Rarezas de nuestros horarios

Este domingo tendremos que adelantar nuestros relojes una hora para regresar al horario de verano. Se suscita así, una vez más, el debate sobre la conveniencia de estos cambios y, en términos más generales, sobre las ventajas y desventajas de los horarios por los que se rige la actividad en España. Y es que el uso eficiente del tiempo es una obsesión constante del hombre moderno, sin duda porque como expresó tan acertadamente José Luis Sampedro “el tiempo no es oro, el tiempo es vida”.

Hasta bien entrado el siglo XIX no se hizo necesaria la armonización de horarios a nivel nacional e internacional definiendo una hora universal que sirviese de referencia para, entre otros objetivos, coordinar las comunicaciones. En el Congreso del Meridiano que tuvo lugar en Washington en 1884 se convino que el día universal patrón sería el solar medio de Greenwich y que la única referencia mundial para las horas sería el meridiano que pasa por ese lugar. Paralela y progresivamente se fue adoptando el sistema de husos que facilitó el establecimiento de las zonas horarias hoy vigentes. Durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, los gobiernos de varios países involucrados en la contienda decidieron adelantar sus horarios 60 minutos desde abril hasta octubre con el fin de prolongar la actividad industrial durante una hora adicional. Esta práctica de establecer “periodos de hora de verano”, que fue seguida en un principio de manera intermitente, gozó de continuidad a partir de la crisis energética de los años 70 y se extendió hasta llegar a los más de 60 países que la adoptan hoy. En Europa este horario se viene aplicando siguiendo las directivas marcadas por la Comisión Europea, la última de ellas data del año 2011.

Sequeiros
Sequeiros

España adoptó el uso del meridiano de Greenwich para fijar su hora legal el 1 de enero de 1901, haciendo coincidir el horario peninsular y balear con la hora solar del huso correspondiente, que es el mismo de Greenwich, salvo para parte de Galicia. El horario en Canarias no se legisló hasta 1922, cuando se decidió poner al archipiélago también en el horario de su huso, esto es, una hora retrasado con respecto al de la península. El horario de verano fue adoptado por primera vez en nuestro país en abril de 1918 con la intención de armonizar el horario nacional con el de los países del entorno y para reducir el consumo de carbón que sufría de gran escasez debido a la Guerra europea. Desde entonces, y hasta 1940, continuaron haciéndose cambios de hora oficial, pero de manera poco sistemática y realizando a veces los avisos con poca antelación.

Acabada la Guerra Civil se unificó el horario, que había sido diferente en las zonas republicana y nacional, y en la primavera de 1940 se adelantó una hora en toda España, como si se tratase de un adelanto rutinario de la hora de verano. Pero en octubre de ese año el horario civil no regresó al horario de invierno. Al año siguiente no hubo ningún cambio y en 1942 se reanudó la implantación del horario de verano, pero acumulando el nuevo adelanto de una hora con el ya existente. Así pues, el cambio de 1940 supuso una modificación de la hora oficial española que se ha consolidado hasta nuestros días. Desde entonces la hora de la península y de las islas no corresponde a la de sus husos horarios, ni en invierno ni en verano. La mayor parte de España va adelantada una hora en invierno y dos horas en verano, y mención especial merece Galicia que, al estar situada en el mismo huso horario de Canarias, llega a tener en verano una hora que difiere de su hora solar verdadera en casi tres horas. Por eso en el entorno de La Coruña, cerca del solsticio de verano, es posible disfrutar de la luz solar diurna incluso después de las diez de la noche, por utilizar una expresión paradójica.

¿Debemos cambiar la hora oficial en España? Si concluyésemos que así es, tendríamos varias opciones. La primera sería deshacer el cambio de 1940 para regresar al horario de Greenwich en invierno y armonizar el horario peninsular con el de Portugal y Reino Unido. En una segunda opción, podríamos anular los periodos de hora de verano actuales, manteniendo el actual horario de invierno, que ya va adelantado respecto de nuestro huso una hora, durante todo el año. Finalmente, podríamos tomar ambas medidas y regirnos estrictamente por la hora de nuestros husos durante todo el año: el de Greenwich en la península y el contiguo en Canarias.

En lo que se refiere al cambio al horario de nuestro huso, cabe recordar que, recíprocamente, el Reino Unido ha estudiado nuestro horario varias veces para sopesar si les sería conveniente ponerse en fase con España y los otros países del mismo huso que comparten nuestra hora: Francia y los del Benelux. Su conclusión es que tal cambio les supondría un ligero aumento energético y de emisión de dióxido de carbono. Así que, desde este punto de vista, podría ser deseable para España adoptar el horario correspondiente al huso de Greenwich en la península. En este caso, Canarias podría quizás seguir con el mismo horario que tiene hoy, que va una hora adelantado respecto de su huso, de tal modo que el archipiélago compartiría la hora oficial con el resto de España.

¿Qué hacer con el horario de verano? Entre los argumentos favorables a este horario siempre se menciona el ahorro energético. Sin embargo, los estudios existentes más fiables, entre los que se encuentran el realizado en 1975 en EEUU y los de 1999 y 2007 de la Comisión Europea, muestran que este ahorro, si existe, es muy modesto. Además, la evolución de los hábitos de vida, de las instalaciones de aire acondicionado, de los precios de la energía eléctrica y de los carburantes, requiere que tales estudios se actualicen continuamente. Como insistimos más adelante, el incremento de las actividades de ocio reviste mucha mayor importancia que el ahorro energético a fin de justificar el mantenimiento de la hora de verano.

Entre los argumentos contrarios a la hora de verano suelen esgrimirse los desórdenes del sueño en numerosos ciudadanos por la alteración del ciclo biológico circadiano, la necesidad de modificar frecuentemente la hora en numerosísimos relojes y sistemas informáticos y, finalmente, la falta de armonización en los horarios con los países que no realizan el cambio que, al fin y al cabo, son mayoría.

Todo sumado, el informe de 2007 de la Comisión Europea concluyó sin ambigüedades: “La hora de verano, además de favorecer la práctica de actividades de ocio por la tarde y de permitir un pequeño ahorro de energía, tiene pocas repercusiones y el régimen actual no constituye una preocupación en los Estados miembros de la UE”, y es por ello que la Comisión ha mantenido sus directivas hasta hoy. No obstante, en un futuro más o menos lejano, si las circunstancias de los Estados miembros así lo aconsejasen, no es imposible que se decidiese suspender o modificar estas pautas.

Un argumento general a favor de los horarios adelantados de nuestro país es el ya mencionado del alargamiento del tiempo de ocio por las tardes. El disponer de tardes largas permite dedicar más tiempo al deporte, a las compras, a los establecimientos de restauración y a las actividades culturales. Todo ello revierte indiscutiblemente en una mayor actividad económica, y esto es particularmente importante en un país como España, en el que el turismo tiene una incidencia capital.

Independiente de la continuación o no del periodo de hora de verano y del huso horario adoptado, lo que está verdaderamente pendiente en España para lograr una auténtica racionalización de horarios y una mejor armonización con nuestro entorno, es la adopción de unos horarios laborales, escolares, administrativos, sociales y familiares que sean más acordes con los del resto de Europa. La adopción de tales horarios podría favorecerse paulatinamente mediante el adelantamiento y acortamiento razonables de la pausa del almuerzo en el mundo laboral y académico, y mediante un horario más temprano y sensato en las emisiones televisivas de la tarde y de la noche. Sin embargo, nuestras largas tardes de verano deben ser preservadas en alguna medida pues son una oportunidad privilegiada para favorecer las actividades turísticas, para que todos disfrutemos mejor del ocio y, en resumidas cuentas, para conservar e incrementar las facetas positivas de nuestra calidad de vida.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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