Rajoy o el Gobierno sin teléfono

Al Gobierno de Rajoy se le vuelve a plantear el problema recurrente de los últimos meses: es incapaz de vender a la opinión pública europea un relato que propague las virtudes democráticas de su quehacer en el asunto catalán. Si nos fijamos en la prensa alemana, su tratamiento no ha sido diferente a la de otros países. La simpatía inicial por el movimiento secesionista en aquel lejano septiembre se sustentaba en esa creencia de mesa camilla que atisba en cada esquina europea un bondadoso pueblo oprimido y una identidad marchitada por el sol inclemente del centralismo. El trascurrir de los meses fue dando paso a una mezcla de hartazgo y suspicacia, a medida que iban saliendo a la luz los aspectos más tabernarios del ultranacionalismo catalán y sus apoyos entre las variadas ultraderechas europeas.

Sin embargo, la detención en suelo alemán del prófugo europeo más estrafalario de las últimas décadas ha vuelto a engrasar las plumas en los periódicos alemanes. Los comentaristas políticos basculan desde entonces hacia posiciones que reclaman que la política alemana contribuya a un difuso “diálogo” para “desactivar el conflicto” o que se exploren posibilidades de “aumentar el autogobierno catalán”. Desde algunas rotativas muy relevantes se exige incluso el asilo político para el prófugo, considerando que la Justicia española no es suficientemente independiente. Todo ello desde la más pétrea ignorancia de los informes internacionales acerca de la calidad de nuestro sistema judicial o sobre el reparto competencial en España y habitualmente por los mismos comentaristas que despachan con displicencia las demandas regionalistas que muy de tarde en tarde llegan, por ejemplo, desde Baviera. Desengañémonos: ¿no anidará en cada periodista alemán uno de esos españoles que hablan por boca de ganso?

No obstante, los ciudadanos españoles no nos merecemos que nuestro Gobierno nos desampare mediáticamente de esta forma. Sería injusto decir que el Gobierno rajoyano no ha hecho nada en su acción exterior. Nuestra diplomacia logró que ningún Gobierno del mundo, ni siquiera el chavista, reconociera la independencia. Y es cierto, asimismo, que el Gobierno no puede -ni debe- controlar lo que aparece en la prensa extranjera. Pero también lo es que dispone de mecanismos variados para dar su versión razonada de los hechos. Uno bien sencillo y que no requiere gastos: como me comentaba hace meses un corresponsal, el Gobierno español ni siquiera había proporcionado a los periodistas extranjeros en aquellos días aciagos de septiembre un teléfono de contacto de alguien que en inglés fuera capaz de dar la opinión del Ejecutivo.

Este desamparo no resulta aceptable. Se suele decir que España es una trama de afectos, una densa malla de relaciones familiares y amistades que traspasan las tenues fronteras regionales. Pero ahí no se acaba la historia. En las últimas tres décadas los españoles hemos participado intensamente en el proceso de construcción europea. Un proceso cincelado en los titulares de los periódicos al calor de los grandes acuerdos, de las directivas europeas sobre éste y aquél tema, de la introducción del euro o, malhadadamente, del propio Brexit. Pero, bajo el estruendo, armónico a veces, estridente otras, de esa gran orquesta política que es la Unión Europea, ha sonado subterráneamente una melodía más desapercibida.

La melodía formada por la vida de cientos de miles de españoles que han salido de nuestras fronteras, especialmente, en el marco del programa de intercambio Erasmus. Miles de hombres y mujeres que han trabado amistades, han hilvanado relaciones y han construido complicidades personales con sus hermanos europeos. Algunos regresaron pronto a su país de origen, pero con el zurrón lleno de nuevas amistades portuguesas, finlandesas o irlandesas. Otros alargaron sus estancias más allá de lo previsto instalándose definitivamente en Dinamarca, Polonia, Alemania u Holanda. Todos ellos han contribuido a esa inmensa trama de afectos que hoy cada vez más es Europa. Españoles cuyos suegros son austríacos, checos o griegos; sus hijos trilingües en catalán, español y rumano; sus amigos belgas, franceses o lituanos…

Son ellos los que, con las dificultades propias de no ser expertos, tienen que explicar a sus familiares, a sus colegas de trabajo, a sus amistades todo aquello que el Gobierno español no es capaz de explicar a la prensa internacional. Explicar que España es una democracia sin claroscuros; aclarar que nuestro Estado de derecho protege los derechos de las minorías; recordar que lo que a todos nos afecta debe ser decidido por todos; apuntar que el nacionalismo catalán es la versión hispana de la Liga Norte italiana… Son ellos, pues, los ciudadanos que no quieren ser españoles vergonzantes y que se encuentran desamparados por un Gobierno que es incapaz de dar un simple número de teléfono.

Igor Sosa Mayor es doctor en Filología Germánica y en Historia Moderna.

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