Radicales en casa (y 2)

¿Qué nos dicen las palabras de los radicales educados en nuestros países sobre los móviles subyacentes a sus violentos ataques? Prestemos atención a unos pocos ejemplos.

Faisal Shahzad no es un caso único. Nayibulah Zazi, que se declaró culpable de tramar un atentado en la red de metro de Nueva York, es asimismo un ejemplo de radicalización en proceso ascendente. Como Shahzad, Zazi dijo al tribunal que en agosto del 2008 decidió viajar con unos compañeros a Pakistán para unirse a los talibanes en la lucha contra la invasión estadounidense de Afganistán. Se dirigió él a los talibanes y no a la inversa y, una vez en Pakistán, fuerzas de Al Qaeda le persuadieron para que regresara a EE.UU. para actuar como terrorista suicida. Zazi dijo al tribunal: “Estaba dispuesto a sacrificarme para atraer la atención sobre lo que EE.UU. les hacía a los civiles en Afganistán y estaba decidido a sacrificar mi alma por la salvación de sus almas”.

Asimismo, el sospechoso de origen pakistaní implicado en una supuesta trama para volar el metro de Washington en octubre del 2010 atrajo la atención del FBI porque había hecho preguntas sobre las posibles maneras de combatir contra soldados estadounidenses en Afganistán y en Pakistán a principios del año siguiente, según expedientes judiciales desclasificados. Según se informó, Faruk Ahmed, de 34 años y con ciudadanía estadounidense, esperaba ir a su país natal para combatir allí. No le reclutaron los talibanes ni Al Qaeda. Fue atraído por el e-mail de un agente del FBI para acudir a una primera reunión a requerimiento de un supuesto contacto en abril del 2010 en la recepción de un hotel cercano al aeropuerto internacional Dulles, en Washington, donde fue detenido. Ahmed es otro ejemplo de radicalización en proceso ascendente. Según la declaración jurada de doce páginas, se observa claramente que Ahmed, empleado de una empresa de telecomunicaciones y titulado del City College, de Nueva York, experimentó un proceso de radicalización a raíz del conflicto Afganistán-Pakistán. Su objetivo final, según la declaración jurada, era “ir a Afganistán a combatir y matar estadounidenses”.

El caso de Roshonara Choudhry, prometedora estudiante universitaria del King’s College, de Londres, proporciona otro ejemplo. De acuerdo con las transcripciones publicadas por The Guardian, intentó asesinar de dos puñaladas al parlamentario y exministro británico Stephen Timms por hacerle personalmente responsable de votar a favor de la guerra de Iraq. Tras ser desarmada por el ayudante de Timms, Choudhry dijo a los agentes de policía que el apuñalamiento se debía al deseo de “vengar al pueblo de Iraq”.

De modo similar, el terrorista suicida Taimur Abdulwahab al Abdaly, que se hizo estallar por los aires en Suecia, había estudiado en el Reino Unido, estaba casado y era padre de tres hijos. Un amigo suyo, de 28 años, dijo que la rabia se fue apoderando de él en los últimos años. Las imágenes relacionadas con él en las redes sociales ofrecen pistas sobre su proceso gradual de radicalización. En una de ellas aparece un iraquí con los ojos vendados, mofado y maltratado por soldados estadounidenses. Otras imágenes aluden a “los crímenes de guerra rusos en Chechenia”.

Según The New York Times, Al Abdaly envió una cinta de sonido a las autoridades suecas minutos antes del estallido de los explosivos en la que advertía que sus acciones “hablarían por sí mismas”. Según el periódico, Al Abdaly dijo: “Ahora vuestros hijos y hermanos morirán como mueren nuestros hijos y hermanos (…) Morirán mientras no acabéis con vuestra guerra contra el islam, vuestros insultos al profeta y vuestro necio apoyo al cerdo de Vilks. Dejad ya vuestras caricaturas sobre nuestro profeta. No toleraremos más opresión contra el islam o los musulmanes, de ninguna manera ni por método alguno” (Suecia tiene unos quinientos especialistas en señales encuadrados en las fuerzas de la OTAN en Afganistán).

Como otros, el terrorista suicida en Suecia no informó a su familia de sus planes. Su esposa, Mona Duany, que dirige una pequeña empresa de cuidados de belleza en Luton, dijo que no tenía ni idea de sus planes. Tres semanas antes del ataque, Al Abdaly se fue de casa sin decir palabra a su esposa ni a sus tres hijos. Les envió una carta de despedida en la que les pedía perdón: “Mi querida esposa e hijos, os quiero. Te quiero, mi señora esposa. Mi amor por ti nunca fue fingido. Perdóname por lo que te digo. Besa a los niños por mí. Diles que papá les quiere y que siempre les querrá”, según publicó The Daily Mirror.

Como muestra el resumen de estas voces violentas, la radicalización terrorista surgida en nuestros países es un fenómeno impulsado por una política identitaria, una reacción contra la guerra contra el terrorismo en países musulmanes, una guerra que mata a más civiles que miembros de Al Qaeda. En este sentido, el combate inflama de forma desproporcionada los sentimientos antioccidentales y crea más terroristas en casa.

Según un sondeo Pew del 2006, la “guerra contra el terrorismo” estadounidense es muy impopular entre población musulmana en Europa; es contrario a ella un 83% en España, un 78% en Francia, un 77% en el Reino Unido y un 62% en Alemania.

Tres años después, una encuesta sobre musulmanes británicos para la BBC mostró que un 75% decía que Occidente cometía un error al intervenir militarmente en Pakistán y Afganistán, aunque una mayoría de encuestados –el 78%– dijo que eran contrarios a los ataques de los talibanes contra las tropas occidentales en su territorio.

En su discurso sobre la seguridad nacional, Obama dio a entender que Estados Unidos podría empezar a dar fin a la guerra contra el terrorismo. Con Al Qaeda “en la senda de la derrota”, argumentó, “esta guerra, como todas las guerras, debe finalizar”. Aunque Obama no ha ido tan lejos con iniciativas como la de suspender los ataques con drones, su reducción del número de asesinatos selectivos y su renovado compromiso de cerrar la prisión de Guantánamo son pasos en la dirección adecuada.

La importancia del discurso de Obama reside en la información al país sobre la cada vez menor amenaza terrorista. Cabría esperar que el presidente estuviera a la misma altura de los estadounidenses en relación con la cuestión de los límites y los costes del empleo de la fuerza en el ámbito internacional. El terrorismo no puede ser erradicado apretando un botón, como en los ataques de drones; ni siquiera mediante la intervención militar, porque ello podría causar una reacción violenta susceptible de incitar más, no menos, terrorismo.

Es posible que la desescalada de la guerra contra el terrorismo mediante la supresión del discutible empleo de tácticas como los ataques de drones no represente el final de la radicalización surgida en nuestros países; pero podría representar un gran avance a fin de desactivar los campos de minas culturales y religiosos que atrapan a desengañados jóvenes musulmanes e incitan a algunos de ellos a deslizarse por una senda de violencia.

Fawaz A. Gerges, director del Centro de Oriente Medio en la London School of Economics

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