Raros y solos. Kenneth Rexroth (2)

Fuera de los avezados degustadores de poesía y de algún ácrata políglota, es raro que entre nosotros haya quien sepa a qué atenerse cuando oye por primera vez el nombre de Kenneth Rexroth, una auténtica y recóndita leyenda de la mejor cultura norteamericana. Bastaría decir que fue él quien supo encontrar la idea que consiente entender por qué áureas mediocridades como Susan Sontag o Harold Bloom, tan diferentes y tan similares, constituyen auténticos fenómenos mediáticos, asequibles para cualquier paleto ilustrado, y sin embargo pronunciar en voz alta Kenneth Rexroth evocará en más de uno acentos rockeros.

¿No era la voz segunda de los Beach Boys?, preguntará el moderno enterado. Pues no, despreciaba el rock pero había sido un brillantísimo comentarista de jazz e incluso letrista de grandes figuras del género. Acaso sea este el privilegio de un tipo singular, porque sin pretenderlo fue él quien suministró la definición que nos permite acceder a casos como el suyo: «El arte de ser una persona civilizada es el arte de aprender a leer entre las mentiras». Lo confieso sin rubor alguno y con cierta vergüenza provinciana: llegué a Rexroth anteayer y me quedé deslumbrado.

Cuando falleció en 1982 no había aún ningún libro suyo traducido al castellano en editorial de fuste; las primeras habrían de aparecer en México poco más tarde. No sólo no teníamos ni zorra idea de su existencia sino que aquellos gurús nuestros, que traían la buena nueva de la contracultura encanecidos y curados de espanto tras los campus universitarios de Norteamérica, se olvidaron de él si es que llegaron a conocerle alguna vez. Tipos como Allen Ginsberg y Jack Kerouac, discretas dunas de la literatura frente a la montaña de Rexroth, son entre nosotros más citados, editados y leídos. Nuestra contracultura debe más a la pana que a la marihuana, sirva el pareado como excusa.

En el país de las míticas universidades de élite, Kenneth Rexroth fue un autodidacta ejemplar, desdeñoso de la cultura académica, conservadora y repetitiva por esencia. Su único aprendizaje convencional fueron los cinco años de colegio; el resto es voluntad propia, individual e intransferible. Había nacido en South Bend, una ciudad industrial del centro de los Estados Unidos (Indiana) donde la lucha de clases se aprendía junto a las primeras letras. Estamos hablando de 1905. Su familia reunía tres cualidades que rara vez se dan juntas: sus padres eran cultos, radicales y excéntricos. La retahíla de oficios y aprendizajes de Rexroth es tan variada como sus saberes. No hay actividad creativa a la que no haya dedicado una parte de su talento, desde la filosofía a la pintura, desde la radio al periodismo y la música. Eso sí, amaba más el teatro que el cine. Tuvo, que yo sepa, dos mujeres y dos hijas, y si tuviera que apuntar cuáles son las claves de su obra como escritor y como poeta diría que mezclados y revueltos y sin orden de prelación e importancia está el erotismo, la espiritualidad y la revolución. Un erotismo que lo abarca todo, desde los cuerpos – su descaro hacia el sexo es hermoso y divertido-hasta la naturaleza; un cariño en ocasiones táctil o en otras visual hacia las cosas y los paisajes que entronca con su sentido de la espiritualidad, algunos dirían de la mística, en la búsqueda de lo esencial. ¿Y la revolución?

No conozco lo suficiente la obra de Rexroth para definir su pensamiento. No creo tampoco que sea fácil. Eso sí, es un libertario, un anarquista radical porque va a la raíz de las cosas y le importa una higa lo políticamente correcto y las convenciones sociales o culturales. Bastaría el descaro con el que trata algunos de los mitos de nuestra cultura. En Recordando a los clásicos el dedicado al Quijote merecería una exégesis especialísima, porque apunta hacia la mediterraneidad de Cervantes-como la amplitud de su cultura. No creo que haya muchos casos de un traductor de poesía que se maneje en siete lenguas: griego, latín, francés, español, chino y japonés, amén de la suya. Sus versiones de poetas antiguos chinos y japoneses alcanza la leyenda y se puede comprobar en tres libros vertidos al castellano: El amor y el tiempo y lamudanza,El barco de orquídeas y los 100 poemas japoneses.Digna de alabanza es la labor de la editorial española Gadir que publicó los tres volúmenes en traducción de Carlos Manzano. Idéntico traductor y editorial en la que aparecería ¡en el 2005! la primera antología poética de Rexroth en castellano, de título un tanto equívoco – Actos sacramentales-para tratarse de un poeta nada convencional, ateo convicto y confeso, por más que se le sitúe como «poeta del amor y de la naturaleza», como bien apunta su introductor en España.

De todo, lo más importante es la reciente aparición en castellano de la primera gran muestra del talento de Kenneth Rexroth como ensayista. No lo ha hecho ninguna de las grandes editoriales, por supuesto, sino una modestísima de Logroño, Pepitas de Calabaza. Le han puesto un título también muy poco feliz, Desconexión y otros ensayos,pero es lo que hay, y para ponerlo más difícil al lector lleva un prólogo un tanto sectario de Ken Knabb, antiguo discípulo suyo y situacionista militante. ¡Manda huevos que vuelvan los situacionistas, que ya eran antiguos cuando yo era joven! Y pensar que la moda prêt-à-porter creíamos que era algo referido exclusivamente a la ropa… Nos hemos equivocado en casi todo. Y pongo el casi por si surge alguna sorpresa.

Pese al título, muy agudo para quien sabe de qué va la cosa pero escasamente atractivo para el resto – Desconexión. El arte de la generación beat es uno de los artículos del libro-,pese al prólogo, serio y pretendidamente riguroso pero tan escorado a la crítica política de las actitudes de Rexroth que más parece una memoria de un discípulo filisteo regañando a su maestro más brillante. Pese a todo, digo, léanse en diagonal las más de 70 páginas del prologuista – ¡casi un tercio del libro!-y adéntrense en el mundo de Rexroth: su visión iconoclasta de la literatura en general, y en concreto de Mark Twain o Henry Miller, su repaso esclarecedor sobre el jazz por un conocedor de primera mano, sus análisis sobre la espiritualidad y la mística, ya sea Martin Buber o Simone Weil. Es un banquete para la reflexión, otra manera de mirar cosas que creíamos establecidas e inmutables. Pero sabe a poco. Uno se queda con las ganas de conocer más sobre Rexroth, de seguir leyéndole, de descubrir cómo interpretaba otras cosas, no sólo la literatura, porque es sabido que formó parte del Círculo Libertario de San Francisco en los entusiastas primeros años de la segunda posguerra mundial, cuando todo parecía posible y fue a suceder lo que creían que era imposible. Tomó partido después en todos y cada uno de los conflictos del Imperio, o fuera de él, ateniéndose siempre a aquella divisa que hizo suya y que había tomado de Samuel Johnson: «La valentía es la primera de las virtudes, porque sin ella es muy difícil ejercer las otras».

Estamos ante quien se ha considerado como el icono más notable de la denominada contracultura norteamericana,y es pena que quienes le conocían ya desde hace tiempo no hayan entendido el valor que podía tener entre nosotros, ahora que estamos entre los escombros de tantos derrumbes, el conocer, seguir, atender a alguien que fue capaz de escribir y pensar de un modo y con una solidez sin precedentes entre nosotros.

Sorpresa, casi perplejidad es lo que provoca la lectura de su Desconexión y otros ensayos.Una manera distinta de iluminar esos ángulos muertos para los que no existen espejos retrovisores que los reflejen en su profundidad. En Rexroth hay una gallardía, un aplomo apenas atenuado por la ironía, esa que le hace empezar su sarcástico poema Las ventajas de la cultura con una afirmación rotunda: «soy un hombre sin ambiciones y con pocos amigos». Cierto, pero quizá eso ayude a hacer posible al hombre de los Prados de Aspen:»Mira. Escucha. Están encendiendo la luna». ¿Kenneth Rexroth? Un mundo por descubrir.

Gregorio Morán