¿Quién teme al trilingüismo?

El auto del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) del pasado día 8 fue recibido con alivio por el Gobierno catalán a pesar de las muchas dudas que plantea. Tanto el president, Artur Mas, como la consellera de Educació, Irene Rigau, han insistido en que la interlocutoria «no toca» el modelo de inmersión. Es cierto que la interlocutoria no obliga (no puede) a modificar ninguna ley vigente, pero no es menos cierto que establece una cabeza de puente en el modelo que puede transformarlo en la práctica.

Hasta la ley de educación, la legislación catalana reconocía el derecho a recibir en castellano «la primera enseñanza», una expresión vaga que se interpretaba como referida a la educación infantil y el primer ciclo de primaria (los cinco cursos que van de P-3 a 2º de primaria, para entendernos). La ley de educación introdujo dos novedades a este respecto: redujo el derecho a recibir la enseñanza en castellano a un solo curso académico («el curso escolar en el que los alumnos inicien la primera enseñanza») y lo concretó en la mera recepción de «atención individualizada» en esta lengua. He aquí que el auto del TSJC sí que toca claramente el primer aspecto y podría afectar también al segundo.

Por un lado, el TSJC obliga a la Administración catalana a utilizar el castellano como lengua vehicular para los hijos de las familias demandantes no en un solo curso escolar ni en el conjunto de la primera enseñanza, sino «en todos los cursos del ciclo de enseñanza obligatoria». Por otro lado, habrá que ver si el expediente de la atención individualizada satisfará la exigencia original del Tribunal Supremo de que el castellano sea reintroducido como lengua vehicular de «forma proporcional y equitativa en relación al catalán».

El auto de TSJC llega en un momento en el que el Gobierno español tiene previsto promover el bilingüismo español-inglés en todo el sistema educativo y favorecer la educación trilingüe en las comunidades con dos lenguas oficiales, tal como explicó Mariano Rajoy en su discurso de investidura. Con el automatismo que viene siendo habitual, las fuerzas vivas catalanas han rechazado la posibilidad de un modelo educativo con tres lenguas vehiculares. En una entrevista emitida al día siguiente del discurso de Rajoy, Rigau declaró: «Si el objetivo es dominar tres lenguas, estamos de acuerdo. Con lo que no podemos estar de acuerdo es con que nos impongan la manera de conseguirlo. Nuestro proyecto tiene que mantenerse igual». (El pasado 8 de marzo, Mas reiteró su apuesta por el inmovilismo más literal: «Estamos donde estábamos y no nos moveremos de aquí».) El razonamiento de fondo siempre es el mismo: cualquier cosa que no sea la inmersión solo puede tener efectos destructivos para la lengua propia de Catalunya.

¿Realmente el trilingüismo resultaría tan dañino? Una ojeada a otros sistemas educativos plurilingües podría ser instructiva. Un caso poco estudiado que merece toda la atención es Andorra. Allí conviven tres sistemas educativos: el francés (que tiene el francés como lengua vehicular), el español (donde es vehicular el castellano) y el andorrano (cuya lengua es el catalán, aunque el castellano y el francés también son vehiculares). ¿Cuál es el impacto de este pluralismo vehicular en el conocimiento del catalán? La verdad es que no parece muy negativo. Según las encuestas, los jóvenes andorranos son tan competentes en catalán como sus colegas catalanes. Alguien podría argüir que comparar Catalunya con Andorra no es justo, porque allí la oficialidad exclusiva del catalán es un incentivo para el aprendizaje de la lengua del que no disponemos aquí. Es cierto, pero también es verdad que, como en Catalunya, la lengua mayoritaria de Andorra es el castellano, tanto si hablamos de la lengua materna de la población como si atendemos al uso social.

Acaso no hace falta falta ir hasta Andorra para comprobar la eficacia de los sistemas educativos plurilingües. En Barcelona existen escuelas que usan más de una lengua vehicular. Un ejemplo conspicuo es Aula, donde se practica no el trilingüismo sino el cuatrilingüismo. Según reza la página web de esta escuela, «los alumnos consiguen una correcta capacidad de expresión oral y escrita en catalán, castellano, inglés y francés», gracias a un proyecto que incluye el uso de estas cuatro lenguas como vehiculares para cursar diferentes materias.

Como se encargó de recordarle Albert Rivera al presidente de la Generalitat, esta escuela es la que frecuentaron Mas y sus hijos. Si este proyecto plurilingüe fue bueno para Mas y su prole, ¿no puede serlo para nadie más? El auto del TSJC no ha blindado la inmersión sino que ha abierto la puerta a usar el castellano como lengua vehicular más allá de la primera enseñanza y probablemente más allá del controvertible mecanismo de la atención individualizada. En lugar de insistir otra vez más en el inmovilismo de las líneas rojas, ¿no sería hora de empezar a evaluar alternativas plurilingües a la inmersión que no sean dañinas para el catalán?

Por Albert Branchadell, profesor de la Facultad de Traducción y de Interpretación de la UAB.

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