¿Quo vadis PSOE?

Me disculpo por usar la metáfora de Marx «la historia se repite, primero como tragedia, luego como comedia», por lo desgastada y por no ser del todo exacta, ya que hay repeticiones tan dolorosas como los originales. Pero ésta se adapta tan bien a la situación que hace difícil no utilizarla. España vuelve a estar en una encrucijada. «¿Saldremos de ésta?» fue la pregunta más frecuente que escuché este fin de semana en la Feria del Libro, dicha con voz temerosa. Mi respuesta ha sido: «Sí, saldremos. España se ha visto en situaciones más graves, y ha sobrevivido. Pero antes, tendremos que pagar por ello». La mayoría no quiso saber cuánto y por qué tenemos que pagar. A los pocos que quisieron saberlo les expliqué: «Porque hemos vuelto a equivocarnos. Porque hemos confundido democracia con barra libre. Porque hemos buscado nuestro interés y el del partido, en vez del de la comunidad. Porque nos creíamos ricos sin serlo. Porque hemos elegido políticos que satisfacían esos apetitos no el bien general. Así, no puede funcionar una nación moderna ni formar parte de la UE». Podía haber añadido: «Así sólo continuaremos tropezando en la misma piedra, como venimos haciendo desde hace dos siglos».

Quo vadis PSOE

Lo que nos lleva directamente a esos dos siglos, a los dos destronamientos, a las dos repúblicas, a las dos restauraciones monárquicas y a las innumerables guerras civiles, que al mismo tiempo fueron de religión, como las carlistas y la del 3639. Y nos lleva también al PSOE, el partido más antiguo de España, que aparece en todas las encrucijadas de nuestra reciente historia, representando a la izquierda española, esa izquierda que no pudo emerger en las épocas imperiales, que fue «afrancesada» durante la Ilustración, por lo que perdió legitimidad en la Guerra de la Independencia contra los franceses y que, desde entonces, libra un debate interno sobre qué revolución adopta para ella y para España, la burguesa o la proletaria, sin haberse aún decidido como estamos viendo, cuando lo creíamos zanjado.

Sorprenderá a bastantes oír que el PSOE de Pablo Iglesias senior, su fundador, era un partido rigurosamente marxista, con tal espíritu de clase proletaria que recelaba hacia todo el que no fuese obrero en el sentido manual de la palabra, lo que le atrajo quejas de bastantes intelectuales. Y de que en su seno convivieran la acción revolucionaria y la conquista del poder a través de las urnas, una vez convencida su dirección de que «todo intento de pasar inmediatamente a la revolución proletaria en España terminará en masacre», como escribía un estrecho colaborador de Iglesias, José Mera, a Engels en 1873. Lo que no le impidió lanzarse a ella con ardor en 1917 y 1934, en este último caso contra la Segunda República, por considerar que había sido secuestrada por la derecha, ganadora de las elecciones un año antes. Sin que cuajara más que en Asturias, para ser aplastada por tropas traídas de África, mandadas precisamente por Franco. Y es que aquella España, subdesarrollada, con los poderes tradicionales intactos, no estaba preparada para ninguna revolución, como había predicho Mera.

Cuando creíamos que todo eso era historia, cuando estábamos seguros de que la Transición había traído a España la revolución burguesa al darse ¡finalmente! las condiciones adecuadas, al haberse creado una clase media, al estar en Europa, al tener un nivel de vida de país desarrollado, al haberse ampliado las libertades civiles a un nivel nunca alcanzado en su historia y disponer de una monarquía lista para reinar sobre todos los españoles «iguales dentro de su pluralidad», como dice su Constitución, vemos alzarse al PSOE contra esa Transición, del brazo de Podemos, un partido que la considera una farsa y pide una revolución a fondo, que no llama popular, como las «democracias» del Este de Europa, porque sus líderes son los bastante astutos para ocultar sus verdaderas intenciones y en vez de «pueblo» hablan de «gente».

Que la historia se repite lo demuestra que, 36 años después de que Felipe González hubiera enviado a Marx a las bibliotecas y convertido el PSOE en socialdemocracia, Pedro Sánchez esté dispuesto a pactar con Pablo Iglesias Jr., que les incluía en la «casta» que venía robando y arruinando a España desde que se asentó en el bipartidismo. Para Podemos, el viraje no requiere ningún esfuerzo. El marxismo-leninismo justifica las más diversas alianzas –sea con los nazis de Hitler, sea con los capitalistas Roosevelt y Churchill– con tal de mantenerse en el poder y expandir su revolución. Para el PSOE de Pedro Sánchez es más difícil, pero lo ha resuelto a base de semántica: los pactos están permitidos mientras sean «coherentes». ¿Y qué es coherente? Pues lo que decida cada federación en cada lugar. O sea, lo que convenga para desalojar al PP. Todo se subordina a ello. El único problema es que, después del PP, puede llegarle el turno al PSOE, como ha ocurrido en cuantos lugares han colaborado. No hay más que leer los textos de los fundadores de Podemos y haberles escuchado en los muy distintos canales que hasta hace poco tenían a su disposición, para darse cuenta de que no se contentan con la revolución burguesa. Quieren «socialismo real» o «dictadura del proletariado», que de socialismo tiene sólo el nombre y el proletariado le sobra, pues allí manda la élite instalada en el poder, la única verdad de Podemos.

Iniciamos una etapa fascinante en la que el más viejo y el más nuevo de los partidos españoles inician una colaboración que semeja la forma de aparearse de los puercoespines: con muchísimo cuidado. La experiencia advierte de que los benjamines llevan todas las de ganar. Ya les ganaron la primera vez, cuando formaron el Frente Popular y Largo Caballero (el «Lenin español» le llamaban, aunque era socialista) fue nombrado jefe de Gobierno a comienzos de la Guerra Civil. Para dimitir un año más tarde cuando Moscú ordenó erradicar el POUM. En realidad, pintaba ya muy poco, como Azaña. Es el destino que aguarda a cuantos se van a la cama con este tipo de movimientos, para quienes todos los métodos son lícitos para alcanzar los fines. ¿Logrará Pedro Sánchez llevarles al huerto o sucederá lo contrario? Sólo hay una forma de averiguarlo: aceptar su gobierno allí donde no causen demasiado daño, a lo que tienen, además, todo el derecho, sin perderles de vista.

Aunque el último problema no es el PSOE ni Podemos. Es España. Mejor dicho, los españoles, que creíamos saber finalmente dónde estábamos y hacia dónde íbamos, y resulta que nos encontramos de nuevo a la intemperie. Todo, por no tomarnos la democracia como lo que es, responsabilidad, y ponernos en manos de pícaros de todos los colores del espectro político. Eso se paga.

José María Carrascal, periodista.

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