Quo vadis, Sánchez?

Tras hacer campaña diciendo «marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional», al modo del perjuro Fernando VII cuando fingió jurar la Constitución de Cádiz para entronizarse como El Deseado y renegar en cuanto acomodó sus posaderas en el trono, el presidente en funciones, Pedro Sánchez, se dispone a perpetrar parejo trágala. Emula a aquel monarca felón que impuso su absolutismo a un pueblo servil que, tras mostrar su coraje contra el invasor napoleónico, vitoreó seguidamente su esclavitud voluntaria balando «¡Vivan las cadenas!».

De vuelta a la Claudicación de Pedralbes que congeló tras la garata que se montó con el relator, la admisión de un «conflicto» entre España y Cataluña y una negociación entre pares de ambos Ejecutivos, el doctor Sánchez, ¿supongo? entra por el aro de quienes infringen derechos fundamentales allí donde tocan poder, como el bolivarismo de Podemos; así como de supremacistas que perpetran golpes de Estado como ERC, cuyo dirigente máximo pena cárcel por sedición; o vinculados al terrorismo como Bildu, cuyo cabecilla está inhabilitado tras ser condenado por atentados criminales. Sin olvidarse del aparente moderantismo de un PNV que borra el nombre de España del País Vasco, al tiempo que dicta su fenecimiento como nación. Un conjuro, en definitiva, de fuerzas restrictivas en el campo de la libertad y reaccionarias en función de supuestos derechos históricos medievales que, erigidas en dueñas del adjetivo y del lenguaje, se autoproclaman «progresistas» cuando entrañan una involución que retrotrae a la oscuridad previa a las luces de la Razón y de la Ilustración.

Quo vadis, SánchezDespués de prometer que rectificaría la despenalización socialista de las consultas ilegales y de aprobar un decreto contra la república digital de Cataluña –»Ni habrá independencia off line ni no line–, que ha tenido que refrendar con esos constitucionalistas con los que rehúsa negociar, se echa en brazos del separatismo para presidir un gobierno de insomnio. Sí, ese que nunca suscribiría por su salud mental y la del 95% de españoles. Pero que ahora persigue con el concurso de aquellos merced a los cuales es presidente en funciones desde su moción de censura Frankenstein contra un Rajoy que, a la hora de la verdad, pegó la espantada como los malos toreros perdiendo espada y franela.

Como ha empleado la misma artimaña en todas sus citas con las urnas, Sánchez desmiente cumplidamente lo que aseveraba Lincoln sobre la mentira: «Puedes engañar a todos algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todos todo el tiempo». Por eso, se hace merecedor de la muletilla de noverdá que Azaña endilgó en sus Memorias a Largo Caballero, si bien en el Lenin español aquel «¿no, verdad?» era expresión del desbarajuste de un personaje trágico para el destino de España, pero cuyas esculturas enseñorean el espacio público.

Así, Noverdá Sánchez se somete a las horcas caudinas de los enemigos de la Constitución y de España. Al igual que las legiones al mando del cónsul Espurio Postumio Albino cayeron en la trampa que le tendieron los samnitas en el desfiladero de las Furculae Caudinae, en los Apeninos, rindiéndose sin luchar, Sánchez se hace perdonar la vida para sostenerse precariamente como un presidente sin el decoro ni la dignidad precisos para su alta encomienda. A diferencia de los avergonzados soldados romanos, con su derrotado cónsul a la cabeza, la militancia socialista ha otorgado un cheque en blanco a la rendición de quien debiera tener presente el viejo proverbio: «Felicibus brevis, miseris hora longa».

Su abdicación –quo vadis, Sánchez?– coincide con el 40 aniversario del congreso en el que González, rompiendo con un pasado en el que el PSOE coadyuvó al estallido de la Guerra Civil con intentos revolucionarios como los de Asturias o bolchevizándose, renunció al marxismo y al derecho de autodeterminación. «Hay que ser socialista antes que marxista», proclamó al dimitir como secretario general, puesto al que retornaría reforzado al no fraguar una candidatura alternativa de sus detractores. González seguía la senda tomada 20 años antes por su protector Willy Brandt en el cónclave histórico del SPD en Bad Godesberg. Allí se fortaleció una vía socialdemócrata clave para el milagro económico de la otrora Alemania Federal frente a la mísera dictadura comunista de la República Democrática Alemana aprisionada tras del Muro de Berlín abatido en 1989.

Enterrado el marxismo y la lucha de clases que fracturaron al socialismo republicano, el PSOE evitó una vuelta al pasado que ahora retoma con su alianza socialista-comunista, característica del Frente Popular, un político sin más ideología que la del poder. Justo después de que los españoles no le dieran el respaldo que reclamó en sus elecciones plebiscitarias del 10-N. Ello le ha llevado, cual boxeador noqueado, a entregarse a quienes ya no parecen quitarle el sueño con tal de no abandonar la alcoba presidencial de La Moncloa. Cuando uno de sus críticos, Enrique Tierno Galván, arguyó a González que «a la marcha que vamos subiendo la montaña nunca llegaremos a la cumbre», éste le refirió el consejo de los sherpas nepalíes a los aventureros que buscan conquistar el Himalaya: «En vez de querer coronar la cumbre como si tuvieras 20 años, hazlo mejor como si tuvieras setenta».

Nada que ver con la impaciencia de un Sánchez que ha vuelto al PSOE del revés hasta ser una franquicia del PSC. Una formación criptonacionalista que ya marca la estrategia socialista en toda España por un mal cálculo de González. Le regaló los votos que el PSOE acarreaba a puñados a un PSC sin sufragios, y fió el mando socialista en Cataluña a una nomenclatura que lo desnaturalizó hasta hacer que al PSOE no lo reconozca ni la madre que lo parió. No es de extrañar que, poniendo el Atlántico de por medio, el padre del socialismo moderno exprese su incomodidad manifiesta. «Nosotros –ha dicho González en Argentina– generamos un consenso que ha durado 35 o 36 años y ahora estamos abriendo nuestra propia grieta». Las malas decisiones pasan factura en el momento más inapropiado e inoportuno.

Habiendo rebasado ampliamente las rayas rojas que prometió no saltarse, empero, casi todos callan como muertos en su partido. No hacen siquiera un mohín de protesta ante quien se ha valido de las primarias para conformar un partido caudillista, sin controles ni contrapesos, en el que sus mílites refrendan su santa voluntad. ¿Qué ha sido de tanto barón y baronesa sino verduras de las eras? Al mostrar su papeleta abierta en la consulta para refrendar el gobierno del insomnio de Sánchez, su antaño rival, Susana Díaz, quien primero lo promovió para que le mantuviera caliente el asiento de secretario general y que luego fracasó en su intento de remover al respondón, estaba alzando la bandera blanca de la sumisión para no verse apartada del partido. Aún en los días de vino y rosas de González, con 202 escaños en la mochila, siempre se elevaron voces en contra cuando la situación lo requería. Ahora sólo se escucha un ensordecedor y clamoroso silencio, salvo el lamento de su agrupación de jubilados de la Transición.

Ante el riesgo en ciernes, no se entiende la pasividad del líder de la oposición, Pablo Casado, esperando que Sánchez le devuelva su llamada de la noche electoral. Como el que aguarda a Godot, el ausente personaje de la conocida obra del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Esto ha generado cierta sensación de orfandad en un centroderecha que ha pasado de que, con Sánchez, ni a la esquina, a urgir, tras su súbito abrazo con Iglesias después de repudiarse mutuamente, que hay que hacer lo imposible por evitar un gobierno del PSOE con Podemos y secesionistas, más el coro de grillos de regionalistas, localistas y fulanistas.

Empero, Casado ha resuelto atarse al palo de su despacho –como Ulises, de regreso de Ítaca tras la guerra de Troya– para no oír los cantos de sirena que le apremian a ofrecer una gran coalición que desenmascare a Sánchez y evite que, como acaeció a Rivera, le cargue el mochuelo de presentar como irremediable su avenencia voluntaria con Podemos y soberanistas. Entiende el líder del PP que uncirse a Sánchez, además de dejar el campo de la oposición expedito a Vox por el flanco de la derecha, supondría atarse a un cadáver, como narra Virgilio en La Eneida que hacía Mecencio, rey de Etruria. En uno de los peores tormentos que imaginarse quepa, el sátrapa ordenaba amarrar a sus prisioneros a un muerto para que padecieran la descomposición propia y ajena. Entendiendo que no se fíe un pelo de Sánchez, Casado no parece calibrar en toda su hondura que no se está ante un cambio de gobierno, sino de régimen que puede relegar al constitucionalismo extramuros del sistema, como en algún país latinoamericano y en aquella II República sin demócratas.

Ante la temeridad de Sánchez y sus socios de conveniencia, se echa en falta la audacia de un centroderecha que no puede asistir impávido a la agonía de una España que deviene en un puzle de cantones mal avenidos por mor de agravios y victimismos que amenazan desollar su piel de toro. No cabe achacarlo sólo a quienes han desatado un movimiento centrífugo que amenaza con desbaratar España, sino a la falta de hombres de Estado capaces de liderar un proyecto centrípeto que ilusione al conjunto de la nación. Optaron por templar gaitas con unas minorías nacionalistas que nunca han ocultado los fines y ahora, cuando adquiere forma lo consentido, se llaman a engaño. Pero sin reaccionar acordes al desafío haciendo dejadez de España.

En 1828, cuando España ya llevaba tres siglos y medio junta, gracias a la contribución de sus reinos a esta empresa común, preguntaron a Goethe si le inquietaba que Alemania no llegara a unificarse y éste respondió que sería una realidad con la mejora de sus carreteras y vías ferroviarias. Entendía que se daba la premisa fundamental de su unidad afectiva. De no registrarse ésta, «como ocurre en todo organismo en el que los miembros se separan del corazón, la vida que afluye será débil y su debilidad irá en aumento». Esa trama de afectos es la que, al cabo de 40 años de autonomías, se resquebraja en España a causa de egoísmos ciegos y particularismos de campanario que encizañan la convivencia. No parece menor envite éste que aquel que movió a Galdós, en una Alocución al pueblo español, a creer llegado el momento de que «los sordos oigan, de que los distraídos atiendan, de que los mudos hablen [para acabar con] la mayor barbarie política que hemos sufrido desde el aborrecido Fernando VII».

Francisco Rosell, director de El Mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *