Razones, sinrazones y naciones

Por José Ignacio González Faus, teólogo y jesuita (EL PAIS, 11/04/05):

Uno tiene cierta obsesión por la razón y el raciocinio, y se siente a veces preocupado por cómo los utilizamos. El hombre, con permiso de Aristóteles, no parece ser un animal racional, sino un animal que racionaliza sus pulsiones. Spinoza, tan racional él, lo dijo mucho mejor: «La esencia del hombre es el apetito».

Por ello, más de la mitad de las razones que aducimos son en realidad sinrazones, y ésta es una de las formas más frecuentes de argumentar en política y en la publicidad (que hoy son casi lo mismo). Un argumento que no demuestra nada, que no tiene más fundamento que la agudeza y sonoridad de las palabras, aparece como contundente y capaz de callar al adversario, que no siempre tendrá rapidez para encontrar otra agudeza que haga callar, aunque tampoco demuestre nada.

Este «control de argumentación» me gustaría aplicarlo hoy al plan Ibarretxe, ahora que los vascos van a las urnas. Creo no tener resistencias a que Euskadi se independice, o sea Estado asociado o lo que quiera. Me sucede que no creo en las patrias (ni en España, ni en Catalunya ni en Euskal Herria): será un baldón para mí, pero también en este tema puede ser bueno ir «saliendo del armario». La patria sólo es uno de aquellos que los medievales denominaban «entes de razón con fundamento real»; y para explicarlos ponían como ejemplo el tiempo o el espacio: que no existen en la realidad, pero nuestra razón los necesita para explicar la duración o la extensión. Del mismo modo, no hay duda de que los hombres necesitamos unas raíces, y una comunidad cercana que nos facilite el acceso al prójimo; y debemos amar esos dos condicionamientos. Pero que ellos se concreten en forma de estado, nación, región, soberanía o lo que sea, es algo puramente accidental, dependiente de voluntades concretas o de contingencias históricas, y no de esencias metafísicas.

En este sentido, lo que me preocupa del plan Ibarretxe no son sus contenidos, sino sus argumentos. Temo que ahí no llegue al aprobado. Al menos en estos puntos:

1. El lehendakari dijo en público, y muy noblemente, que no llevaría adelante su plan si para ello necesitaba los votos de Batasuna, y lo sacó adelante gracias a los votos de Batasuna, avalados además por una carta de ETA. Se defendió entonces arguyendo que él nunca había protestado cuando un plan de su Gobierno era tumbado por votos del PP, del PSE y de HB. Pero este argumento no prueba: pues desconoce algo tan elemental como es el diverso significado de las coincidencias en el sí o en el no. En un voto negativo se puede coincidir por razones muy diversas, que no implican afinidad ni alianza alguna, como vimos hace poco en el caso de la Constitución europea. En cambio, la coincidencia en un implica siempre una alianza o, al menos, una ayuda.

Ibarretxe, pues, no cumplió en este punto. Y tal alianza resulta menos presentable cuando un partidario de su plan tuvo la mala ocurrencia de decir que «unos sacuden al árbol para que caigan las nueces y otros las recogen». Esta frase hizo más daño al PNV que un atentado de ETA. Y ha dejado en muchos la convicción de que, así como a HB se le pide con razón una condena verbal de la violencia terrorista, al resto del nacionalismo vasco se le debe pedir que se distancie de la violencia no sólo de palabra, sino de obra.

2. El término mayoría absoluta sólo es aplicable cuando concurren varias opciones y una de ellas sobrepasa el 50%. Cuando sólo litigan dos, llegar al 51% es tener mayoría, pero no absoluta, sino mínima. Llamarla absoluta es enmascarar la falta de algo que, en una decisión de este calibre, sería imprescindible y se quisiera tener, pero no se tiene: una mayoría aplastante.

3. Por eso el plan no expresa la voluntad de todos los «vascos y vascas». Un lehendakari que se muestra tan delicado a la hora del lenguaje inclusivo por razones de género, debería serlo igualmente por razones de ciudadanía. O debería explicar qué entiende por vascos. Si vascos son todos los que viven y trabajan en Euskadi, el plan excluye a casi la mitad de ellos, y lo hace en un momento en que esa casi mitad soporta una forma tácita de «limpieza étnica», aunque esta vez no lo sea por razones de raza, sino por posiciones nacionalistas. Este acoso es hoy por hoy lo más grave de la situación vasca (pintadas en sus casas, amenazas y anónimos, guardaespaldas, mirada bajo el coche cada mañana, decisión de marcharse a vivir fuera de Euskadi…). En cambio: si vascos son todos aquellos (y sólo aquellos) a quienes alegra el plan, entonces el argumento comete lo que técnicamente se llama petición de principio: razona a partir de las conclusiones y no para llegar a ellas. O con otras palabras: el plan debería haber sido dialogado antes entre todas las fuerzas vascas, buscando, como pedían los obispos vascos en una célebre pastoral, un marco donde puedan convivir los que se sienten sólo vascos o más vascos que españoles, o ambas cosas por igual, o más españoles que vascos o sólo españoles. De lo contrario, las ulteriores apelaciones al diálogo quedan desautorizadas, o dan pie al título sarcástico de una columna de Imanol Zubero en EL PAÍS de Euskadi: «¡Te voy a dialogar!».

Ibarretxe acaba de decir que hay que obligar a dialogar a Rajoy y Zapatero, como forma de pedir un gran apoyo electoral. Fuera de Euskadi se suele decir que hay que obligar a dialogar al lehendakari con Patxi López y María San Gil. Son monólogos que no se encuentran, porque lo que buscan no es diálogo, sino forzar una negociación. El diálogo nace del libre respeto mutuo: la negociación puede brotar del diálogo, pero los políticos prefieren que venga obligada por la derrota o la victoria.

4. En mi humilde opinión, el plan sobrepasa las atribuciones del lehendakari, y su aceptación las del presidente del Gobierno. Los juristas dirán si es anticonstitucional o no. Yo soy lego en esa materia. Pero la mera coherencia lógica dice: a) que, hacia dentro, hace falta un sujeto jurídico para una asociación: un «estado libre» no puede ser ese sujeto porque Euskadi, hoy por hoy, no lo es; un pueblo, para actuar como tal, ha de estar concretado en algún sujeto jurídico. Y b) que, hacia fuera, toda asociación es fruto de un acuerdo recíproco donde no sólo uno, sino los dos que se asocian, barajan sus condiciones y sus demandas hasta que llegan a encontrarse. Aquí, otra vez, jugamos a lo toma o lo deja. Si lo tomas, dialogas; si no, eres intolerante.Soy de los que creen que hay que dialogar hasta con el demonio; por eso no vi claro que hubiese que prohibir la candidatura de Aukera Guztiak, por muy proetarras que sean: pues esa prohibición no afecta tanto a un partido como a un grupo de electores, y eso no es democrático (me recuerda a los que, cuando nuestra transición, se oponían a la legalización del PC ¡en nombre de la democracia!, y fue necesario el sentido común y toda la valentía de Adolfo Suárez para que no triunfaran). A la vez, no resulta convincente la declaración de este grupo de que (sin condenar expresamente a ETA) están «contra toda violación de derechos humanos»: pues es de sobra sabido que los proetarras argumentan diciendo que en Euskadi hay una violación de derechos humanos y contra ella actúa la violencia de ETA. Es lo que ellos llaman «el conflicto». Y no niego que en Euskadi exista un conflicto, pero lo que está ahora en juego es si la manera de resolver ese conflicto es a través del terrorismo y poniendo muertos encima de la mesa. Por eso me sorprende la candidez de Ibarretxe en este punto, cuando toma esa declaración como una suficiente condena de ETA. Parece una candidez interesada.

Dialogar hasta con el demonio, repito. Pero dialogar no es sólo exigir que le escuchen a uno, sino, sobre todo, estar dispuesto a escuchar, y a escuchar a todos. Dicho en broma para distender, y para no entrar en hipótesis económicas: ¿y si el otro socio legisla que en su liga de fútbol sólo pueden participar los equipos de la propia «nación» y no los de otras? ¿Se acabaron maravillas como el Athletic-Betis de hace dos meses, y «el morbo de los dos reales» (Madrid-Sociedad)?…

Lo dicho en este artículo afecta sólo a los argumentos. No prejuzga nada sobre cuál será la solución final del conflicto vasco. Soy consciente de que hablo «desde fuera», de que la razón a la que intento escuchar (también la mía) está siempre condicionada por nuestra situación y de que, aunque algunos amigos vascos han leído y aprobado estas líneas, eran eso: amigos particulares. Soy consciente también de que en Euskadi hay un problema «político» no resuelto (de qué dimensiones, no lo sé, pero la existencia del problema me parece cierta). Pero a su vez los políticos deberían reflexionar sobre lo que hace pocos días escribía Salvador Cardús en La Vanguardia: el pueblo es más realista que sus políticos, y éstos tienden a vivir instalados en un «como si», que tratan de imponer a su pueblo.

Por eso lo importante ahora no es qué se va a hacer, sino que se haga bien: que, sea cual sea la solución final, se llegue a ella por caminos razonables y justos. De lo contrario, no será final: sólo será definitiva si, utilizando dos lúcidos adjetivos de Maragall, resulta «suficiente para unos y aceptable para los otros». Creo que hasta Arnaldo Otegui aceptaría estos criterios, a juzgar por lo que dicen que aconsejó a Ibarretxe tras la sesión en que el Parlamento de Euskadi aprobó el plan del lehendakari.

Si, bien hechas las cosas, sale independencia o estado libre asociado, pues encantados todos. En fin de cuentas, como ya he dicho, España y cualquier otra nación no son más que una entelequia con algunas bases objetivas, y a la que una voluntad común convierte en real. Personalmente, ya dije otra vez que lo único a que aspiro (y creo debo seguir aspirando) no es a que los vascos sean mis compatriotas, sino a que sean mis hermanos.

Precisamente por eso tampoco sería un argumento correcto convertir estas elecciones en un plebiscito sobre el plan: Ibarretxe sabe que tiene mucho apoyo en Euskadi, y sabrá también que muchos de quienes le apoyan no están de acuerdo con su plan. Quizá entre las razones de ese apoyo figure un dato que el resto del Estado desconoce o valora poco: Euskadi es una de las comunidades con más justicia social. No sé qué papel pueden haber jugado aquí las diversas alianzas con el PSE o con Ezker Batua. Pero este dato permite pensar que si El PNV ha sabido reconducir sus burgueses implantes neguríticos, también es superable el racismo sabinoaranista de sus raíces, que parece uno de los gérmenes de ETA.