Rajoy

Se equivocó al posponer sus recortes tras las elecciones andaluzas, perdiendo así la dinámica de su victoria; se equivocó al pensar que los socialistas, conscientes de lo que habían dejado, si no apoyarle, al menos no le pondrían palos en las ruedas; se equivocó al creer que su sola presencia al frente del Gobierno español convencería a Bruselas y a los mercados de que debían ayudarnos; se equivocó al no nombrar a González Pons portavoz de su Ejecutivo, que tiene un serio problema de comunicación; se equivocó al creer a Bárcenas cuando le dijo «nadie podrá probar que no soy inocente» (en una democracia, incluso precaria, termina sabiéndose todo); se equivocó, en fin, en montones de cosas secundarias. Pero acertó en la fundamental: que España no podía seguir gastando más de lo que ingresaba, ni los españoles, creyéndose ricos sin serlo. Y un presidente de Gobierno puede equivocarse en lo secundario, pero no en lo fundamental, pues ese error significa que el país terminará yéndose al garete. De ahí que se haya concentrado en acabar con ese desequilibrio desde que se mudó a La Moncloa.

Ya sé que defender a Mariano Rajoy no está bien visto, ni siquiera entre muchos que votan al PP. No tiene carisma ni es especialmente simpático, sino más bien lejano y arisco. No cultiva a los periodistas ni da demasiado bien en televisión. Aparte de por su estatura, no destaca por nada y podría pasar desapercibido a la salida de un partido de fútbol o de una corrida de toros. Tampoco exhibe vanidad y, por lo que se deduce de su forma de hablar y actuar, es bastante testarudo. En fin, que no estamos ante uno de esos líderes que enamoran multitudes. Pero no podrá negársele capacidad intelectual ni profesional. Ganó las oposiciones a Registrador de la Propiedad a la primera, convirtiéndose en el registrador más joven de España. Su carrera política es también difícil de igualar. Ha pasado prácticamente por todos los cargos del escalafón. Desde concejal del Ayuntamiento de Pontevedra a presidente del Gobierno de España. En medio quedan la Presidencia de la Diputación de su provincia y la vicepresidencia de la Xunta, y los ministerios de Administraciones Públicas, de Educación, del Interior y de la Presidencia, así como la vicepresidencia del Gobierno. En el partido, otro tanto, que no voy a detallar para no cansarles. Quiero decir que difícilmente puede acumularse tanta experiencia en la Administración del Estado. Ya sé que eso no garantiza el éxito. Pero, desde luego, no sobra. Y la mejor prueba la tuvimos con Zapatero, que saltó del escaño anónimo del Congreso a La Moncloa, con el resultado que estamos viendo y sufriendo.

¿Qué ha ocurrido para que este hombre no haya triunfado y se vea cuestionado incluso dentro de su propio partido? Pues dos cosas, a cual más determinante. La primera, que la escena internacional ha experimentado un cambio no ya de siglo, sino de era, lo que deja anticuadas las fórmulas y los remedios que venían rigiéndonos. La segunda, que los españoles no hemos acabado de comprender qué es la democracia.

El modelo político que ha venido rigiendo las naciones que marcan el paso a las demás era a la vez práctico y romántico, optimista y darwinista: la creencia en el progreso indefinido en libertades, en riqueza y en avances sociales. Algo que se ha cumplido más allá de lo que nadie podía imaginar, con una aceleración creciente que empieza a dar vértigo. En el último siglo, hemos explorado hasta los últimos confines de nuestro planeta, hemos desintegrado el átomo, ido a la Luna, transplantado órganos, erradicado la mayoría de las enfermedades epidémicas y hecho la vivienda de una familia de clase media más confortable que un viejo palacio real. Pero nada es gratis en este mundo, todo tiene un precio. El precio de ese formidable avance es que estamos llegando al límite de los recursos terrestres, con riesgo de que, de seguir a este ritmo, terminemos agotándolos. Mientras, paralelamente, hemos ampliado a dimensiones siderales la diferencia de nivel de vida entre los países desarrollados y los subdesarrollados. Únanle la conversión del planeta en una aldea global y tendrán como consecuencia inevitable la marea humana desde los segundos a los primeros, por todos los medios posibles y algunos incluso imposibles, lo que cuesta la vida a bastantes de los que lo intentan. El único precedente en la historia es el de los pueblos «bárbaros» (extranjeros) en las lindes del Imperio Romano, listos a abalanzarse sobre él, lo que condujo a la Edad Media. ¿Estamos en los comienzos de otra? A juzgar por el desconcierto reinante y los tonos pesimistas de los pensadores –¿dónde se ha quedado el final feliz de la historia de Fukuyama?–, se diría que sí. Pero también conviene tener en cuenta que la historia, aunque va por ciclos, no se repite nunca exactamente y está llena de sorpresas, agradables unas, desagradables otras. Nos hallamos en una encrucijada de la que saldrán los países que hagan sus deberes, mientras que el resto se irá por la cañería. ¿A qué grupo queremos pertenecer?, convendría nos preguntásemos los españoles, mientras nos adentramos en «terra ignota», sin saber qué nos espera.

Si a ello se le añade que no hemos terminado de comprender que la democracia es un equilibrio de deberes y derechos, de libertades y responsabilidades, tendremos la tormenta perfecta: nuevo escenario y falta de experiencia en el viejo, Se nota en nuestra forma de reaccionar ante los problemas que surgen: todos echando la culpa a los demás, de dentro y de fuera, sin pensar en la parte de culpa que toca a cada uno. Al tiempo que surgen las viejas disputas y los antiguos agravios, lo que convierte España en un río revuelto, donde sólo pescan los demagogos y los oportunistas.

Pienso que Rajoy es uno de esos hombres que saben que gobernar no consiste en dar lo que pide la calle, sino en tomar las medidas que el país necesita en cada momento, por dolorosas que sean. Si fuera de los que buscan su comodidad personal, se iría a gozar del clima, la calma y los ingresos que reporta el Registro de la Propiedad de Santa Pola. Como, si fuera de los políticos que buscan sólo el aplauso y el cargo, haría lo que está haciendo Rubalcaba: apoyar todas las medidas populistas que llegan de la calle, sean o no factibles.

Él parece pensar que si los españoles le hemos elegido es, incluso sin darnos cuenta, para que nos saque de tan difícil situación haciendo lo que está haciendo. Es decir, que tiene más confianza en nosotros que los que vienen contándonos fábulas y siguen contándolas. Admito que puedo equivocarme. Pero sus críticos vienen equivocándose desde hace mucho más tiempo. El futuro nos dirá quién tiene razón. Si no nos devora antes.

José María Carrascal, periodista.

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