¿Quiénes éramos sin ETA?

Por Pedro Ugarte, periodista y escritor. Es autor, entre otros libros, de Casi inocentes (Premio Lengua de Trapo, 2004) y Mañana será otro día (EL PAÍS, 11/04/06):

Los datos de esta historia son conocidos por todos. A fines de los años cincuenta del siglo XX nace una organización nacionalista vasca denominada ETA. En 1961 comete el primer atentado, y siete años después, su primer asesinato. La curva de la muerte tiene su cenit en 1980, cuando ETA llega a asesinar a una persona cada tres o cuatro días, y los cadáveres se van acumulando, con la misma regularidad, sobre la conciencia colectiva de los vascos. Hasta 2003, y salvo el breve paréntesis de la tregua de Lizarra, ETA no dejó de matar, de modo que durante más de treinta años ha seguido añadiendo lastre a esa conciencia colectiva, una conciencia que se mostró permisiva durante demasiado tiempo, aunque hoy todo el mundo corra a apuntarse a una firmeza originaria que la memoria no registra.

Los datos de la historia no dejan lugar a dudas, pero tampoco dejan lugar a dudas las cosas que oías entonces en casa. ¿Qué tiene que ver la historia con lo que oías en casa? Tiene que ver con que te vas haciendo viejo, y la memoria personal se superpone a la memoria colectiva, y ambas se confunden, y ves en los rastros del pasado de este pueblo los rastros de tu propia niñez. Recuerdo el semblante de mi padre mientras escuchaba, a través de la televisión franquista, el relato de uno de los primeros asesinatos de ETA. Él estaba en pie, con las manos cogidas por la espalda. Le recuerdo negando con la cabeza, y siempre he pensado que aquel movimiento de negación, aquel gesto contrariado con el que asistió a la noticia nos ha salvado de algún modo. Nos ha salvado a él y a mí, y a nuestra familia, y acaso a todo el pueblo vasco. Mi padre fue un nacionalista de fuertes convicciones, pero nunca transigió con la violencia. Sé que el retrato de alguien ejecutando una leve negación con la cabeza resulta hoy, de tan insuficiente, casi un sarcasmo, pero ¿qué gestos eran los de entonces? Entonces la mera negación ya era el símbolo de una ética decente, tratándose de un gesto tan temprano, pues entonces ni siquiera habían llegado los tiempos en que uno tenía que dar explicaciones de por qué no era marxista, y todas las responsabilidades personales se diluían en medio de un vocabulario presuntuoso, suficiente, donde siempre afloraban expresiones como “libertades formales”, “enemigos del pueblo”, “conciencia de clase” o “liberación nacional”.

Eran otros tiempos. Bueno, eran nuestros tiempos. No hubo otros. Nunca hubo otro tiempo que aquel que te correspondió directamente administrar. También es cierto que, en aquel fango siniestro, “liberación nacional” ganó por puntos a “conciencia de clase”. Uno arrastra sus culpas y sus errores. Incluso las culpas y los errores de su generación. Incluso las culpas y los errores de generaciones anteriores que aún no han tenido el coraje de decírselo todo ante el espejo.

Los vascos que vivieron sin ETA peinan ya muchas canas. La violencia, de algún modo, ha pasado a formar parte de nuestra identidad, siquiera como inmoral decoración, como paisaje, como vertedero del alma. Incluso escribir sobre estas cosas, a modo de modesta estrella invitada, es el perfecto símbolo de nuestra naturaleza anómala, de nuestro carácter patológico.

El vasco contemporáneo se ha convertido en un personaje en parte trágico y en parte cómico. Porque en medio de la tragedia han asomado también los bribones, los buscavidas, los que han hecho de este sórdido negocio un oficio, ya sea siguiendo la corriente, ya sea braceando en contra de ella. Hasta hay algo de amargura en emprender la escritura de estas notas, siempre bajo la torpe expectativa de un día de lucimiento público: porque todo viene determinado por la condición de vasco, y este argumento tragicómico, el de la mera identidad, sirviera como excusa para que un escritor de colonias exhiba en la metrópoli sus facultades retóricas.

Quizá el olvido consiga ser piadoso con nosotros, con los vascos, si es cierto que la paz se consolida y nos obliga a vivir de otra manera. Porque el olvido podría ayudarnos a omitir una parte de nuestra identidad, a ejecutar alguna imprescindible amputación en la memoria. El olvido será indulgente con todos, con los cobardes, con los asesinos, con los conniventes. Y será indulgente también con la otra parte, allí donde anidan algunos héroes, pero también los resentidos, y los pícaros, y una buena cuadrilla de truhanes aún no desenmascarados.

De todo eso ha habido entre nosotros. Lo más cruel es que ha sido tanto el tiempo transcurrido que, muy posiblemente, cada vasco ha reunido, a lo largo de los años, varias de estas identidades y se ha permitido jugar en el drama papeles muy distintos, papeles incluso contradictorios. Que a partir de ahora cada uno elija el menos indigno de entre los suyos. Y con él empiece a inventarse una nueva identidad.