Rebeldes mileuristas (quien llegue) sin casa

Por Rafael Leonisio, investigador del departamento de Ciencia Política de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 29/05/07):

El 15 de mayo se cumplió el primer aniversario de aquellas sentadas que, convocadas anónimamente por Internet, dieron el pistoletazo de salida a lo que se viene conociendo como movimiento por una vivienda digna. Éste agrupa fundamentalmente a dos colectivos: la Plataforma por una Vivienda Digna (PVD) y la red de Asambleas ‘v’ de vivienda. Ante la súbita aparición de un movimiento que parece surgir de la nada y que en menos de un año consigue movilizar a miles de jóvenes, a cualquiera pueden surgirle una serie de preguntas: ¿de dónde surge este movimiento? ¿Tiene detrás alguna fuerza o ideología política que lo impulsa? ¿Tan mala es la situación de la vivienda en España como para que la gente tenga que salir a la calle? ¿Son todos estos jóvenes unos vagos que quieren una casa a cambio de nada? Antes de contestar a todo esto repasemos acontecimientos.

A finales de marzo de 2006 empezó a circular un correo electrónico que convocaba a todos los jóvenes a un ‘macrobotellón’ en diferentes ciudades españolas. La reacción de la prensa fue unánime: dar una importante cobertura a la noticia y llegar a una misma conclusión, a saber, que los jóvenes de este país no piensan más que en su propia diversión y que es vergonzoso que con todos los problemas que hay en el mundo sólo se junten de manera masiva para emborracharse. Poco después se lanzó otro ‘e-mail’ en el que se instaba a la juventud a demostrar, ante la mala imagen que se había dado de ella, que también sabía movilizarse por otras causas. Se la convocaba a reclamar por medio de unas sentadas el incumplido derecho constitucional a una vivienda digna.

La convocatoria fue un éxito, máxime si tenemos en cuenta que se hacía de forma anónima, por Internet y que los medios no le prestaron ni la mitad de atención que a la anterior. La asistencia fue muy desigual: unas pocas decenas en ciudades pequeñas y varios centenares en algunas más grandes. Sin embargo, en Barcelona y Madrid fueron varios miles, formándose en esta última una manifestación espontánea que acabó (más bien fue ‘acabada’ por la policía) en la puerta del Congreso de los Diputados. Por la forma en que había surgido todo parecía indicar que este movimiento de protesta acabaría ahí mismo, donde empezó, quedando relegado a mera anécdota de fin de semana. Sin embargo no fue eso lo que ocurrió. Siguieron convocándose sentadas todos los domingos siguientes a la primera y quienes acudían a ellas comenzaron a organizarse. Unos contactaron con la ya existente y hasta entonces inédita PVD mientras que en otros lugares se formaron asambleas que poco después formarían la red ‘v’ de vivienda. Estas organizaciones empezaron a convocar unas movilizaciones que fueron respaldadas de forma masiva por miles de ciudadanos. En septiembre más de 10.000 jóvenes se manifestaron en Barcelona y un mes después un número parecido lo hacía en Madrid. El 23 de diciembre miles de jóvenes se manifestaban simultáneamente en toda España, sucediendo lo mismo el pasado 24 de marzo. Lo mismo pero con más gente, porque una de las sorprendentes características de este movimiento es que no para de crecer.

Llegados a este punto conviene hacer un alto y preguntarse ¿tan mal está el acceso a la vivienda en España? ‘Los jóvenes quieren que se lo den todo hecho, a nosotros también nos costó mucho esfuerzo comprar una casa’, suele argumentar alguno ante estas movilizaciones. Pero sólo hay que remitirse a los datos. Hace veinte años las hipotecas eran a 10-15 años con un solo sueldo; hoy se necesitan dos salarios y el plazo de amortización no baja de los 30 años cuando no son 40 o 50. ‘La juventud quiere un pisito gratis sin trabajar, y eso es tener mucha caradura’. Pues tampoco es eso. Nadie en todas las manifestaciones y demás acciones ha pedido que le regalen una casa. Tan solo se exige que se cumpla el artículo 47 de la Constitución, que reza lo siguiente: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación».

¿Tenemos todos los ciudadanos acceso a una vivienda digna y adecuada? Está claro que no. ¿Todo el que accede a una vivienda digna lo hace en condiciones dignas? Sólo si consideramos que una hipoteca a 50 años es un modo digno de acceder a una vivienda, lo cual es mucho considerar. ¿Promueven los poderes públicos las condiciones necesarias y establecen normas pertinentes para hacer efectivo este derecho? Aquí está la clave del asunto.

España es ya el país con la vivienda más cara del mundo en relación a los salarios, lo que por necesidad implica que los poderes públicos no lo están haciendo muy bien. Por acción u omisión algo de culpa tienen que tener. Las movilizaciones juveniles han apuntado una serie de medidas concretas que, inspiradas en países de nuestro entorno, podrían mitigar el efecto de la ya por todos llamada burbuja inmobiliaria. Pongamos como ejemplo la última manifestación convocada por la PVD de Euskadi, en la que se proponían a los poderes públicos tres medidas concretas: 1. Ley de Hipotecas, donde se impida que éstas superen un número concreto de años (15-20) para su amortización. Esto ocurre actualmente en Francia e impide la escandalosa escalada de precios (150% en 10 años) que tenemos en este país. 2. Gravar fiscalmente los pisos vacíos para así incentivar su venta o puesta en alquiler, como pasa en otros muchos países europeos. 3. Que toda la VPO sea para alquiler. La VPO en régimen de compra es un despropósito ya que con el dinero de todos los hipotecados se financia una vivienda asequible para muy pocos.

¿Quién está detrás de todo esto? Habrá quien sospeche que este movimiento está politizado y que responde a determinados intereses políticos. Nada más lejos de la realidad. Una de las características más sobresalientes de este movimiento es el apartidismo. Los partidos que llevan gestionando la democracia desde hace treinta años ni están ni se les espera y, aunque lo intentaran, les resultaría muy difícil hacer una OPA. Quienes se han manifestado profusamente durante este último año han venido dejando bien claro que reparten la culpa entre todas las fuerzas políticas. Unas con más responsabilidad que otras pero todas, al fin y al cabo, culpables, por acción u omisión, de este gravísimo problema que hoy tenemos en España. Problema además muy peligroso para nuestra economía, que posiblemente no aguante sin una crisis el estallido de la burbuja. ¿Pero estallará la burbuja? El futuro siempre es incierto, pero si nos fijamos en los casos de Japón y Estados Unidos (donde la burbuja estalló y de verdad) combinándolo con el ‘que nadie se alarme’ del Gobierno ante la crisis en bolsa de las inmobiliarias, la verdad es que es para echarse a temblar.

Una vez hechas las aclaraciones, ¿qué balance se puede hacer de este movimiento? Es evidente que no ha quedado en saco roto. Si miramos atrás podemos recordar cómo hace un año las noticias que hablaban del precio de la vivienda y, sobre todo, de la escasa posibilidad de los jóvenes de acceder a ella eran escasas. Hoy día cada dos por tres algún periódico, revista o programa de televisión incluye algún espacio para este tema. Por otro lado los políticos ya han empezado a competir por ver quién es el que hace la mejor promesa para resolver esta situación (ejemplos claros los tenemos en los gobiernos vasco y catalán, que ya han lanzado alguna propuesta en lo que respecta a los pisos vacíos; o en esta última campaña electoral, donde la idea de ‘vivienda digna’ ha aparecido por todas partes). Pero de momento estamos en eso, en la fase de las propuestas, y todavía nos quedará un tiempo para ver las soluciones (si es que llegan). En cualquier caso todo este movimiento básicamente juvenil ha demostrado que con la ayuda de las nuevas tecnologías (fundamentalmente Internet) es posible crear un movimiento exclusivamente ciudadano, y por tanto sin impulsos políticos, con capacidad para influir tanto en los poderes públicos como en la ciudadanía. Sin duda un paso adelante hacia una mayor democratización de una sociedad que, cuando se ha movido de manera masiva, lo ha hecho casi exclusivamente por el influjo de los grandes partidos políticos.