, para la cual el presidente presuntamente sería un obstáculo. La CIA aparece súbitamente como un viejo animal herido por el fracaso de Bahía de Cochinos, producto de la indecisión del presidente, que se habría vengado matándolo. La extrema derecha, que encontraba a John Kennedy culpable de «alta traición» por su contemporización con los soviéticos, afroamericanos y Cuba, habría apretado también el gatillo.

A estos se une la gran industria del petróleo, amenazada por una reforma fiscal en curso; la mafia de Chicago, en peligro por la lucha presidencial contra el crimen organizado; Fidel Castro, como reacción contra los varios intentos americanos contra su vida; la KGB, para vengar la humillación de la retirada de los misiles de Cuba; un grupo de americanos patriotas exasperados por la amenaza para la paz mundial que implicaba el irreflexivo y joven presidente… No faltan las teorías delirantes que apuntan a Aristóteles Onassis –que luego se casaría con la joven viuda del presidente– en combinación con un grupo de illuminati movidos por oscuras razones, o a quienes han defendido que fue el propio chofer del coche presidencial quien mató a Kennedy para encubrir ¡una invasión de extraterrestres!

Algunas de estas tesis conspiratorias intentan justificarse en dos hipótesis: la existencia de un segundo tirador y la de una supuesta cuarta bala. La verdad es que Oswald dispara tres veces desde 81 metros de distancia contra un blanco móvil que marcha a 17 kilómetros por hora. Inicialmente se pensó que las tres balas habían dado en el blanco: lo que era demasiado para un mediano tirador, por mucho ex marine que fuera Oswald. Posteriormente se demostró que de las tres balas, una se perdió en el asfalto. La segunda atravesó limpiamente la garganta de Kennedy y, prácticamente sin perder impulso, atraviesa la espalda del gobernador Connally, luego su muñeca y acaba su carrera en el muslo izquierdo. Esta bala se desgajaría suavemente en el propio hospital donde es llevado y aparecerá en la camilla que le transportaba. La tercera bala es mortal de necesidad. Viene también de atrás, es decir, desde el edificio del que dispara el francotirador. Perfora la cabeza y destroza la parte derecha de la bóveda craneal. Lo que explica la observación de varios testigos: «El cráneo del presidente explotó». Pocos saben que el extraño movimiento de Jackie gateando hacia atrás era para coger, aterrorizada, una parte del cerebro de su marido. Cinco heridas, ciertamente, pero tres balas tan solo. Exactamente el número de casquillos que se encuentran en el edificio del depósito de libros. Exactamente a las conclusiones a que llega el FBI y antes la policía de Dallas: nada que abone las tesis de mitómanos y confabuladores.

Lee Harvey Oswald, en mi opinión, es el único asesino, un hombre solitario, neurótico y desequilibrado por motivaciones políticas y afectivas. En esto convino hasta la propia viuda de Oswald –Marina, rusa de nacimiento– durante muchos años, exactamente hasta 1988, que aparece como la primera convencida de la culpabilidad de su esposo. Y sobre todo, el informe de la Comisión Warren –en mi opinión– es definitivo. Hasta Robert Kennedy estuvo de acuerdo con sus conclusiones.

Es curioso cómo los hechos se repiten en los asesinatos de John F. Kennedy y su hermano Robert. Un tirador solitario Oswald– que asesina al presidente; otro desequilibrado solitario –Jack Ruby– que asesina al asesino de Dallas; años más tarde, otro asesino solitario –Shirhan B. Shirhan– saldrá de la oscuridad de la cocina de un hotel para disparar a la cabeza del candidato Kennedy a las elecciones presidenciales de 1968.

Estas coincidencias darán alas a las tesis de Jim Garrison, fiscal de Nueva Orleáns, luego retomadas por Oliver Stone en su película JFK, un blockbuster muy popular en la que el asesinato de Kennedy aparece como una conspiración entre la CIA y el presidente Jonhson. Desde el primer momento, la película fue objeto de serias críticas. Por ejemplo, el mayor experto americano en conspiraciones Arthur Goldwag (autor de Cults, Conspiracies, and Secret Societies) ha hecho de ella este juicio: «Es una letanía notable de falsedades, tergiversaciones, exageraciones y omisiones. Soy tan duro con Stone porque es un buen director. Si fuese un cineasta malo, no importaría».

Y respecto a una segunda (o tercera, etcétera) personas que habría intervenido en el asesinato, baste decir que, sumando los distintos francotiradores que aparecen en las tesis conspirativas (quienes supuestamente habrían disparado desde cuatro edificios diversos, una alcantarilla, varios montículos, pasos elevados y hasta desde el coche de escolta del presidente), Anthony Summers (Not in Your Lifetime) ha contado unos 30. Ninguno ha sido localizado fehacientemente. Son vagas figuras que se pierden en la bruma sin pruebas claras. Incluso el comité del Congreso que en 1978/79 concluyó –contra lo dicho por la Comisión Warren– que «probablemente el asesinato fue fruto de una conspiración», se resiente de falta de transparencia, división entre sus componentes y crea más problemas que cuestiones resuelve.

Ya entenderá quien me esté leyendo que no es mi intención desmontar en un modesto artículo de prensa las tesis conspirativas. Lo que deseo es dejar sentada mi postura y sus bases mínimas. Coincido con John McCloy, antiguo miembro de la Comisión Warren, «nunca se han presentado pruebas tangibles de una conspiración». Como observa Vincent Quivy, se puede ser el presidente del país más poderoso de la Tierra, haber sobrevivido políticamente a la amenaza de los misiles nucleares soviéticos y sucumbir, sin embargo, a la acción de un atormentado personaje y mediocre tirador amateur.

Por lo demás, la cifra actual de personas que creen que Oswald actuó por su cuenta es la más alta desde la época cercana al homicidio, cuando el 36% de los encuestados opinaba que fue obra de una sola persona.

La revisión actual de las tesis conspirativas coincide con la revisión de la propia figura y obra del presidente asesinado. Hoy no se está tan seguro de la importancia del legado Kennedy. Desde luego su valentía, inteligencia, el resplandor que irradiaba, su rara mezcla de juventud y autodesdén hicieron de la política americana una explosión de estilo, pero de dudoso contenido. Posiblemente esa explosión acabó enterrando al político y al hombre todavía inmaduro.

Era como un sol cegador, que no deja ver la oscuridad. Hoy muy probablemente sería acosado por una prensa implacable, un sistema de redes sociales que transmiten en un segundo a medio mundo aspectos debatidos, y la antigua ley del silencio sobre sus enfermedades y su incontinencia amorosa se tornaría en peligroso vocerío mediático y social. Dudosamente en el siglo XXI podría haber sido un candidato fuerte a la presidencia. Pero esto, si me lo permite EL MUNDO, será objeto de un estudio posterior. Baste decir ahora que su inicial calificación de «gran presidente» se ha transformado en «buen presidente». Hoy –entre los estudiosos– es un «debatido presidente», con demasiados claroscuros. Aunque, eso sí, uno de los «más amados» por el pueblo americano.

Rafael Navarro-Valls es catedrático, académico y autor de La leyenda Kennedy.

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