¿Quién va a rescatar a Europa?

Hagamos un esfuerzo: creamos que el Nobel de la Paz a la Unión Europea es para recordarle sus orígenes. Casi todo lo que iba aparejado a la Europa de posguerra está hoy en declive: las ideas de paz, solidaridad y democracia, sin las cuales no se puede entender el éxito de la construcción europea ni imaginar hoy un futuro de esperanza. Hasta el 2008 Europa vivía tiempos de optimismo. Al inicio de esa década Estados Unidos se enfrentaba a la pérdida de su poder hegemónico. El 11-S le mostró vulnerable y su respuesta, las fallidas guerras de Afganistán e Irak, débil. Las miradas se centraban en una Europa que ampliaba sus fronteras de libertad y democracia hacia el centro y este del continente. Como recuerda José Ignacio Torreblanca en su libro La fragmentación del poder europeo, académicos norteamericanos como J. Rifkin sentenciaban: «Mientras el sueño americano languidece, un nuevo sueño europeo ve la luz». La crisis del euro ha convertido el sueño en pesadilla.

Corremos el riesgo de construir un nuevo muro de Berlín. La tensión que un día dividió Europa entre el Este y el Oeste se reproduce ahora entre el Norte y el Sur, pero sin tensión ideológica. La Europa de las ideologías confrontadas ha dado paso a la de acreedores y deudores, utilizando los primeros su fortaleza para exigir a los segundos condiciones imposibles que les empobrecen y les empujan al abismo.

El Norte acreedor -representado por una Alemania que nunca fue tan fuerte desde la segunda guerra mundial-, ejerce un liderazgo europeo desde sus intereses nacionales, variables al hilo de sus procesos electorales. Un fenómeno normal para los estados modernos que luchan por sobrevivir en las anárquicas relaciones internacionales pero que refleja las carencias de solidaridad esenciales en la Unión.

El Sur se muestra débil y noqueado. No solo por las dificultades económicas sino sobre todo por su incapacidad para defender unidos sus intereses sin complejos como lo hacen sus vecinos del norte. Griegos, portugueses, españoles e italianos se han dedicado a debilitarse mutuamente señalando sus diferencias, renunciando a utilizar sus intereses comunes como palanca de fuerza frente al norte. No es de extrañar que el Norte gane al Sur por goleada. Unos juegan con botas de tacos y otros corren descalzos.

El tradicional déficit democrático del que ha adolecido la UE se ha acentuado. Los parlamentos nacionales son referente de los ciudadanos pero como foco de sus protestas, porque sus representantes tienen cada vez menos poder. El Parlamento Europeo, poderoso sobre la letra de los tratados, ha sido abducido por el Consejo Europeo, apoyado por los tecnocráticos brazos del Banco Central Europeo. El sistema democrático se deteriora. Los gobiernos, cualquiera que sea su signo político, están atados de pies y manos a las órdenes de terceros sobre los que los ciudadanos no tienen control alguno.

La Europa de la cultura y de los intelectuales está huérfana de referentes sólidos bajo la cacofonía económica que envuelve nuestras vidas. Los economistas sin alma han tomado el mando. Proponen recetas «estanco» orientadas a reducir el déficit que casi siempre el tiempo demuestra incorrectas, pero sobre todo lo hacen a espaldas de cuestiones vitales para el modo de vida europeo, tales como la cultura, la sanidad y la educación pública.

La troika ejemplifica bien esta «economización» mal entendida de nuestro modo de vida. Sus hombres de negro visitan capitales de países en apuros y tras su paso dejan recortes presupuestarios que socavan quizá de manera perpetua el Estado del bienestar europeo. ¿No resulta esquizofrénico que la Comisión Europea apueste por la Europa 2020, la Europa competitiva de ciudadanos cualificados, y al tiempo guarde un cauto silencio sobre los recortes en educación, cultura e I+D de los estados miembros?

Ya no están Delors, Mitterrand, González y Kohl. Nuestros actuales líderes se parapetan en sus agendas domésticas: diseñan su política europea con pequeños brochazos que dibujan una Europa fragmentada y gobernada por vecinos enfrentados. Un adecuado caldo de cultivo para populismos y discursos antieuropeos que rememoran las ideologías totalitarias de la Europa de los años 30. El discurso antieuropeo tiene el viento a su favor y el partidario de restaurar la idea de Europa no gana para disgustos. Hay multitud de manifiestos que dibujan el camino, como el que recientemente han presentado los eurodiputados Guy Verhofstadt y Daniel Cohn-Bendit, que aseguran que el único camino que puede salvarnos es avanzar hacia una Europa federal. Pero, ¿qué más señales se tienen que dar para que alguien reaccione? El iceberg está a la vista.

Carlos Carnicero Urabayen. Politólogo. Máster en Relaciones Internacionales de la UE, London School of Economics.

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