Razones de la elección de Sarkozy

Por Tahar Ben Jelloum, escritor. Premio Goncourt 1987. Traducción: José María Puig de la Bellacasa  (LA VANGUARDIA, 06/05/07):

Esta noche Nicolas Sarkozy se convertirá en presidente de la República Francesa. Esta certeza no es ninguna apuesta y aún menos un deseo. Hace mucho tiempo que Francia anda por la senda de este hijo de inmigrantes húngaros que, a sus veinte años, alimentó la ambición de llegar a presidente. Nicolas Sarkozy ha trabajado a fondo para alcanzar esta meta. Acomplejado por su estatura, ha sabido superar todos los obstáculos, ha sabido traicionar a sus mentores y amigos, aplastar a sus enemigos, hacer fuego de todas las astillas guiado por una idea fija: llegar a esta meta por todos los medios a su alcance, incluidos los más detestables y odiosos. Para tener éxito en su empresa, ha usado una inteligencia que no se molesta en guiarse por principios como no sea el de guardar las apariencias.

Quien se apresta a ocupar la función de jefe del Estado no ha alcanzado este logro merced al azar o a un vuelco fortuito de la historia como fue el caso de Jacques Chirac en el 2002, elegido con el 80% de los votos para cerrar el paso a Jean-Marie Le Pen, presidente del Frente Nacional. Si Sarkozy ha llegado a la meta, ello obedece a que una parte de Francia ha querido acabar con la piedra en el zapato de la culpabilidad histórica, con las tradiciones generosas y solidarias de este país, lo que ha resultado en la trivialización del discurso racista, un discurso envuelto a veces en palabras que ayudan a tragar la píldora y a acabar con una Francia tierra de asilo y sostén de pueblos en dificultad, una Francia tierra de acogida y de celebración de los derechos humanos.

Y así hemos podido presenciar cómo ciertos intelectuales exigían a Francia que dejara de sentirse responsable de su pasado colonial, cesara de malgastar su energía en cooperar con los países del Sur y dirigiera su mirada hacia la Europa del norte y del este, hacia EE. UU. y su modelo político. Hemos visto una Francia que consideraba que la inmigración constituía un azote en tanto que los niños nacidos de esta población inmigrante eran tenidos por ciudadanos de segunda, por franceses faltos de reconocimiento, por bastardos de la República, como si fueran extranjeros sin papeles, sin derechos. Y de ahí han brotado las proposiciones de ley para “reconocer los beneficios de la colonización”, para dificultar por no decir imposibilitar el cumplimiento del principio del reagrupamiento familiar, para echar el cerrojo a las fronteras de este país y juzgar el islam un magno obstáculo a cualquier intento de integración. La revuelta juvenil de los barrios periféricos de Francia en otoño del 2005 llegó a tacharse de “acto o manifestación étnica”, siendo así que se trataba de la expresión de una juventud francesa de la que Francia, simplemente, no ha hecho caso, recluida en injustas condiciones de vida (en estos barrios el paro alcanza el 40%). Estos mismos intelectuales han puesto en circulación declaraciones contra el racismo antiblanco,han apoyado la intervención estadounidense en Iraq y la política israelí incluso cuando tal política lleva al Estado de Israel a invadir un país pequeño como Líbano y destruir sus infraestructuras con el pretexto de luchar contra el terrorismo de Hizbulah. Y estos mismos intelectuales apoyaron desde primera hora el proyecto de Sarkozy, respaldando sus iniciativas en materia de seguridad en casa y su proamericanismo en el exterior, todo lo cual le ha permitido ir a buscar el voto de la extrema derecha, hacer campaña pescando en las aguas del programa del Frente Nacional, proponer un Ministerio de la Inmigración y la Identidad Nacional, proclamara los cuatro vientos su voluntad de oponerse firmemente al ingreso de Turquía en la UE y, por último, acabar con el legado de la revuelta de Mayo del 68.Este hombre ha sabido elegir sus amistades: se sitúa del lado de los poderes industriales y mediáticos en la medida en que estos grandes patronos son al tiempo propietarios de grupos de prensa, radio y televisión. Al hombre que ha erigido la traición en ejercicio habitual de realpolitik se le han sumado personalidades que han traicionado a su bando tradicional. El caso más escandaloso es el de Eric Besson, economista de Ségolène Royal, que rompió con la candidata socialista para caer en los brazos de Sarkozy y, sobre todo, hacer campaña con él, revelando secretos de su labor anterior. Antes que él tomaron esa vía el historiador Max Gallo, antiguo ministro de François Mitterrand; el actor Roger Hanin , cuñado y amigo de Mitterrand; André Glucksmann, profesor de filosofía, y muchos otros que ven en Sarkozy al hombre que les venga de un humanismo que ha olvidado la famosa preferencia nacional.

He aquí, pues, cómo Francia acaba de ofrecer cinco años de gobierno a un hombre y un equipo decididos a conducir a este país hacia un liberalismo sin complejos, dotados de un pensamiento en cuyo seno el egoísmo, los valores mercantilistas y la traición no constituyen realidades vergonzosas.

Nicolas Sarkozy entra en el club de los jefes de Estado del cinismo, club donde encuentra a sus amigos, a sus iguales: el español José María Aznar, el italiano Silvio Berlusconi y, sobre todo, George W. Bush. Queda la otra Francia. Deseémosle ánimo y entereza.