Rajoy: ¿un presidente breve?

La base de una estrategia es acertar los escenarios de futuro más probables. En la política española, el supuesto más razonable sigue siendo que, tras las generales, el presidente del Gobierno será Rajoy – aunque el nuevo gobierno frenará la caída del PSOE y su mayor agresividad causará un fuerte desgaste en el PP-. Por tanto, la pregunta estratégica es: con cuánto capital político llegará Rajoy a la Moncloa y cuánto le durará. Y una hipótesis que considerar es que este será escaso y de poca calidad y que, como consecuencia, podría ser un presidente de un solo mandato o de mandato breve.

Algo que parece escapar al PP es que el capital político de su candidato se está deteriorando por las consecuencias no deseadas de una táctica eficaz a corto, pero probablemente no a largo plazo. El equipo electoral de Rajoy apuesta a que la valoración negativa de su líder por la opinión pública será irrelevante en las elecciones, porque los partidarios del PP no dejarán de votarle y los del PSOE no vencerán el absentismo que les produce Zapatero implementando políticas económicas liberales. También asume que no explicitar las futuras medidas de gobierno es la manera de evitar pérdidas de capital político derivadas de la reacción negativa de los potenciales perjudicados, si las conociesen. Como táctica, es irreprochable. Y generalizada: Mas hace exactamente igual. Pero como estrategia, quizás equivocada. Porque esta táctica está perjudicando la reputación personal de Rajoy, ingrediente esencial de su patrimonio político.

Cuando tantos ciudadanos lo están pasando tan mal, Rajoy parece cada día menos empático, más calculador, medroso en lo personal, políticamente cicatero, como si tuviera mucho tiempo, dejando que Zapatero se queme lentamente al fuego de la crisis – cuando muchos ciudadanos no tienen tiempo, acuciados por urgencias económicas, quemándose, también, como el presidente, en la crisis-y centrado en su peripecia política en vez de en la de los ciudadanos. Si esto es así, ¿con qué capital político contará para implementar políticas impopulares si fueran necesarias una vez en la Moncloa? No con el que generan unas ideas y un programa, porque no los ha expuesto. Tampoco con su reputación personal, porque no la ha cultivado como fuente de poder.

Incluso, aunque la situación económica mejore por su gobierno o simultáneamente a este, Rajoy puede enfrentar retos que demandan grandes desembolsos de caudales políticos. Por ejemplo, el conformismo de las sociedades occidentales (salvo la francesa) con la desigualdades sociales que la crisis acentúa no tiene que ser definitivo. Es, a menudo, una vez pasado lo peor de una crisis y no hay miedo a protestar, cuando se desencadenan espirales de reivindicaciones. No es improbable un horizonte de conflictividad social en la próxima legislatura, que los gobernantes sólo podrán combatir con dosis masivas de legitimidad, de las que carecerá Rajoy.

Es más, en el escenario de que en un par de ejercicios mejore la economía, el PSOE quedaría liberado del ámbito donde más incómodo juega – la economía-y podrá recuperar temas en los que se siente cómodo, como la igualdad entre sexos, donde el PP está “genéticamente” mal posicionado (Rubalcaba dixit).

Incluso los dos retos principales que Rajoy, excepcionalmente, ha confesado ambicionar requieren un caudal político del que raramente dispondrá. Uno es la reforma de la educación. Esta acarrearía el previsible desgaste de un seguro enfrentamiento con los sindicatos, tanto estudiantiles como del profesorado. Y una recentralización del Estado es algo que sólo puede hacer con el PSOE, por lo que los posibles réditos políticos son a repartir entre dos y no producirán rentas diferenciales.

Hay otra razón que puede indicar una presidencia breve de Rajoy: su sucesión. En la democracia española la posibilidad de que un presidente pase, positivamente, a la historia (y esta es la primera preocupación de los presidentes) depende de un traspaso exitoso de poder a su sucesor, una de las pocas dinámicas que aún pueden intentar controlar (ya no la economía, por ejemplo). Y la oportunidad para que Rajoy transfiera el liderazgo del PP a Gallardón – su príncipe in péctore pero inconfeso, ya que si fuera prematuramente público las posibilidades de éxito de la operación disminuirían-es en la primera legislatura. Sólo presidentes como Aznar y Zapatero, diligentes administradores de su capital político personal, iniciaron su segunda legislatura con más poder que en su primera toma de posesión.

Por tanto, el problema de Rajoy es que llegará, hipotéticamente, a la presidencia con un capital político escaso ante los retos de la nueva legislatura, y un PSOE que no se desintegrará aunque pierda las elecciones. Será además un poder situacional: originado en la crisis, no en su liderazgo personal o en sus ideas. Y ni siquiera será de su propiedad: será un poder patrimonio del partido – cualquiera que estuviera en la presidencia del PP, en la oposición, en plena crisis económica, contaría con él-.Rajoy no añade capital político al PP. Si acaso, resta.

Empieza a no estar claro que una presidencia de Rajoy inaugure un ciclo largo conservador. No es casualidad que estén inquietos los que en el PP piensan a largo plazo, y esperanzados los estrategas del PSOE.

José Luis Álvarez, doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de Esade.