Razón pública y sociedad libre

En una sociedad libre, ¿qué lugar ocupan las distintas ejercitaciones de la razón y, entre ellas, qué dimensión pública tiene la ejercitación religiosa dentro de un Estado no confesional? Una sociedad libre es aquella en la que prevalece la razón pública sobre la razón privada, el interés general sobre el interés particular, la abertura a un horizonte de universalidad frente a las situaciones exclusivas de grupos o minorías. Un horizonte abierto y la libertad garantizada para todos, dentro de la cual las minorías creadoras realizan sus proyectos, son las condiciones para que una sociedad progrese, tanto en el orden del bienestar y de la justicia, de la convivencia y de la ilusión moral. ¿Qué es una razón pública y qué es una sociedad racional y razonable en este sentido? Público es todo aquello en lo que están implicados los fundamentos jurídicos, históricos y sociales del Estado; aquello que funda la convivencia en sus bases primeras, sin lo cual el ordenamiento jurídico y las estructuras productivas primeras de la sociedad no pueden subsistir. Si en muchos casos la delimitación entre lo público y lo privado es manifiesta, sin embargo hay otras situaciones donde ambas dimensiones se entrelazan.

Razón pública es el resultante razonable y universalizable de la convergencia de las diversas fuentes de sentido, de justicia, de libertad y de esperanza, como son la ciencia, el pensamiento, la moral, la religión y la cultura. Corresponde al poder, democráticamente constituido, el acoger y jerarquizar los elementos que aportan cada una de esas fuentes y aplicarlas en cada situación concreta. No gobiernan los filósofos, los artistas, los creyentes, los poetas. Desde que Platón quiso instaurar en Siracusa un régimen que respondiera a los principios que él había establecido en la República y todo terminó en dictadura, nos hemos percatado del peligro que llevan consigo los intentos de transferir por la fuerza una ideología a la vida política. Heidegger fue elegido rector de la universidad de Friburgo en 1933 en son de concordancia con el régimen nacionalsocialista; en 1934, al cesar en el cargo, sus colegas de la universidad le sonreían malévolamente con la frase: «¿Con que de vuelta de Siracusa?»

Pero ¿desde dónde gobiernan los políticos? Una sociedad no crece sólo desde arriba hacia abajo sino sobre todo desde abajo hacia arriba; no vive sólo de la ley, que tiene una función limitadora. La función creadora y nutricia de sentido, libertad, esperanza y coraje histórico, corresponde sobre todo a las fuentes prepolíticas que hemos enumerado al comienzo: la ciencia, la ética, la religión, el arte, la poesía. La sociedad se articula en grupos: políticos, ideológicos, sindicales, religiosos. Cada uno de ellos responde y corresponde a las propuestas que los ciudadanos van haciendo, y esos grupos las mantienen frente al Estado para que éste no se eleve como un gran monstruo frente a los individuos dominados y diminutos como granos de arena. Tales grupos en ese sentido son la expresión de una libertad que elige y propone al resto de la sociedad y al gobierno sus ideas e ideales. Los cauces mediadores de la libertad ciudadana no pueden ser sólo los partidos políticos, ya que ellos están inclinados, cuando no tentados, a dirigir la acción política en orden a su perduración en el poder.

¿Qué lugar y qué función pública ocupan en este orden las convicciones y propuestas religiosas dentro de una sociedad así pensada? Ellas no son «razón pública» en sentido directo. Rawls, que se ha planteado analíticamente esta cuestión, afirma que ninguna teoría de una laicidad radical puede excluir del diálogo, colaboración y desafío social una comprensión de la vida humana, como la religiosa, que ha acreditado a lo largo de la historia una inmensa fecundidad creadora en múltiples órdenes. Él está pensando en el cristianismo, que ha producido en ciertos momentos heridas a la humanidad, pero que ha sido capaz de volver la mirada crítica sobre sí mismo y de entrar en un diálogo con la razón moderna, conjugando Evangelio e Ilustración, sin deponer su identidad religiosa y sin reclamar de los demás la renuncia a ninguna racionalidad.

Por su parte, Habermas, prolongando las reflexiones de Böckenförde, se ha preguntado si el Estado liberal y secularizado no debe contar también con presupuestos normativos que él mismo por sí solo no puede garantizar. Y ha respondido que la democracia, como contenido y no sólo como método de funcionamiento electoral, tiene en las tradiciones éticas y religiosas un manadero permanente. El Estado debe aceptarlas dentro de sí y por tanto no puede elevar a categoría normativa para su funcionamiento una comprensión amoral o atea de la existencia humana. La comprensión religiosa y la comprensión atea del hombre para el Estado son sólo un hecho; ninguna de ellas tiene plusvalía sobre la otra y por ello ejercería violencia si dando por supuesta una, legislara desde ella obligando a unos miembros de la sociedad a traducir su lenguaje al de los otros. La gramática del ateísmo o del politeísmo no es la única gramática posible a los humanos; éstos a lo largo de la historia se han pronunciado con gramáticas religiosas y lo siguen haciendo hoy hombres y mujeres de la máxima altura científica, dignidad moral y eficacia social. Lo han hecho y lo siguen haciendo después de la revolución francesa, de la revolución rusa, de los fascismos y de la democracia, porque la dimensión religiosa no es una fase de la historia sino una estructura de la conciencia. La fe no es fruto de un tiempo o resultado necesario de una ciencia sino posibilidad siempre accesible a la libertad, cuando ésta se abre a la Verdad, al Bien, al Futuro, al prójimo, al Absoluto.

La razón pública no es la ideología de una ciencia, de una religión, de un partido político, sino aquella en la que las fuentes de sentido antes enumeradas convergen con sus aportaciones específicas, dentro del marco constitucional, con la aceptación de las Declaraciones internacionales de derechos humanos, en el reconocimiento de una historia fundadora de cada nación y de los valores democráticos de libertad e igualdad, en la medida en que derivan de un orden racional respetuoso de las personas y de sus bienes constituyentes. Esa razón pública así pensada es responsabilidad y derecho de todos los ciudadanos: todos debemos aprobarla y compartirla en el gozo de la convivencia, que nunca es reducción a la uniformidad sino cooperación en la diferencia. La religión se sitúa en un tramo intermedio entre lo oficial, general, común por un lado y lo privado, particular e íntimo por otro. No pertenece al orden de la naturaleza sino al orden de la libertad: se nace ciudadano y se llega a ser cristiano, judío o musulmán. Pero una vez que existe, se realiza en sociedad, dentro del ordenamiento jurídico, respetado y servido; tiene el deber y el derecho de aportar desde su larga experiencia histórica y desde sus actuales valores de sentido lo que considera valioso para la vida común. La afirmación repetida contra algunas personas de que opinan de una determinada manera en ciertos órdenes sólo porque son creyentes, es una falacia de quien la emite y una ofensa al que se le dirige. Todos tenemos que fundamentar nuestras afirmaciones; todos tenemos prejuicios y la única cuestión es si aceptamos ponerlos en claro y en un diálogo abierto mostrar su razonabilidad. Digo razonabilidad y no racionalidad en el sentido positivo de las ciencias duras, ya que de ninguna ciencia (orden del ser) se deriva ninguna ética o derecho (orden del deber ser).

En España, abandonando viejos callejones, hay que ser realmente demócrata, todos. No se puede reducir la religión al silencio o excluirla del tejido social, como tampoco imponerla ni introducirla al margen de la legalidad constitucional. Hay que integrar, no sólo tolerar, su legitimidad democrática, su participación en el diálogo social, no exigiéndole más ni menos que a los otros protagonistas de la sociedad. Así entendida la razón religiosa es un elemento indispensable de la vida y del diálogo público en la sociedad libre de una España moderna.

Olegario González de Cardedal

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