¿Quo vadis, Europa?

Corren tiempos de confrontación y lágrimas, de multiplicación de problemas y parvas soluciones, si alguna. Para los españoles es casi rutina: nuestros siglos XIX y XX no han sido lo que se dice una fiesta, con todo tipo de desgracias, como si nos hubiera mirado un tuerto. Pero también el resto de los países, incluidos los punteros, se enfrentan hoy a crisis de toda índole. Ahí tienen a Francia, con París ardiendo y unos «chalecos amarillos» que unen la agresividad de la extrema derecha al odio de la extrema izquierda; a Italia, sin brújula ni capitán; a Alemania, sin la robustez acostumbrada, y no digamos el Reino Unido, la vieja y venerada Inglaterra, en el laberinto del Brexit, sin saber hacia dónde tirar. Incluso los escandinavos, paradigma de estabilidad y progreso, tienen dificultades en incorporarse a lo que es sin duda un cambio de era, ¿la postcontemporánea?, con nuevos problemas, desafíos y personajes.

Nosotros acabamos de tener los años de mayores cambios y progresos en la historia moderna, que han desembocado en conflictos de todo tipo, algunos de ellos tan graves que ponen en peligro no ya dichos avances, sino incluso la integridad territorial del país. El simple hecho de que abunden las referencias a los años de la Segunda República, con dos bloques antagónicos, uno de izquierdas, de derechas el otro, incapaces de convivir, lo que nos llevó a una guerra civil, advierte de la peligrosidad del momento. Que la situación tanto económica no sea la misma -en España no se muere hoy nadie de hambre- como política -ya no somos aquel país pobre en el extrarradio de Europa, sino formamos parte de ella-, rebaja los riesgos de conflicto interno, aunque no los anula por completo.

Lo malo es que Europa está en crisis, no sabemos todavía si de crecimiento o de disolución. De ahí que la referencia haya que ir a buscarla mucho antes del siglo pasado, al desplome del Imperio Romano, con invasiones bárbaras y paso de la Edad Antigua y la Media, como hoy, tras el fin de los imperios coloniales europeos e invasión, esta vez pacífica, de gentes que llegan huyendo de la guerra, el hambre y falta de futuro en África y Asia. Que aquellos fueron tiempos trágicos lo refleja el título de su obra paradigmática: De consolatione philosophiae, «La consolación de la filosofía». ¡Hace falta estar mal para consolarse con la filosofía! Escrita en la cárcel, donde moriría, por Boecio (480-525), dejó una máxima que rige hasta nuestros días: «Los mejores años no son los de buenas cosechas, sino los gobernados por príncipes justos». Que, al parecer, faltaban entonces, y evidentemente, faltan hoy.

Lo que nos lleva a la pregunta que se hacen la inmensa mayoría de los europeos: ¿por qué no tenemos políticos de la talla de Churchill, Adenauer, De Gaulle, De Gasperi, Spaak, que pusieron los cimientos de la UE, a fin de acabar con las guerras europeas, que desembocaban en mundiales? Aunque la duda surge al instante: ¿se trata de falta de líderes o de que la situación se ha hecho, o la hemos hecho, tan compleja que no hay forma de solucionarla por los medios normales? Es decir: Churchill, Adenauer, De Gaulle o Thatcher ¿se encontrarían tan impotentes como May, Macron y Merkel? Sin negar que aquella generación había aprendido mucho de las dos grandes guerras mundiales y las crisis consiguientes, mientras la última no ha tenido experiencia en el manejo de crisis de gran calado, me inclino a dar más peso a la segunda opción: lo queremos todo y, además, ya. Lo que no es posible. Siendo la política «el arte de lo posible».

Resulta significativo que la crisis de Europa coincida con la crisis de la democracia, que nació en ella, concretamente en Atenas, pero me habrán leído más de una vez que su democracia incluía una práctica muy mal vista hoy: cuando su democracia degenerada en populismo, es decir, en demagogia, los atenienses buscaban un ciudadano conocido por su buen sentido y carácter justo, y le nombraban «tirano», así, como lo han leído, para que pusiera la casa en orden. Luego, le enviaban a la suya. Eso era fácil en la vieja Atenas, donde se conocían todos, pero en un país moderno resulta imposible. No hay que olvidar, por otra parte, que la democracia no sólo consagra los derechos, sino también los deberes de los ciudadanos para garantizar el bien común. Pero la democracia actual ha ido ensanchando los derechos sin ampliar los deberes, lo que ha propiciado tanto el fraude económico como la desigualdad social, antidemocráticos por naturaleza. A mayor abundamiento, nuestra democracia sólo admite las correcciones judiciales, en caso de corrupción, o de las urnas, como castigo de los corruptos o incapaces. Pero ambas censuras son a posteriori, aparte de lentas, tediosas y no siempre fiables, sobre todo la segunda, pues los casos en que el electorado elige a un populista que promete mucho y arruina al país abundan. Ya Ortega habló de hiperdemocracia, una democracia hinchada artificialmente, que ha devenido en lo que hoy llaman democracia líquida, que, por el camino que vamos, pronto será gaseosa: todos piden al Estado lo máximo y le dan lo mínimo, la fórmula segura del fracaso.

Algo que sólo pueden evitar los políticos, ya que los jueces únicamente pueden sancionar las infracciones de la ley. Y hemos asistido a un desprestigio de los políticos, como muestran los procesos contra ellos. Últimamente, la vía más rápida de hacerse rico ha sido manejar un presupuesto municipal, autonómico o nacional, lo que atrajo a la política individuos que velaban más por sus intereses que por los generales. Que muchos de ellos estén en la cárcel, hayan estado o vayan a estar es flaco consuelo. Se trata de una práctica que hay que eliminar de raíz si no queremos que acabe con la democracia. La elección del personal tiene que ser rigurosa. No basta dar bien en televisión, haber hecho un carrerón en el partido y prometer más que nadie. Incluso puede resultar sospechoso.

Si en una cosa estamos todos de acuerdo es en que la calidad de los políticos ha pegado un bajón sustancial. No ya respecto a quienes hicieron la transición, los Suárez, los Felipe González, los Fraga, los Carrillo tenían el Estado en la cabeza. Quienes les siguieron, los Rajoy, los Rubalcaba, los Llamazares, sin llegar a su altura, seguían pensando en ese marco. Los actuales, Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias, Abascal, han cometido errores de debutantes y se confinan a un estrecho segmento ideológico que les impide abarcar el abigarrado escenario político actual. Encima, ni siquiera se entienden con los afines, por no hablar ya de los rivales. ¿Se debe a que la hiperdemocracia termina alejando partidos y personas hasta hacerlos irreconciliables o a que las últimas generaciones han perdido la brújula de la política real y honesta? Tendremos tiempo de verlo y analizarlo tras las próximas elecciones. Lo único seguro es que la democracia del siglo XXI va a ser distinta, no por ir hacia delante, sino por volver a los tiempos de Boecio, cuando lo urgente era encontrar «gobernantes justos».

Y ni siquiera nos queda el consuelo de la filosofía.

José María Carrascal es periodista.

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