Razones de un seudónimo

Preguntaron a una mujer de 100 años sobre perros rabiosos, y ella comenzó su narración diciendo: “Yo sé de perros rabiosos tanto como cualquiera”. Quiso decir que había visto muchos y tenía una experiencia directa del peligro que, antes de la vacuna de Pasteur, suponían las mordeduras.

Pues bien, lo mismo podría afirmar yo de los seudónimos. Tendría que saber del asunto tanto como cualquiera. Desde que, hace más de 30 años, dejé de lado mi nombre oficial, José Irazu, para firmar los libros como “Bernardo Atxaga”, los lances derivados de la decisión han sido incontables. Un día era un billete de avión que no podía hacer mío; otro, un cheque; otro más, un paquete postal; una vez, el enfado de un poeta que tomó a mal “no saber exactamente con quién estaba hablando”. Aparte, nunca faltaba la pregunta: “¿Por qué lleva usted seudónimo?”.

Vuelven a hacérmela ahora, y trato de dar una explicación.

Creo que en mi caso el uso de un seudónimo fue algo inevitable, y que todo empezó con los vaivenes políticos y onomásticos de mi lugar natal, el País Vasco.

Los romanos lo llamaron “Vasconia”, nombre que perduró en cierta literatura costumbrista hasta que, en los años sesenta, un libro de inspiración revolucionaria que reivindicaba un territorio vasco cinco veces mayor que el de los mapas lo tomó prestado. A partir de ese momento fue tabú para los costumbristas. Después de unos años, el prestigio social del libro decayó, y “Vasconia” pasó al olvido definitivo.

Otro nombre histórico era “Vascongadas”. Durante la dictadura, los franquistas se referían al lugar de esa manera, y ahora es igual de tabú que Vasconia. También lo son, o casi, los de “País vasco-navarro” o “País vasco-francés”. En su lugar, florecen los más neutrales de “País Vasco” o “Pays Basque”.

Cuando se puso en marcha la reivindicación independentista, a finales del siglo XIX, apareció un nuevo nombre, inventado por Sabino Arana: “Euzkadi”. Casi un siglo más tarde, con el nacimiento de ETA, “Euzkadi” (con zeta) se convirtió en “Euskadi” (con ese), y es ahora, paradójicamente, una denominación cuasi-oficial.

Pero, con todo, el nombre más popular, el que todo el mundo utiliza cuando habla en euskera y el que más se ha utilizado a lo largo de los siglos, es el de “Euskal Herria”. Era hasta hace poco un término cultural y estable; pero últimamente va adquiriendo connotaciones políticas, y no sabemos cómo acabará el asunto.

Creo que se podría escribir una historia de los países a través del estudio de sus nombres. Su inestabilidad, su número, son índices significativos.

Pasemos a lo particular, de los vaivenes generales a los personales. Oficialmente me llamo “José”, porque el año en que nací -1951, según me aseguran personas de toda confianza- era inimaginable que un niño fuera bautizado con un nombre vasco como, por ejemplo, “Garikoitz”, “Iker” o “Imanol”. Sin embargo, solo he sido “José” en los papeles. Para los vasco-parlantes es más fácil decir “Joshe” que “José”. Así que fui “Joshe” durante toda mi infancia. Más tarde, en la universidad, mis compañeros empezaron a llamarme “Joxeba”, una forma políticamente marcada como vasquista. Un par de años después, un nuevo cambio: “Joxeba” se convirtió en “Ioseba”.

Publiqué mis primeros textos en 1972, firmando, como ya he mencionado, “Bernardo Atxaga”. Fue algo normal. El 70% de los que en esa época publicaban en lengua vasca usaban seudónimo. Solo que, en general, recurrían a algún término toponímico. En mi caso, un aforismo que me gustaba mucho me indujo a inventar un nombre que pareciera de verdad, auténtico. Decía el aforismo: “El chipirón lanza su tinta para esconderse del pescador, pero el pescador sabe dónde está el chipirón precisamente por la mancha de la tinta”. Un topónimo habría indicado que detrás había alguien, una persona con nombre y apellido. “Bernardo Atxaga” no manchaba el agua, ni siquiera la agitaba.

En un determinado momento, quise parar, detener la multiplicación. Pero es imposible. Tras el primer impulso, el nombre se convierte en un perpetuum mobile. Doy la última noticia: acabo de volver de una universidad americana en la que, durante tres meses, he sido “Jose I. Garmendia”. Los administradores de la universidad consideraron que “Irazu”, mi primer apellido, era en realidad un middle name, y me dejaron con el segundo.

Si dentro de unos años alguien me propone escribir otro artículo sobre este tema, tendré, estoy seguro, dos o tres nombres más de lo que tengo hoy, y podré aportar más ejemplos.

Bernardo Atxaga, escritor.