Reactivar la Unión Europea

Por Tzvetan Todorov, lingüista, historiador y filósofo. Traducción de Martí Sampons (EL PAÍS, 13/06/06):

¿Por qué es deseable que exista una Europa política? Porque serviría al interés de todos. La Unión Europea, compuesta por una población de 450 millones, puede dirigir una política económica que ninguna de las naciones que la componen es capaz de imponer, hacer frente a problemas de abastecimiento energético que son comunes a todas ellas, adoptar una actitud común frente a la inmigración, desarrollar centros de investigación punteros que ningún estado aislado sabría ofrecer. Los países europeos también tienen que unirse para resistir con más eficacia a sus adversarios comunes. De momento, los terroristas circulan de un país al otro con más facilidad que los jueces de instrucción. Las amenazas ecológicas ignoran las fronteras, la nube de Chernóbil no quiso detenerse sobre el Rin, los efectos del calentamiento del planeta se notan igualmente en Italia o en Dinamarca, pero las políticas de protección siguen siendo nacionales.

En un mundo mucho más unificado que nunca, Europa tendrá un papel al que no puede aspirar ninguna de las naciones que la componen: a la vez defender sus intereses frente a otras potencias mundiales y encarnar un conjunto de principios que pueda servir de modelo para todos. Escaldados por la dolorosa experiencia a lo largo de los últimos siglos (colonialismo, totalitarismo, guerras mundiales), los europeos aspiran hoy a convertirse en una “potencia tranquila” que, sin renunciar a su defensa, se imponga al resto del mundo más por sus valores que por sus ejércitos. Los pueblos europeos ya no sueñan con un futuro radiante. Sin embargo, no pueden contentarse con gestionar sus asuntos de manera rutinaria. Para recuperar el impulso necesitan un proyecto, un “gran designio”, como el siguiente: encarnar y defender los valores europeos. Este impulso fue reprimido rotundamente por el no francés y neerlandés en el referendo constitucional.

Si es deseable más Europa, ¿cómo salir del actual callejón sin salida? En teoría hay tres opciones: renunciar al Tratado; proponer otro; adaptar el texto existente para hacerlo aceptable para todos.

La primera opción es impracticable, aunque la rebauticemos “la Europa de los proyectos”, por razones a la vez psicológicas (el impulso quebrado nos ha vuelto a llevar atrás, hay que lograr invertir la corriente) y técnicas: el funcionamiento de la Unión está paralizado por los tratados en vigor, inadaptados a una Europa de veinticinco. El proyecto de constitución permitía ponerle remedio con las cláusulas relativas a la mayoría cualificada, las cooperaciones reforzadas o la presidencia estable del Consejo. Presentar un nuevo texto no es menos inconcebible. No porque el que exista sea perfecto (no lo es), sino porque ya ha sido votado por dieciséis países y nada justifica pedirles que vuelvan a empezar. Sabemos además que este texto surge de un compromiso y que es poco probable que veamos que una nueva propuesta consiga de pronto la unanimidad. De hecho, es un texto imperfecto pero perfectible, que permitiría, hoy, dar un paso adelante.

Así que sólo queda la tercera solución: adaptar el texto. Para ello hay que partir de la base de que no hay que someter a votación nada que no esté ya en el texto inicial, pero también de que quien puede lo más puede lo menos. Dicho de otra manera, dar la posibilidad a los nueve países que no lo ratificaron de adoptar una versión corta del tratado que se limite a las partes I (las instituciones), II (los derechos fundamentales) y IV (disposiciones generales), y que excluya la parte III (políticas y funcionamiento) y los Anexos. Esta rebaja, que haría pasar el texto de 183 a 23 páginas, está justificada no sólo por el hecho de que las reticencias francesas y neerlandesas están motivadas por la tercera parte, sino también porque esta última afecta más a opciones políticas, que evolucionan a merced de las distintas mayorías, que no al marco legal, el cual debe mantenerse estable. Daríamos un nuevo nombre a este texto resumido, por ejemplo, Tratado Fundamental, y su adopción sería requisito indispensable para todo país que quisiera seguir formando parte de la Unión. Por esta razón, y como el futuro del país se vería implicado en ello, aquellos que tienen la responsabilidad del destino político del país, es decir, su Parlamento o la unión de sus dos Cámaras, deberían tomar la decisión.

Para que esta solución sea efectiva haría falta que fuera tenida en cuenta por el próximo Consejo Europeo, que aplazaría la fecha límite de la ratificación al 1 de noviembre del 2007; y dejaría a cada uno de los gobiernos en cuestión la elección del momento más propicio para votar. Si se actúa ahora, y no en un futuro indeterminado, nosbeneficiaremos de una coyuntura proeuropea favorable en varios países. Hay que aprovechar que tantos europeos convencidos están en el poder, Zapatero en España, Merkel en Alemania y Prodi en Italia; si añadiéramos Francia a estos tres países, ya obtendríamos un conjunto superior a la mitad de la población europea. Señalemos que algunos de estos gobiernos son de centro-izquierda, otros, de centro-derecha: está claro que en materia de construcción europea la división no está entre la izquierda y la derecha, sino más bien entre un amplio centro proeuropeo y extremos antieuropeos (como lo ilustraba en Francia la presencia en una misma tribuna de cuatro políticos partidarios del no: Besancenot, Buffet, Villiers, Le Pen).

Tan pronto tenga lugar esta ratificación común y se recupere el impulso europeo, la Unión Europea podrá volver a funcionar, sirviéndose en concreto de las disposiciones referentes a las cooperaciones reforzadas. Queda claro que es de esta manera como se podrá avanzar en una Europa de veinticinco o veintisiete. La Unión Europea no siempre tendrá el mismo núcleo duro sino un funcionamiento “de geometría variable”, según los ámbitos en los que una creciente colaboración parezca útil. Es, por lo demás, lo que ya está ocurriendo: el espacio Schengen incluye catorce países, la zona euro, doce, el Eurocuerpo afecta directamente a seis países, indirectamente, a otros cinco, pero nunca son exactamente los mismos. Bajo este modelo se pueden establecer otros acuerdos, por ejemplo, sobre la protección social, o la colaboración jurídica, o la armonización fiscal.

Francia tiene un interés especial en ver el fortalecimiento de la Europa política. Si todavía quiere hacer oír su voz en la escena mundial, su única oportunidad es hacerlo a través de la Unión Europea: Francia puede ser fuerte en Europa, Europa será fuerte en el mundo. Hace falta para ello que los otros europeos la vean actuar en el interés común más que al servicio de su interés particular. Francia podría demostrar esta elección con gestos elocuentes, así como dejando que el Parlamento Europeo se instalara en Bruselas en lugar de mantenerlo en Estrasburgo, donde socava el presupuesto de la Unión sin aumentar la grandeza de Francia. Podría implicar mucho más a la Unión en las posiciones que defiende como miembro permanente del Consejo de Seguridad; podría comprometerse a utilizar todos sus medios militares para proteger la integridad del territorio europeo, en lugar de evocar en este contexto a “países aliados” indefinidos (como lo hizo Jacques Chirac en su discurso sobre la defensa, el 19 de enero del 2006).

Contrariamente a lo que hacen pensar los temores formulados aquí o allá, el fortalecimiento de la identidad europea no perjudica a la identidad nacional: Europa no es una nación, y nunca lo será. Estas dos identidades no son incompatibles; la prueba es que cada uno de nosotros, lo sepa o no, tiene ya varias pertenencias. Todos tenemos, ante todo, una identidad cultural, en el sentido amplio de la palabra, que recibimos durante nuestra infancia, sin ninguna intervención nuestra. Implica antes que nada la lengua materna, y por ello la concepción del mundo que va incluida en ella, una religión (o su ausencia), recuerdos de paisajes, costumbres alimenticias o corporales; pero también elementos de la cultura, en el sentido estrecho: libros, imágenes, melodías. Tenemos todos, después, una identidad nacional y cívica cuyo cimiento es la solidaridad (ya no los sentimientos compartidos): se basa en nuestra interdependencia económica y social, que pasa por los presupuestos del Estado y los impuestos, y que se traduce en nuestros sistemas de jubilación o de Seguridad Social, nuestras escuelas o nuestros transportes públicos. Tenemos todos, además, una identidad que deriva de nuestras opciones políticas y morales, puesto que nos adherimos a ciertos principios de vocación universal: como el régimen democrático, el Estado de derecho, el respeto de los derechos humanos.

Es, pues, a este conjunto de identidades colectivas que viene a añadirse hoy la identidad europea. Procede de la toma en consideración, ineludible, de la pluralidad de naciones en el seno de una entidad única, Europa. Consiste pues en hacer, de una ausencia de unidad, una unidad de nivel superior, en convertir la diferencia en identidad. Se consigue comprometiéndonos con la coexistencia, la comparación y la confrontación con aquellos que no piensan ni sienten siempre como nosotros, siendo tolerantes y renunciando a la tentación de imponer el bien por la fuerza, fomentando la competencia y al mismo tiempo el espíritu crítico, aprendiendo, como decía Kant, a “pensar poniéndonos en el lugar de otro ser humano”.