Raíces cristianas

Por Luis Racionero (LA VANGUARDIA, 24/11/03):

Que la Unión Europea quiera configurarse como un Estado laico me parece razonable, pero negar las raíces cristianas de Europa es tan arbitrario como suponer que el cristianismo es el único elemento configurador de la cultura europea. Europa, en el sentido no geográfico de cultura occidental, nace a partir del siglo X por la fusión de cuatro elementos: los restos de la tradición grecolatina del Mediterráneo; la nueva ética del cristianismo oriental y céltico; el individualismo de los invasores bárbaros y la ciencia reelaborada por los semitas –árabes y judíos–. Hay muy pocos puntos de Europa donde estos factores pudieron encontrarse; el más intenso, duradero y fructífero fue la península Ibérica, cosa que sorprenderá a los partidarios del eje franco-alemán, que pretenden erróneamente que Europa la hizo Carlomagno.

Dentro de la Península el califato de Córdoba, en su tolerancia religiosa, recogió la cultura transicional de la época de Isidoro y aportó las corrientes de la ciencia árabe y judía; la escuela de traductores de Toledo la difundió por Europa; Castilla asimiló el elemento visigodo, así como el cristianismo; los cenobios monásticos del Pirineo fueron focos de reserva, fusión cultural, elaboración y puente de transición hacia el continente de todos estos elementos, aunados en una síntesis nueva. Su resultado fue el primer renacimiento europeo, la cultura de los trovadores, renacimiento abortado por la invasión de los francos. Del rescoldo provenzal se alumbraría el fulgor del Renacimiento italiano.

Existen varias teorías sobre el origen de Europa; la mayoría admiten los tres primeros factores, pero, característicamente, olvidan la influencia semita. Parece como si fuera impensable que del Sur viniera ninguna influencia civilizadora; un caso típico es la explicación francesa de los trovadores o la polémica contra Asín Palacios por demostrar influencias musulmanas en la “Divina Comedia”. Hay quien pone el origen de Europa en san Benito por su creación del monasterio, germen de un microcosmos social viable, ordenado y estable.

Para Whitehead, la alianza de ciencia con tecnología, por la cual el conocimiento se mantiene en estrecha relación con los hechos irreductibles, se debe, en buena medida, a la propensión pragmática de los primeros benedictinos; su interés en la naturaleza, reflejado en el arte naturalista de la edad media (supongo que se refiere al románico), supuso la entrada en la mentalidad europea del ingrediente final necesario para la gestación de la ciencia, que los griegos no lograron por exceso de cerebralismo, no contrastado empíricamente. La influencia civilizadora de la orden benedictina es indudable; en la regla de san Benito, escrita en el siglo VI, se leen cosas como las siguientes: “No se anteponga el noble al que procede de condición servil, que ante Dios no hay excepción de personas. Reconciliarse antes del ocaso con quien se haya tenido alguna discordia. De taciturnitate: a veces debe abstenerse uno de conversaciones buenas por causa del silencio. Cuando el monje hable lo haga suavemente y sin risa, humildemente y con gravedad, diciendo pocas palabras y razonables y sin levantar la voz: el sabio se da a conocer por las pocas palabras, el necio, en la risa, levanta la voz.

En las mesas de los monjes no debe faltar la lectura, y aunque creemos que el vino es en absoluto impropio de los monjes, sin embargo, como en nuestros tiempos no se les puede convencer de ello, convengamos siquiera en no beber hasta la saciedad. Sean todas las cosas comunes a todos y repártase a cada uno según haya menester; el monasterio, a ser posible, debe construirse de suerte que todo lo necesario, esto es, agua, molino, huerto y los diversos oficios se ejerzan dentro de su recinto, para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, lo cual en modo alguno conviene a sus almas.”

Copié las notas que anteceden en el scriptorium del monasterio de Poblet, amablemente guiado por el monje Masoliver. Pude constatar allí, in situ, cómo la tradición benedictina del Císter, aún viva, funciona perfectamente como un foco de serenidad, sensatez y desapego en un mundo cada vez más febril y desquiciado. El contraste es impresionante y su fuerza me hace pensar en los paralelismos entre la época en que aparecieron los monasterios y la nuestra. En ambas, Europa está invadida por la barbarie: entonces en forma de guerreros a caballo y bandas nómadas que ocupaban territorios, ahora en forma de barbarie tecnológica, agresión de “mass media” y vulgaridad utilitaria. Whitehead compara el impacto del vapor y la democracia sobre el mundo europeo al impacto de bárbaros y cristianos sobre el mundo grecolatino, cuyo declinar provocaron.

Barbarie no es primitivismo; bárbaro es el primitivo que, en contacto con la civilización, abandona sus costumbres ancestrales y se abre paso en la civilización decadente, adoptando algunos de sus estilos de vida y destruyendo otros. En el siglo XX el bárbaro está dentro de la sociedad ocupando los estratos del hombre medio. El paso de estos “primitivos” – resignados hasta el siglo XIX– a bárbaros es la rebelión de las masas, anunciada por Ortega hace medio siglo.

Otros ponen el origen de Europa en Carlomagno, como hace Pirenne: su argumento me parece exacto, pero al revés. No es el islam quien destruye la unidad mediterránea y los carolingios quienes la rehacen, sino al contrario. El islam es precisamente la fuerza reintegradora de la antigua civilización del Mediterráneo; la posición antiislámica a priori de Pirenne, común a los eruditos nórdicos, lleva al historiador belga a tomar los hechos históricos al contrario de cómo pueden verse desde el Sur: él los mira desde el Norte a favor de un partido tomado sobre la superioridad de las vigorosas hordas francas; parece necesario contemplarlos alternativamente desde la perspectiva opuesta, para obtener una explicación distinta del proceso.

Los árabes, mejor dicho, los habitantes de las orillas del Mediterráneo que se islamizaron, lograron rehacer la unidad del Mare Nostrum bajo la égida de los califas y el beneplácito forzado de los bizantinos; fueron los bárbaros precisamente, gentes como los francos de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, quienes interrumpieron la unidad del Mediterráneo en su ribera norte, en Occitania, Provenza e Italia. Que el Papa coronara a Carlomagno no fue otra cosa que la conocida y repetida maniobra política del romano para obtener protección y ganar ascendencia sobre el guerrero que le ha derrotado. Del mismo modo que los patricios romanos se infiltraron en la Iglesia católica como obispos y cardenales para seguir dominando Europa cuando las legiones ya no luchaban, el Papa coronó a Carlomagno.

Decía al principio que Europa, en el sentido de cultura occidental, nace por confluencia: 1) de los restos de la tradición grecolatina conservados en las ciudades del litoral mediterráneo occidental y bizantino; 2) del cristianismo de irlandeses, latinos y orientales; 3) del individualismo de los bárbaros; y 4) de la aportación científica semítica de la diáspora judía y la islamización ibérica. Semitismo meridional en sus versiones hebrea e islámica, el componente nórdico cristianizado en sus modalidades céltica y germánica, incidiendo sobre el sustrato urbano mediterráneo de tradición grecolatina son los elementos dispares en colisión, de cuya dificultosa y sabia armonización nacerá la civilización europea.

Cada uno aportará su peculiar idiosincrasia, su matiz y su color, hasta componer el vitral de la policromía europea que convierte en penumbras de introspección la abierta luminosidad del templo griego. Cuando el abad Suger contempló por primera vez el rosetón iridiscente de colorido cristal, que él incitó a construir, exclamó arrebatado: “La pared ha caído, revelando la rueda de fuego”. En la rueda de fuego del rosetón europeo giran el individualismo bárbaro, el sentimiento igualitario del cristianismo, la ciencia judía, la cortesía árabe, el pensamiento griego, el orden latino, inundando de coloreada luz la umbría catedral desconsagrada del espíritu moderno. Sobre las tenues luces de la duda racional y la culpa cristiana, las claridades de ciencia islámica y pensamiento hebreo, los colores de la cortesía, pasión y refinamiento islámicos alumbran al hombre europeo, que es a la catedral gótica lo que el hombre antiguo al templo griego. Luminoso y claro éste; silenciosa y en penumbra aquélla, cerrada en su duermevela de luces y reflejos.

Gaudí equiparaba a Orestes, por su determinación, al templo griego, y a Hamlet, por su duda, a la catedral gótica; entre el hombre grecolatino y el europeo ha aparecido un conjunto de elementos nuevos, de los cuales son fundamentales el cristianismo y los bárbaros; éstos aportan el individualismo, aquél la noción igualitaria. Decir que Europa es cristiana no es ningún disparate, si se deja claro que no sólo es cristiana.