¿Quién teme a la prensa?

¿Quién teme a la prensa? La respuesta a esta pregunta tendría un buen abanico de repuestas hoy día. También entregados y fervientes teorizadores de su supuesta decadencia. Individuos que habían acariciado la revancha desde hacía tiempo, culpándola de todos los males, incluidos los propios y grises asuntos pendientes. Individuos, formaciones populistas o extremistas de todo pelaje, masas sin voz ni voto supuestamente marginadas en las últimas décadas o trolls fantasmas de la red, habrían acariciado este desplome desde hacía tiempo. La ilusión para muchos es que la antaño poderosa prensa, temida y atendida a diario, las grandes cabeceras de respeto nacional y mundial, por fin, muerdan el polvo.

El aumento mundial en ataques contra la libertad de expresión, o si se prefiere, contra una prensa libre, no es algo nuevo. Muchos gobernantes de tendencias, o de agenda oculta autocrática, se retratan groseramente, de una vez por todas, al atacar tarde o temprano este molesto y viejo escollo: la disidencia, las críticas y vigilancia a su gestión, las denuncias de abusos y corruptelas o, simplemente, la defensa de los que no tienen otra defensa salvo la de hacer públicas las persecuciones e injusticias con las que son agredidos a diario.

La prensa, una vez más, cuando la idea general de la democracia está siendo cuestionada, forma parte, junto al control del poder judicial, de las dos piedras angulares, primeras y más visibles, tradicionales, en el zapato falsamente democrático, en la máscara, que se había utilizado de forma tan sólo táctica hasta entonces por algunos.

En esta guerra civil, a escala mundial, no declarada, de la prensa escrita en papel contra el alegre, y en ocasiones nada inocente, caos de la red, el papel de los periodistas profesionales habría sido atacado y ridiculizado últimamente con saña por «inoperante». Los grandes periódicos aparecerían como los grandes perdedores «por haber errado» en los pronósticos en el caso de Trump y se ensalzaría en cambio las virtudes asamblearias, libérrimas, sin control ninguno en su vocerío faltón «muy democrático» de la red. Un movimiento asambleario a escala mundial concentrado, como se sabe, principalmente en Facebook y Twitter.

No hay que decir que los movimientos populistas de amplio espectro –desde el Frente Nacional de Francia, el UKIP del Brexit, el partido Libertad y Justicia polaco, el Fidesz húngaro de Orban o en nuestro caso Podemos– no han disimulado su alegría con la victoria, o mejor dicho, con «el caso Trump». Erdogan no ha necesitado ni alegrarse, ya que desde hace tiempo ha iniciado, a la luz del día, sin ningún tipo de sutiles ni elaboradas explicaciones, el cierre sistemático de periódicos de la oposición y la persecución a redactores incómodos.

Es el momento de las revanchas largamente acariciadas. Si Unamuno dijo en su día que «nos hemos civilizado gracias a la Prensa» y que gracias a ella se había hecho «lo que no había logrado hacer la enseñanza pública oficial», también es verdad que los insultos, improperios y célebres reticencias contra ella, como cuando Balzac decía que «si la prensa no existiera habría que evitar inventarla», nunca han dejado de aflorar a lo largo de la historia. Grandes masas descontentas y resentidas por las más variadas razones, en las que bucean hoy día con avidez los movimientos populistas, están entregadas a esta y otras causas, ignorando por completo que son hábilmente manipuladas. Masas que probablemente jamás «se ha civilizado gracias a la prensa» como afirmaba Unamuno, y que acaban de hacer un iracundo «gran corte de mangas» al sistema, no sólo al denostado establishment, según una frase que soltó con jactancia al primer minuto de la victoria de Trump el cómico-político italiano populista Beppe Grillo, líder del movimiento Cinque Stelle.

Así habría pasado también con «la otra América» y la victoria de un extremista sin complejos ni demasiados escrúpulos como Trump. Este líder nato, como dicen los que cantan sus alabanzas –lo ha dicho su mujer y hay que creerla– habría sido el Robin Hood de los sinpalabra que habría mantenido un implacable pulso contra la oposición casi en bloque de todos los medios serios de información en su país. Una América silenciosa se habría tomado la revancha sobre años de marginación económica y cultural: el mundo rural de las grandes llanuras, del Midwest, devastado por la caída de las industrias, y por supuesto el «histórico» Sur de siempre, están en las antípodas del refinado universo Silicon Valley. La separación de los medios y de las élites del sentir popular –no se pone suficientemente la oreja en la calle, se comenta habitualmente– se traduciría en el alejamiento de muchos lectores de medios de opinión antes muy respetados.

La tormenta perfecta. Acusada virulentamente por no acertar –como si se tratara de un concurso televisivo– o, de forma más grave, por «no haberse enterado» de por dónde iban las cosas, de «lo que pensaba la gente de verdad», el supuesto hundimiento actual de la prensa tradicional, ya sea europea o americana, vendría a ser como un castillo de naipes que poco a poco ve caer, una tras otras, sus antaño cartas civilizadoras de las que hablaba Unamuno. Un hundimiento de las instituciones de autoridad cultural y educativa, de esos necesarios contrapoderes de cada momento, cuya influencia, ejercida de forma independiente y plural, permiten a la gente en cada momento tomar decisiones políticas inteligentes y sensatas llegado el caso. O si se prefiere: descodificar la maraña de la realidad, en ocasiones sumamente tramposa, y no pocas veces deliberadamente oscurecida, de cada día.

Muchos lectores, cada vez más, tendrán que ejercer con su actividad, en otras épocas mucho más pasiva, la elección de bando. Por un lado, guiarse por fuentes solventes, contrastadas, que profundicen y dejen opción a seguir leyendo e investigando por su cuenta. Y por otro lado, aferrarse al desprestigio de la prensa –tan cacareado a escala mundial– como excusa, pereza o coartada de tendencia sospechosamente fanática para no seguir informándose debidamente y con responsabilidad sobre lo que pasa en el propio país y en un mundo cada vez más globalizado. Un mundo que nos atañe a todos.

Mercedes Monmany, escritora.

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