Reconciliación y fractura generacional

Los jóvenes son jueces y fiscales durísimos. No perdonan un solo error a las generaciones que les precedieron. Es más: califican como erróneos comportamientos que en realidad fueron aciertos. Y es que no cambia la vida, cambian las visiones de la vida; y la necesidad de matar simbólicamente al padre forma parte de este cambio de visiones. Supongo que es inevitable. Yo también lo hice: siendo yo un joven universitario impertinente, mantuve muchas discusiones con mi padre sobre la guerra civil. Le dije muchísimas tonterías, las más de las veces a voz en grito, dándole lecciones de un tiempo que el había sufrido y sobre el que yo había leído sesgadamente. Él fue un chico de 17 años enviado al frente, del que se escapó salvando la vida, mientras yo era un petimetre con unos cuantos libros y panfletos en la cabeza que me abrogaba el derecho a juzgarle, sintiéndome poseedor de la razón histórica. Cuando, al madurar, tomé consciencia de las barbaridades que le había dicho, era demasiado tarde. El sentimiento de culpa por mi época de joven airado que se atreve a condenar al padre me acompañará mientras viva.

Pensé de nuevo en mi padre el pasado jueves, conversando con Alberto Garzón, el joven diputado de Izquierda Unida por Málaga, que presentaba en la tertulia de Els matins de TV3, su flamante libro La tercera república (Península). Yo estaba sentado a su lado, escuchándole desgranar con lenguaje vivo y rápido un discurso muy parecido al del famoso Pablo Iglesias de Podemos. No se parecen físicamente, pero son gemelos. Discutíamos sobre la abdicación del Rey cuando Lídia Heredia, la conductora del programa, le dijo, mostrando el libro a las cámaras: “¡Qué sentido de la oportunidad!”; a lo que el joven Garzón contestó: “Es la única cosa que puedo agradecerle a Juan Carlos”. Y en un plis-plas desautorizó la monarquía recordando, como hacen tantos esta semana, que fue nombrado por Franco.

La crueldad de la frase me motivó a interpelarle. No le recordé que Juan Carlos ha contribuido decisivamente durante su reinado a fundamentar el periodo más pacífico, democrático, próspero y solidario de la triste historia de España (Catalunya incluida). Le recordé que el Rey que ahora se despide es indisociable de la figura de Santiago Carrillo, y del Partido Comunista, matriz de Izquierda Unida. Entre ambos trazaron el puente que hizo posible este largo periodo democrático. Pero sobre todo quería decirle que ni el Rey ni Carrillo ni Suárez, ni las élites de las que ahora se habla despectivamente se inventaron en un rincón oculto la democracia que tenemos. Fuimos nosotros, los antifranquistas de a pie, la gente anónima que había desafiado a la dictadura arriesgando vida y hacienda, los que avalamos con nuestra aquiescencia activa los pactos que condujeron a la democracia inclusiva. Éramos perfectamente conscientes de que un empate de impotencias entre franquistas y demócratas impedía la victoria de unos sobre otros. Estábamos convencidos del poder regenerador de la reconciliación.

Sobre los méritos del Rey, extraordinarios, o sobre sus errores últimos, que no fueron pocos, no tengo nada que añadir a lo mucho que se ha escrito ya estos días. Lo que de verdad me motiva es explicar algo a estos jóvenes que afirman que la transición no fue más que un trueque secreto entre élites.

Como protagonista menor y anónimo de aquellos años, me sorprende que la izquierda española y el catalanismo hayan olvidado que la reconciliación y el reconocimiento del otro no fue una imposición de los militares ni una rémora franquista llegada a través del Rey. Al contrario era nuestro principal patrimonio. Cuando Franco asesina al comunista Julián Grimau, en 1963. Dionisio Ridruejo escribe en Le Monde que, mientras el franquismo reproduce la dialéctica de la guerra, la oposición infatigablemente debe persistir en el discurso de la reconciliación. Un discurso que había empezado años antes, en lo más oscuro del oscuro invierno de la dictadura. En 1947, aprovechando la celebración popular de la entronización de la Virgen de Montserrat, Josep Benet consigue organizar el primer encuentro patriótico que reúne a los catalanes enfrentados en los dos bandos de la Guerra Civil. Y en 1956 el Partido Comunista oficializa la propuesta de reconciliación nacional. Jordi Amat me contaba ayer que acaba de prologar en RBA el libro inédito de Maurici Serrahima, Mentrestant, que describe precisamente este combate clandestino por la reconciliación. Lo leeremos.

Ciertamente, el patrimonio de la reconciliación (catalanista y de izquierda en su origen) que impregnó la democracia, fue desnaturalizado en los noventa por Aznar, quien, rompiendo los moldes del consenso, impregnó nuestra democracia del espíritu contrario: el de la dialéctica amigo-enemigo. Me resulta extraño que la joven generación dé la razón a Aznar, en lugar de reivindicar la inclusividad y el reconocimiento del otro. Un gran patrimonio histórico que el futuro rey, si le echáramos una mano, podría abanderar.

Le exigimos demasiado al futuro rey Felipe. Que intente abrir un tiempo nuevo para dar respuesta al malestar económico, a la fractura generacional, a la falta de representatividad de la democracia, a la crisis sistémica de la corrupción y a la ruptura catalana. Quizás es demasiado, pero no le quedará más remedio que intentarlo. Sería paradójico, que los nietos de los promotores de reconciliación y la inclusividad, haciendo caso a Aznar, dejaran solo a quien podría recuperar este legado.

Antoni Puigverd

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