Reconocimientos rusos

Durante los dos últimos años no ha faltado quien ha subrayado que, pese a las apariencias, a Rusia le interesaba sobremanera el reconocimiento occidental de un Kosovo independiente. La razón era y es relativamente fácil de explicar: semejante reconocimiento debía permitir que el Kremlin moviese pieza en provecho propio en escenarios mucho más golosos para sus intereses – Kosovo queda demasiado lejos, tanto en la geografía como en la historia-, y en particular en Osetia del Sur y en Abjasia, hasta hoy en Georgia, y acaso también en la autodenominada república del Transdniestr, en Moldavia.

Claro está que el recién perfilado reconocimiento ruso de Osetia del Sur y de Abjasia puede contemplarse desde dos perspectivas muy diferentes. La primera entiende, con lógica inapelable, que es la respuesta del Kremlin al apoyo dispensado por la mayoría de las potencias occidentales, el pasado febrero, a un Kosovo independiente. En tal sentido, no pueden dejar de sorprender, por absurdas e hipócritas, las reacciones airadas que se han registrado en Washington y en varias de las cancillerías de los estados miembros de la Unión Europea. Tiene su gracia, en particular, la reacción norteamericana, empeñada en defender ahora una integridad territorial, la de Georgia, que en cambio no se postuló medio año atrás en Serbia, y firmemente indignada por la intervención rusa en el primero de esos países, como si la Casa Blanca no nos tuviese acostumbrados desde mucho tiempo atrás a agresiones militares por completo al margen de la legalidad internacional.

La otra perspectiva es, sin embargo, menos halagüeña para Moscú y recuerda que los reconocimientos de Osetia del Sur y Abjasia por el Kremlin dan al traste con una política, la rusa, que hasta ahora decía defender a carta cabal la legalidad internacional y declaraba oponerse drásticamente a cualquier suerte de secesión que no recibiese el beneplácito previo del Estado afectado. Aunque no se hayan percatado, quienes hace unos meses, y al calor del contencioso kosovar, recibieron con alegría la reacción hostil de Rusia – en buena medida los mismos que aún hoy siguen pensando que el Gobierno español postula algún saludable principio, y no confesables intereses, en relación con estos menesteres- no están precisamente de enhorabuena. Magro consuelo parece, para su posición, el recordatorio de que es harto improbable que Osetia del Sur y Abjasia disfruten de la relativa normalización que, en materia de reconocimientos, ha alcanzado Kosovo los últimos meses. No parece que esto último preocupe en demasía, con todo, en Moscú.

Así las cosas, en este caso es difícil sustraerse a una sencilla conclusión: tirios y troyanos, Rusia y las potencias occidentales, defienden sin rebozo sus intereses más obscenos y asumen, de resultas, políticas de estricta doble moral. Una de las secuelas de lo anterior es, por cierto, el hecho de que no hay ningún motivo para afirmar que muestran alguna preocupación por las causas de la democracia y de la autodeterminación. Moderadamente llamativo es, de cualquier forma, que este último principio no haya sido defendido ni por los unos ni por los otros. No se olvide al respecto que si en Kosovo se eludió la convocatoria de un referéndum de autodeterminación – y al efecto de poco vale la certificación de que estaba cantado que la mayoría de la población local se inclinaría por la secesión-, en Osetia del Sur y Abjasia antes se han esgrimido las consecuencias de la agresión militar georgiana de hace unas semanas que las presuntas querencias de los habitantes de esos dos territorios. Nadie quiere hablar, entre tanto, de la castigada Chechenia, escenario de una crudelísima represión que no parece preocupar ni a quienes defienden la secesión de Osetia del Sur y Abjasia ni a quienes se oponen a ella.

Comoquiera que unos y otros consideran – formulemos las cosas en estos términos- que al cabo lo que importa es la fuerza respectiva, ningún relieve se le asigna al eventual peso de una alegación que subraye la opción mayoritaria entre las poblaciones implicadas, tanto más cuanto que la invocación de esta última acarrearía discusiones desagradables sobre el destino que han corrido los serbios en Kosovo y los georgianos otrora residentes en Osetia del Sur y, más aún, en Abjasia (bueno es recordar que la textura de todos estos conflictos es muy diferente). A la postre lo que impera, y con descaro, son los intereses geoestratégicos y geoeconómicos de Rusia y de las potencias occidentales, en el marco de lo que se antoja un prosaico juego de poder.

Si, en suma, hay que perfilar un pronóstico de corto plazo en lo que respecta a posibles cambios – secesiones, independencias- en la Europa central y oriental, lo suyo es señalar que el único candidato sólido al efecto es la llamada república del Transdniestr, en Moldavia. Bien es verdad que en este caso las tensiones han amainado un tanto en los últimos años y la interpretación más extendida sugiere que Rusia se lo pensará dos veces antes de alentar un proceso de secesión que – no lo olvidemos- afectaría a un territorio no colindante con el suyo propio. Queda por dirimir también, es cierto, si Osetia del Sur y Abjasia porfiarán en la vía de la independencia o acabarán por integrarse, antes o después, en la Federación Rusa. Eso en lo que atañe al corto plazo, porque, los acontecimientos como vienen, nadie está en condiciones de augurar qué es lo que, en este terreno como en tantos otros, nos tiene reservado el futuro.

Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Rusia en la era de Putin, Catarata, 2006.