Realidad y ficción en el final de la violencia

Por Daniel Innerarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza (EL PAÍS, 23/06/06):

Los finales de la violencia son momentos propicios para la confusión, procesos en los que se puede comprobar hasta qué punto es cierta la tesis de Nietzsche de que no existen hechos sino interpretaciones. Hay más escenificación, fingimiento, gesticulación y disimulo que de costumbre, más de lo que estamos en condiciones de descifrar. El plano de la objetividad suele quedar medio oculto por el plano superpuesto en el que combaten las interpretaciones. La anterior confrontación se transforma en una lucha simbólica. Parece como si la gran batalla fuera ahora la de imponer la interpretación definitiva. En adelante gana quien consigue hacer valer la propia versión de lo sucedido. Conviene saber que existe este doble registro y aprender a diferenciar los hechos y sus interpretaciones, la realidad y la ficción. Quien los confunda, no entenderá nada y quedará inerme ante las corrientes emocionales que intenten transmitir, según convenga a las diversas aficiones, miedo o indignación, frustración o euforia.

Pese a la altanería de unos y el alarmismo de otros, el plano de la realidad no permite interpretaciones disparatadas. ETA busca una salida que le salve la cara, cuando sabe que no hay margen para las concesiones políticas. Ya ni siquiera es posible que un presidente del Gobierno español les denomine Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Por eso su mayor dificultad va a ser inventar una interpretación que sea convincente, al menos para los suyos. Todo lo que diga o haga habrá que leerlo a la luz de esta búsqueda de un relato justificador. Tendrá que ingeniárselas para explicar a sus tropas por qué no se disolvió antes y por qué se ve obligada a hacerlo ahora con un balance siniestro de víctimas e inutilidad política. A los demás nos corresponde no dejarnos enganchar por esa retórica, que sólo desconcierta a quien no sepa de qué va la cosa, sobre todo cuando es maliciosamente aprovechada por quienes lo saben de sobra pero les viene bien alimentar la inquietud entre los votantes menos enterados.

Todo esto ocurre cuando la sociedad española apenas ha tenido tiempo de reponerse de la doctrina Mayor Oreja que impuso la absurda tesis de que ETA no miente. Esta aseveración siempre me ha recordado aquel chiste inglés de que se comienza cometiendo un asesinato y se acaba perdiendo los buenos modales en la mesa. ¿Por qué quien es capaz de lo más no ha de ser capaz de lo menos? Un terrorista que mata pero no miente sería tan absurdo como pensar que quien ha colocado un coche bomba puede estar preocupado por pagar el aparcamiento correspondiente. Una organización terrorista no tiene ningún título especial para merecer mayor credibilidad que otros (como se le concedió en la tregua anterior en virtud de la mencionada doctrina). El terrorismo también es una estrategia que tiene la intención de escenificar y confundir. Hay que entender y luchar contra la violencia sin creerse necesariamente lo que afirman los terroristas, una de cuyas armas consiste precisamente en generar confusión.

En situación de tregua una organización terrorista tiende a suplir con gestos la ausencia de atentados. Esto es algo para lo que deberíamos estar preparados. El maquillaje de la derrota seguramente alcanzará un gran nivel de sofisticación. Le costará disimular plenamente el desastre, pero tratará al menos de hacerlo soportable para los suyos. Vamos a tener que escuchar relatos literalmente increíbles, atribuciones espurias e incluso ejercicios de auténtica “contabilidad creativa”. Seguramente se atribuirán el nuevo Estatuto y la mayoría alternativa que puede producirse en Navarra como algo posibilitado por la tregua. Y no faltarán quienes se lo crean o quienes estén interesados en que lo creamos. Ya hemos tenido un anticipo casi cómico de ese ejercicio de imaginación contable: Otegi celebraba hace unas semanas que el Estado fuera dando pasos para reconocer el carácter nacional del País Vasco, algo que por cierto ya se dice de Andalucía en la proposición para la reforma de su Estatuto.

Al espectador que quiera sobrevivir en medio de este cruce de relatos le conviene tener en cuenta cómo se declara el estado de ruina política de algo. Se cierran los chiringuitos apelando a la validez indestructible de los principios por los que se habían puesto en marcha. El ejemplo más ilustrativo de esto es De Gaulle retirándose de Argelia tras haber declarado su innegociable carácter francés. Únicamente los ortodoxos pueden liquidar las organizaciones ruinosas… en nombre de los mismos objetivos que fundaron lo que ahora se revela como un negocio en quiebra. La historia de ETA es muy elocuente a este respecto: una y otra vez ha fracasado el intento de que fueran sus críticos los que procedieran a su disolución. Si esto finalmente ocurre -y aquí estriba la dificultad del asunto- lo harán sus generales y en nombre de los objetivos de siempre. Que nadie espere otra retórica, porque además tampoco nos hace falta.

Tenemos que prepararnos para no perder la calma interpretativa en este nuevo combate de relatos. Los diversos agentes políticos deberán aprender a leer estos códigos porque tienen la responsabilidad de hacer inteligible lo que vaya pasando. Nos sorprenderá la euforia de los que se retiran y la desunión de los que han resistido. Vamos a asistir al espectáculo de ver cómo los que pierden hablan como si ganaran y los demás renunciaremos a recordarles que han perdido. Pero no podemos renunciar a nada más. Entre las batallas más difíciles y exigentes está el combate ideológico para impedir que esto se cierre aceptando el relato justificatorio de ETA. Una cosa es que cada cual interprete las cosas como quiera y otra el discurso público en el que se basa la legitimidad de nuestras instituciones. El automatismo con el que el PP otorga credibilidad a lo que dice ETA puede tener unos efectos insospechados: el temor de unos a que se rompa España puede alimentar en los otros la expectativa de que así sea. En cualquier caso, preferir creer a los terroristas que a cualquier otro no contribuye a que la interpretación pública del final de la violencia se construya desde la legitimidad democrática.