Real Madrid 1 – Gremio 0: Una copa de plata

Cristiano Ronaldo, delantero del Real Madrid, en el triunfo del equipo Merengue en el Mundial de Clubes, el 16 de diciembre, en Abu Dabi Credit Amr Abdallah Dalsh/Reuters

A lo largo de su larga historia ya la llamaron Intercontinental, Mundial de Clubes, Mundialito. Alguien, alguna vez, empezará a llamarla el Campeonato de la Desigualdad, la Copa del Saqueo.

El Mundial de Clubes muestra –si fuera necesario, con una crudeza redundante– la evolución del fútbol mundial en las últimas décadas: cómo los equipos europeos han concentrado la riqueza futbolística, acaparando a los mejores jugadores y vaciando, así, a los sudamericanos.

No siempre fue así y esta copa es ejemplo. En sus primeros diez años, a partir de 1960, la ganaron seis veces equipos americanos —un brasileño, un uruguayo, dos argentinos– y cuatro veces equipos europeos –dos italianos y el Real Madrid dos veces—. En sus diez últimos años, en cambio, la ganó una vez el Corinthians de San Pablo y lo demás fue todo Europa: el Barcelona tres veces, el Madrid otras tres, el Bayern, el Manchester United, el Internazionale.

Y, para colmo, a los europeos les importa relativamente poco. Hace unos años, todavía, los españoles la veían como un engorro: cuando ya habían conseguido lo máximo –la Champions– tenían que irse justo antes de Navidad al quinto cuerno a jugar contra un equipito que ganaba monedas pero estaba dispuesto a pelarse los pies para ganarles esa copa que a ellos no les importaba. Esta tarde aún, antes del partido, el locutor de la tele española quería convencer a sus espectadores: “No se crean que ahora viene un partidito. Esto es un partido muy serio, un partidazo”.

No parecía tan claro. En la noche de Abu Dabi jugaban dos equipos tan bruscamente disparejos. La plantilla del Gremio de Porto Alegre, Brasil, vale, con suerte, unos 80 millones de dólares. Es mucho –muchísimo– menos que lo que cuesta Cristiano Ronaldo, un solo jugador contrario. Porque enfrente estaba el Real Madrid, cuya plantilla debe andar por los mil millones, aunque últimamente nadie sabe, porque los precios han enloquecido. Hubo tiempos en que la final de la copa que enfrentaba a los campeones de Europa y América era una cumbre del fútbol mundial; ahora parece destruida por el dinero que inundó ese fútbol.

Pero “los partidos –dice el viejo cliché– se ganan en la cancha”. Y otro cliché dice que “en la cancha, al fin y al cabo, son once contra once”. El que no se consuela es porque no quiere, decía, sin piedad, mi tía Porota.

Parecían once contra once, y el Gremio trató de consolarse. Entró pisando fuerte: al minuto de juego su 3, Geromel, le regaló bruta patada desde atrás a Cristiano Ronaldo: un aviso de que pensaban jugar a lo sudaca. Pero los españoles se arredraron poco: controlaron la pelota, la hicieron circular, le dieron brillo. Y el partido se armó según el modelo clásico de estos enfrentamientos desiguales: el equipo caro juega un fútbol elegante; el barato juega un fútbol de supervivencia.

O sea que el equipo caro la tiene casi todo el tiempo y la toca con finura y solvencia y el equipo barato la pierde enseguida porque no tiene calidad como para manejarla; el equipo caro a veces concreta su dominio en goles desde el principio y a veces tarda porque no acierta o porque el barato se defiende con uñas y dientes pero, en la enorme mayoría de los casos, el equipo caro termina por meterla. A menos que –y esa es toda su esperanza– el barato pueda enganchar un contraataque afortunado o un tiro libre sorprendente o un penal injusto o algo así y gane por pura suerte o pura lucha o un rayo de Dios Padre.

Sucede poco y esta tarde, nada. El Madrid, queda dicho, controlaba, su medio campo relucía: Isco, Marcelo, Modric, Kroos hacían circular la pelota rápido y preciso; en cambio tenía problemas adelante. Su figura, Cristiano Ronaldo, se equivocaba en muchas; Benzema, tan consecuente, en todas. Solo por eso —y porque el arquero brasileño, Marcelo, fue el mejor de los suyos— el primer chico terminó 0 a 0.

Era cuestión de tiempo. Cuando empezó el segundo todo seguía igual. Al fondo, las vallas publicitarias eran un dato del mundo por venir: anuncios del gigante chino Alibaba, los coches chinos Wanda, los combustibles rusos Gazprom, otras cosas en chino incomprensibles y, tímido, casi vintage, Coca-Cola. Y, al fondo, una gran pantalla que pasaba el partido: en el mundo por venir incluso en los estadios el partido se mira por la tele.

Por la tele, entonces, por todas las teles, cientos de millones pudieron ver cómo Cristiano Ronaldo pateó un tiro libre fuerte y al medio de la barrera, pero alguien de esa barrera –Lucas Barrios– se corrió, la dejó pasar, engañó a su arquero. El 1 a 0 destruyó las escasas esperanzas brasileñas. No había color ni ninguna otra cosa: parecía que el partido podía durar un mes y medio y el Gremio seguiría sin meterla. De hecho, solo tuvo un tiro, que más que tiro fue una metáfora de la impotencia: un foul desde unos 35 metros que su 2, Edilson, reventó de un puntinazo infame. Y nunca más –nunca más– pateó al arco. El Gremio –el mejor equipo de América– se rindió sin pelear ante el dinero.

Así que el Madrid esperó que todo terminara; mientras tanto intentaba –sin urgencias– meter otro para estar más tranquilo. El partido se fue deshilachando y al final acabó como debía: el Real Madrid se convirtió en el primer equipo de la historia en levantar esa copa dos años seguidos. Al fin, de puro amable, hizo como que festejaba. Debe estar preocupado: dentro de una semana tendrá que jugar con uno de su tamaño. El Barcelona le lleva ocho puntos en la Liga y va a ser su próxima visita. Ese día el Madrid festejará un título que el dinero ha vuelto tan barato: el Campeonato de la Desigualdad, la Copa del Saqueo.

Martín Caparrós es un periodista y novelista argentino. Sus libros más recientes son El hambre y Echeverría. Vive en España, es colaborador regular de The New York Times en Español y reconocido recientemente con el premio María Moors Cabot de periodismo 2017.

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