Quo vadis Libia?

La situación de Libia no pinta nada bien a pesar de la euforia con la que, en general, se recibió la caída de Gadafi. Su dictadura fue tétrica, al igual que lo fue su caída y que lo está siendo la posguerra en el país, como cabía esperar. Las potencias occidentales se lanzaron demasiado alegremente al apoyo de un Consejo Nacional de Transición (CNT) que se intuía que daría mucho que hablar cuando finalizara el conflicto. Pero, ahora, la desestabilización de Libia se ha convertido en uno de los mayores quebraderos de cabeza de la misma comunidad internacional que apoyó la intervención militar. La fuerte reticencia a actuar de forma similar en Siria se justifica en buena medida en esta lección.

La situación de Libia, además de por sus problemas internos, es especialmente preocupante por su repercusión regional en el Magreb. De momento, la pacificación en el país está muy lejana. Libia está mejor sin Gadafi, qué duda cabe. Aunque para muchos se suscite la duda. Sobre todo porque muchos sectores sociales no se están viendo compensados en modo alguno por este cambio. Y pasará mucho tiempo hasta que la sociedad libia recupere su normalidad cotidiana, no digamos su orden político. Por delante tiene retos muy complicados. El primero es la reconstrucción material del país y la superación de los daños psicológicos de la población. La recuperación económica podría comenzar una vez levantadas las suspensiones y embargos. Sus importantes recursos energéticos -gas y petróleo-, una vez reactivados, volverán a ser fuente de ingresos. Pero desde ya es clave la lucha contra la corrupción para atisbar un progreso real. En cuanto a los desafíos políticos, la agenda se antoja larga y complicada, pues se trata de construir un nuevo régimen, desarrollando, casi desde cero, las instituciones y los partidos políticos. Y, desde luego, no habrá un nuevo régimen sin unas nuevas bases para la implicación de la sociedad civil.

El régimen de Gadafi estaba basado en una compleja relación clientelar con las diferentes tribus del país. Pero, a la caída del dictador, en poco tiempo el sistema ha saltado por los aires y hoy son innumerables las milicias armadas descontroladas enfrentadas entre sí. De ello se deducen dos de los grandes peligros de la situación, que redundan en las escasas garantías de seguridad que puede ofrecer el escenario libio. El primero está relacionado con la dificultad de integrar a estas facciones opuestas entre sí en unas Fuerzas Armadas que garanticen la estabilidad de un Estado, cuya concepción está por definir. Tal es el caso, entre otras, de la Milicia de Zintan, que durante la guerra ya se permitía actuar por cuenta propia, al margen del entonces recién constituido CNT. El segundo es que esta realidad no arroja indicios de que se pueda alcanzar el desarme de las milicias, lo que se traduce no sólo en un problema interno por la fragmentación territorial a lo que ello invita, sino que, además, supone una seria amenaza para la región. Por tanto, garantizar la impermeabilidad de las fronteras es una de las necesidades más urgentes, que despierta inquietudes en los países vecinos. No en balde, el anunciado intento de división territorial, que podría suponer un incremento de la violencia, disparó las alertas en el Magreb.

La explicación de esta amenaza, que como tal es percibida por la mayoría de la población magrebí, hay que buscarla en la rivalidad que entre Qatar y Arabia Saudí ha traído el nuevo contexto del mundo árabe. La recuperación del papel político de Riad se ha visto potenciada por el debilitamiento de la actividad diplomática de Egipto, especialmente tras el fin del régimen de Mubarak. El protagonismo saudí ha permitido expandir con fuerza la doctrina wahabí, completamente ajena al sunismo malakí del norte de África. Qatar, en plena expansión económica, tropieza con las poderosas finanzas saudíes, y la defensa de sus intereses le va llevando progresivamente a respaldar a otros sectores del sunismo, como oposición a la postura de su competidor. Esto es lo que ya está ocurriendo con al-Nahda en Túnez y, muy probablemente, lo que suceda con los Hermanos Musulmanes en Libia ahora que empiezan a reconfigurarse y aspiran a crear su partido. En definitiva, el Magreb en pleno proceso de transición, se encuentra sumido en la disputa silenciosa entre dos grandes potencias árabes, cuyas ideologías distan mucho de lo que hasta ahora había sido la realidad magrebí.

Con la desestabilización de Libia todo el Magreb corre el grave riesgo de verse envuelto en un panorama muy alejado del que pretendían aquellos que emprendieron las revoluciones. El miedo regional suscita tensión entre los que están realizando sus transiciones o quienes pretenden salvar su estatus con la introducción de reformas. En estas circunstancias crecen las teorías conspiradoras, que ya no sólo ponen en duda, la espontaneidad de los levantamientos en Libia, sino incluso en Túnez y Egipto. La falta de nitidez en cuanto al porvenir de los procesos democráticos, amenazados abiertamente por el extremismo salafista, está contribuyendo a la propagación de la desconfianza y el escepticismo entre la sociedad civil, que recuerda con nostalgia la estabilidad que generaban las dictaduras.

Vistas estas circunstancias, se puede deducir que el fracaso de la estabilidad interna en Libia y la división del territorio, propiciando una guerra civil, puede convertirse en uno de los escenarios más oscuros por los que ha pasado el Magreb en las últimas décadas. La conflictividad característica de Oriente Próximo podría instalarse en la orilla sur del Mediterráneo justo cuando los gobiernos se encuentran expuestos a una enorme fragilidad. En estos momentos incluso se puede dudar al clasificar la situación por la que atraviesa el CNT como transición. En todo caso, ¿hacia dónde?, desde luego, hacia la democratización está por ver. Por ahora, lo más evidente es que el Estado de las masas -la Jamahiriya- ha sido sustituido por una anarquía creciente. Y no sabemos si el presidente del CNT, Mustafá Abd-El Jalil, y su primer ministro, Abd el-Rahim al-Katib, serán capaces de conducir hacia un Estado liberal. Si no es así, pronto podríamos estar en las puertas de la balcanización del Magreb.

Por María Dolores Algora Weber, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad CEU San Pablo.

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