Quijote Hernández, el miliciano del triste destino

Miguel Hernández.

En España somos tan castizos, que nos merecemos que nos diluvie un 155 universal, de puro cansinos. Cervantes tuvo el descaro de escribirnos la mejor novela que hay sobre la faz de la tierra en dos partes, cada cual más obesa y, para colmo, distanciadas entre sí como dos temporadas de Juego de tronos, de 1605 a 1615. De tanto hacerse rogar, claro, alguien le coló/escribió, de por medio, un Quijote apócrifo, en 1614, con lo que, en realidad, son tres los mamotretos que nos persiguen, livianamente. Y, encima, a Cervantes le dio por morirse a la vez que Shakespeare, en 1616. Total, que nos hemos chupado un cuatricentenario de cuatro eventos y once años.

No es sorprendente que llegáramos al onceno con poco fuelle y mucha resaca. Por eso, al final (¡hay que joderse!), la gloria se la llevó la Queen, toda ella, elegancia, como siempre, en su alcoba de Buckingham, recitando a William Hamlet, calavera en mano, mientras se preguntaba si Brexit or not to Brexit. ¡Eso sí que es castizo! Ya lo dijo Unamuno: que conmemoren ellos.

Cuando pensábamos que, al menos, nos quedaba el consuelo del descanso tras los fastos perpetuos (¡aleluya!), nos topamos sin quererlo con otro Miguel, el del Hernández anodino, que también es un Quijote y del que este año se han cumplido setentaicinco primaveras de su asesinato. En la UNED de Úbeda, aprovechando, se está haciendo estos días un curso sobre el poeta de Orihuela, como una interminable secuela cervantina.

Siendo justos, Miguel Hernández Gilabert es un nombre con empaque, pero es que, al nacer, se le manchó de quijotismo. El cura, Domingo Aparicio, que era un cachondo, le iba poniendo su nombre a los niños que pasaban por sus manos bautismales, después del que los padres elegían. Así que el poeta se llama, en realidad, Miguel Domingo, que es un nombre acechado por el destino socarrat de la ceniza, como los diecisiete Aurelianos bastardos de Macondo, porque contiene los ramos de una larga semana hacia la muerte.

Si se piensa, este lance del bautizo fue un episodio mironiano de lo más común y corriente en la Oleza de Orihuela, que era como un rancio lugar a la ribera del Segura: una ciudad vestida de hábito franciscano, con viejos casones de blasón en el dintel y huertos cerrados. En efecto, Miguel estudió en el colegio de Santo Domingo, con la protección de Luis Almarcha, canónigo y chantre de la Catedral, vicario general de la diócesis, y, luego, con Franco, asesor eclesiástico del Sindicato Vertical, Obispo de León por gracia de Pío XII y ¡arriba España!

Quiere decirse que Miguel era un devoto, angustiado de pecados, cual Teresa de Jesús: “La desgracia del mundo, mi desgracia / entre los dedos tengo, / oh carne de orinar, activa y mala”. Que no te engañen, Miguelito, y hazte oír: también las teresianas tienen vulva.

Eso fue a averiguar Miguel Hernández, cuando partió de Orihuela: a desfacer el entuerto del sexo y a remendar su poesía. Sin duda, fue una empresa quijotesca, por el empeño que le puso. En su primera salida a Madrid, durmió bajo algún angosto portal, bajo la bóveda del metro, entre pensiones de chinches, con un traje roído y con una corbata, que planchaba entre las páginas de un grueso diccionario para aparentar que le brillaba la armadura. Derrotado, se volvió a Orihuela de polizón en un tren, y, cuando le pillaron, en mitad de La Mancha, lo bambolearon al cuartelillo dos molinos (o gigantes) con tejados negros de charol.

Conste que Miguel no fue pobre de necesidad: aunque su padre era pastor, le ganaba dinero al negocio. Lo que pasa es que era un cafre, y le arreaba al hijo unas collejas, que fueron la causa, según el Miguel adulto, de sus jaquecas de por vida. Y, claro, un bestia así no quiso darle dinero para estudiar, ni demás mariconadas. Lo sacó, por tanto, del colegio, y lo puso a pastorear.

De ahí, el pastor/poeta que, con tintes paulocoelhescos: “reconoce la llegada del otoño por la humedad que impregna la tierra. Aplica el oído al vientre de las cabras paridas para escuchar el rumor de la leche que sube hasta las ubres” (José Luis Ferris dixit, WTF). Y Miguel, po’ ya que, se pone a escribir poemas, como Virgilio y Garcilaso. El poeta de la triste pastura: “Junto al río transparente / que el astro rubio colora / y riza el aura naciente / llora Leda la pastora”.

Se zafó de Orihuela, paradójicamente, gracias a su amigo Ramón Sijé, que era un capillita y que quería a Miguel por su talento: para que le escribiera la poesía católica que él no era capaz de componer. Por eso, MH publicó un autosacramental, de fervor cristiano. Pero, luego, echó a volar, pasando de Sijé y de su culo, ahí te quedas, ¡so beata!

También deja arramblada a Josefina Manresa, a la que acaba de conocer, y mantiene con ella una relación propia de Dulcinea, es decir, irreal. Y es que, de nuevo en Madrid, Miguel le escribe cartas de amor, desquiciantes y desquiciadas, mientras se resarce de sus culpas de la carne con los lienzos/faldones de Maruja Mallo. Para entonces, ya se ha hecho el Perito en lunas de la poesía. Lorca, corroído por la envidia, no puede soportar al pastor oriolano, pero este se ha ganado los afectos de la jet literaria, de Juan Ramón a Neruda.

Inspirado por el amor de Maruja y el de Josefina y, por qué no, chico, no hay que ser remilgado, el de María Cegarra y hasta el de María Zambrano, saca su primer libro de estrellato, El rayo que no cesa, que es como un harem de poesía. Son sonetos de amor, pero su amor más sonado es la elegía desesperada a Ramón Sijé, muerto, de repente, con veintidós años: “Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes”.

No obstante el llanto, Sijé queda enterrado, con la doble llave del sepulcro del Cid, y Miguel se lanza a impartir justicia, atea y masona, de poesía. Pero, para convertirse en miliciano de la cultura, hubo de toparse primero con Alifanfarón y Pentapolín, que eran dos guardias civiles a los que confundió con cabras, porque él era pastor, paseando por Moncloa. O tal vez fuera que los guardias le pidieron identificarse y él no llevaba los papeles encima. El caso es que le lincharon, como un rebaño desbalado, y a él le dio un pronto y se afilió al PCE, en casa de Alberti.

El resto es la guerra, que no pudo tener Don Quijote, desgraciadamente real y espeluznante como un sueño. Cabalga Hernández durante tres años, arengando a un regimiento de Sanchos idealistas y a hombros de un pueblo que le lleva. Durante un paréntesis de lucha, se casa, en el pecado de un ayuntamiento, con Josefina, casi sin conocerla, porque apenas se han visto en una vida entera, pero teniendo ya un hijo muerto y otro vivo. Es un esposo soldado: “Para el hijo será la paz que estoy forjando. / Y al fin en un océano de irremediables huesos / tu corazón y el mío naufragarán, quedando / una mujer y un hombre gastados por los besos”. Y es un campesino de España, y por ella llora: “Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra, / con todas las raíces y todos los corajes. / Hermanos: defendamos su vientre acometido”.

Milagrosamente, Miguel sobrevive, aunque en la cárcel, a la guerra, y termina muriéndose en la cama, rodeado, no sé si de un bachiller, ni quiero acordarme, pero sí de un cura y de un barbero. Enfermo de ¿tuberculosis?, su antiguo valedor, D. Luis Almarcha, racaneándole caridad a la purpura incipiente, le chantajea con sacarle y con curarle, solo si se casa por la Iglesia y reniega de su locura. Tanto espera a que claudique, que Miguel tiene el tiempo justo de casarse moribundo, por proteger a Josefina, pero manteniéndose firme en sus otras convicciones, hasta que el frío de la celda los separa, como un carnívoro cuchillo. Era el 28 de marzo de 1942. Aún no había cumplido 32 años.

Así ejecutaba el franquismo su triste destino de poeta, entre la extorsión y la desidia, evitando que se repitiera un escándalo como el de Lorca. Abrumado por el estupor, los ojos de Hernández no pudieron cerrarse, ni pudieron cerrárselos con las manos, ni los familiares, ni los amigos, ni siquiera el médico en la autopsia. Se quedaron abiertos esos ojos saltones, desencajados de angustia, desorbitados de horror… O bien, simplemente, es que estaban llenos de hipertiroidismo, sin lágrimas ya para llorar a España.

Guillermo Laín Corona es profesor de Literatura Española en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

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