¿Quién piensa en los niños del Estado Islámico?

Un niño sirio desplazado y su madre, quienes rodearon el otrora bastión del Estado Islámico de Al Raqa, Siria, para escapar este mes. Credit Bulent Kilic / Agence France-Presse — Getty Images

Al niño de nueve años no le gustaba la escuela. No le caían bien los demás niños porque sabía quiénes eran en realidad: infieles malvados que merecían la muerte. Así que actuó conforme al adiestramiento que había recibido y los atacó. De inmediato lo sacaron del edificio el primer día de su regreso a la escuela.

Este niño había pasado dos años lejos de su patria europea, en un sitio donde, para enseñarle a contar, practicaban con los azotes que le daban en la espalda a una víctima de tortura y donde el programa escolar incluía ser testigo de decapitaciones públicas. El único objetivo era transformarlo en un futuro yihadista o “cachorro del califato”. Los años que pasó en la sede del Estado Islámico en Al Raqa, Siria, lo dejaron marcado como un niño embrutecido, radicalizado y terriblemente confundido.

Se trata de uno de los casi 5000 europeos (entre hombres, mujeres y niños) que se estima viajaron al territorio del Estado Islámico desde 2012 para combatir junto con los islamistas o vivir bajo su autoproclamado califato. Ahora que vuelven a Europa, la principal preocupación de la mayoría de los gobiernos es la seguridad a corto plazo, y por lo tanto no han puesto suficiente atención a las enormes necesidades de estos niños, que regresan profundamente lastimados.

El niño volvió a su patria a principios de 2016 con su madre, una mujer convertida al islam que ahora enfrenta un proceso judicial, y se topó con un mundo que le habían enseñado a odiar, donde no confiaba en nada ni en nadie.

“Se sentía rodeado de personas malvadas”, explicó Daniel Koehler, un académico que participa en el programa sobre extremismo desarrollado por la Universidad George Washington y consejero familiar en Stuttgart, Alemania. “Estos niños son sometidos a un estrés constante: se les dice que van a arder, que los van a torturar si no hacen lo que se les ordena, que si no matan a un infiel van a terminar en el infierno o que su madre va a ir al infierno. Es una tortura psicológica constante”.

Koehler, quien se encargó de diseñar una estrategia de reintegración para este niño tras el desastroso intento de reincorporarlo a la escuela, me contó la historia. Koehler no me dijo en qué país de Europa Occidental vive el niño.

“Prevalece una actitud muy inflexible hacia estos individuos”, afirmó. “La mayoría preferiría verlos muertos o enjuiciados y encarcelados de por vida. Es un problema que la mayor parte de la población ignora por completo: existen estos niños y no tienen ninguna culpa”.

Omar Ramadan, director del Centro de Excelencia de la Red para la Sensibilización frente a la Radicalización de la Unión Europea, calcula que son cientos de niños europeos los que se encuentran en territorio del Estado Islámico, aunque es imposible decirlo con certeza. Aunque los gobiernos cuentan con algunos datos sobre los niños que abandonaron las fronteras con sus padres, el Estado Islámico prohíbe los métodos anticonceptivos y el deber de las mujeres es procrear a la siguiente generación de guerreros. Cuando nace un bebé en el Estado Islámico, llega al mundo sin nacionalidad. El Estado Islámico emite actas de nacimiento, pero ningún país las reconoce.

Desde los cuatro años, los niños empiezan a asistir a la escuela, donde los exponen a programas brutales. “Un libro común y corriente para aprender a contar tiene ilustraciones de naranjas y manzanas junto con tanques militares y armas en la misma página”, explicó Nikita Malik, investigadora del centro de estudios Henry Jackson Society de Londres, donde ha centrado su investigación en los materiales educativos del Estado Islámico. “Evalúan el nivel de avance, en particular de los niños, con base en su capacidad de considerar normal la violencia. Así que, al observar una ejecución pública, cómo ahorcan o azotan a alguien, se le pide al niño contar el número de latigazos”.

Las niñas terminan la escuela a los nueve años, cuando se les considera con edad suficiente para casarse. A esa misma edad, los niños comienzan su adiestramiento militar, aunque se les incluye a edades todavía más tempranas en videos de propaganda. En una grabación se observa cómo un niño de unos cuatro años de edad dispara una pistola que apunta a un prisionero atado en un área de juegos de niños.

Jan Kizilhan, un psicólogo kurdo-alemán, ha sido testigo de primera mano del daño que puede causar el adiestramiento del Estado Islámico. Kizilhan atiende a niños soldado en Irak y a niños de la minoría yazidí llevados como refugiados a Alemania después de haber sido reclutas del Estado Islámico. Estos niños han atestiguado violaciones, torturas y asesinatos, y en algunos casos se les ha obligado a participar en esas atrocidades.

“La agresión es uno de los problemas principales”, además de “pesadillas, problemas para dormir y con la concentración; también pueden tener algunos problemas neurológicos”, subrayó. “El Estado Islámico los entrenó para reducir al mínimo su nivel de empatía”.

Kizilhan está convencido de que se requieren por lo menos dos años de intervención diaria por parte de trabajadores sociales, psicoterapeutas, maestros y otros profesionales para poder ofrecerles a estos niños la oportunidad de vivir una vida normal. “Estos niños necesitan seguridad, estabilidad y orientación”, declaró.

Sin embargo, a la mayoría de los gobiernos no les preocupa la seguridad de los niños que regresan a sus fronteras, sino la seguridad del Estado. Algunos ciudadanos franceses y belgas que pasaron tiempo en contacto con el Estado Islámico han perpetrado ataques terroristas en ambos países; la respuesta de las autoridades se ha limitado a monitorear a excombatientes para detectar señales en caso de que pretendan alentar el terrorismo en casa, o bien a tratar de evitar que regresen. Los niños que quedan atrapados en el fuego cruzado sencillamente no son su prioridad.

Los gobiernos no toman ninguna medida para evacuar a sus ciudadanos de la zona de conflicto. Como advierte Jessika Soors: “¿Quién será responsable cuando regrese el lobo disfrazado de oveja?”. Soors encabeza el equipo de combate contra el extremismo en el municipio belga de Vilvoorde, donde se ha determinado que algunos residentes locales tuvieron por lo menos ocho hijos en territorio del Estado Islámico. “En términos políticos, sería complicado convencer a la opinión pública de contribuir como Estado a que regresen combatientes extranjeros”, sostuvo.

A pesar de todo, quienes desean regresar encontrarán la forma de hacerlo, y las políticas que fomentan el temor y el prejuicio ignoran por completo los beneficios que ofrece una pronta intervención en la vida de los niños radicalizados, por lo que terminan poniéndolos en situaciones todavía más peligrosas.

En este momento, quienes huyen del Estado Islámico corren el riesgo de que los capturen o los maten; después deben desplazarse hacia Turquía a través de territorios que controlan los militares. Solo reciben ayuda si llegan a un consulado o embajada de su país de origen. Ahí, es necesario confirmar la nacionalidad de los niños nacidos en Siria o Irak, muchas veces mediante pruebas de ADN. Muchos niños tienen madre y padre de distintas nacionalidades, por lo que puede haber muchos problemas en materia de custodia. Una vez que el niño está en casa, por lo menos uno de los padres termina en la cárcel, si no es que ambos, así que es necesario decidir quién deberá cuidarlo. Entonces, el niño se ve obligado a reintegrarse al sistema educativo.

Ante tantos problemas tan complejos, y en vista de la posibilidad de que aumente el número de personas que regresan a medida que el Estado Islámico va perdiendo control de Al Raqa y Mosul, en Irak, es necesario establecer un enfoque con distintos matices y una estrategia general para atender a los niños en todo el territorio de Europa. Es necesario capacitar a maestros y trabajadores sociales y preparar lineamientos claros que definan cómo lidiar con aspectos como el regreso a la escuela y quién es la persona más adecuada para cuidar a cada niño. Las políticas deben planearse con el objetivo de proteger a los niños en vez de demonizar a la familia.

En años recientes, los niños que aparecen en videos de ejecuciones se han convertido en el foco de atención de encabezados alarmistas y noticias sensacionalistas en la televisión. Los tabloides británicos dieron a un niño inglés de cuatro años de edad el sobrenombre de “yihadista júnior”. Los funcionarios europeos encargados de la seguridad se concentran en la posibilidad de que los niños radicalizados se conviertan en la siguiente generación de terroristas. Un funcionario francés describió a estos jóvenes como “bombas de tiempo”.

Pero estigmatizar todavía más a estos niños constituye un mayor peligro. En el caso del niño de nueve años que atacó a sus compañeros, poder disfrutar juegos con su abuelo y sentirse querido y protegido en sus brazos le ayudó a ver a los demás niños como compañeros de juego en vez de enemigos. Después de un año de supervisión cercana, regresó a la escuela y comenzó el proceso para ser de nuevo un niño.

Los niños como él son víctimas inocentes de la guerra, y así lo reconoce la ley internacional. Sin embargo, cuando se trata de la guerra contra el Estado Islámico, muchos parecen haber olvidado esta verdad, que es una de las más básicas.

Charlotte McDonald-Gibson, es la autora de Cast Away: True Stories of Survival From Europe’s Refugee Crisis.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *