Recuerden el Arca de Noé

Antiguamente, digamos que hasta el siglo XVIII, los desastres se atribuían a algún castigo divino, una tradición que podemos remontar al Diluvio. Recordemos que, después de devastar la tierra y los mares, Dios se comprometió personalmente con Noé (Génesis 6-1-22) a no volver a destruir su obra. Desde entonces, sobrevivimos a una catástrofe tras otra, provocadas más a menudo por los hombres que por la divinidad. Cuando, en el siglo XVIII, la era de las creencias retrocedió, el azar sustituyó progresivamente a las explicaciones místicas. Así, cuando Lisboa quedó completamente destruida por un terremoto en 1755, Voltaire, en un texto célebre, Cándido, consideró que la Naturaleza no era en sí misma totalmente buena y que la conjunción de los elementos quizás explicara los seísmos mejor que la intervención divina. Nació entonces la meteorología, el primer intento científico no de dominar el clima, sino de comprender su funcionamiento y preverlo a corto plazo, suponiendo que eso sea posible.

Semejante pragmatismo, tanto racionalismo, tanta modestia, no podían satisfacer eternamente a nuestros contemporáneos, que aspiran a interpretar, a prever y, principalmente, a dominarlo todo. Así, casi por azar, algunos astrofísicos de la Agencia Espacial Norteamericana, la NASA, concibieron en la década de 1960 modelos climáticos. Al manipularlos, se descubrió que algunos gases denominados de efecto invernadero, como el metano (emitido por los arrozales y las vacas) y el dióxido de carbono (nuestras fábricas y automóviles), contribuían a calentar globalmente la atmósfera. El límite de estos modelos teóricos es que no explican los altos y bajos del pasado, documentados en los anales y en la evolución de la agricultura. «¿Qué ha sido de las nieves de antaño?», se preguntaba François Villon en 1461; el siglo XVII en Europa fue especialmente frío, y el XVIII, al ser más cálido, mejoró las cosechas. Los modelos contemporáneos, que constatan una lenta tendencia al calentamiento (aunque no todos los años), no permiten datar el principio de esta dinámica, puesto que hace solo cuarenta años que se sabe medir la temperatura global por satélite. Por tanto, las comparaciones con el pasado son aleatorias.

Por último, estos modelos climáticos solo miden lo que es mensurable: si las manchas solares o un desplazamiento del ángulo de rotación de la Tierra contribuyen al calentamiento climático, no lo sabemos medir, de momento. La demonización del dióxido de carbono por parte de los climatistas no es tanto el resultado de una demostración pragmática como una hipótesis, desde luego seria, que se limita a lo que podemos aprender y que eventualmente podríamos controlar. Esta perspectiva de dominio del clima, por lo tanto, es muy satisfactoria para la mente, pues hace recular al azar y confiere a la humanidad una posible influencia sobre su futuro climático.

Este recordatorio de lo que se sabe y no se sabe sobre el calentamiento climático, a medio camino entre la ciencia y la ideología (por qué «creen» más en el calentamiento los de izquierdas que los de derechas y en Europa más que en India es un misterio) es una premisa para comentar los recientes huracanes que han arrasado las costas del Golfo de México y las Antillas. Hemos oído a reporteros audaces atribuir estos huracanes y su rastro de miseria al calentamiento climático; algunos de ellos han considerado culpable a Donald Trump, que no ha ratificado el Acuerdo de París sobre el clima, por el que los Estados se comprometen a contener las emisiones de dióxido de carbono a largo plazo. Es mucho atribuir a Trump que no domine todavía los huracanes.

Se observará también que los climatólogos realmente científicos siempre han negado la relación directa entre un desastre natural local y su teoría del calentamiento. Se repetirán, pues, cosas evidentes. Septiembre es el mes de los huracanes en el Golfo de México. En 1900, la ciudad de Galveston quedó completamente destruida por una tempestad; se ahogaron 8.000 personas. No hay pues nada nuevo bajo la lluvia, salvo el desarrollo de las ciudades en unas regiones en las que antes nunca se había construido. Así, Houston se construyó sobre un pantano, y al cubrir las antiguas vías de agua con asfalto, la lluvia ya no corre e inunda los nuevos barrios. Lo mismo ocurrió durante el tsunami de 2004, que aniquiló gigantescos barrios de chabolas en las playas de Madrás, en la India, y centros turísticos en las costas de Tailandia. En 2005, el huracán Katrina inundó los barrios bajos de Nueva Orleans, que antes no estaban habitados, mientras que la vieja ciudad alta se salvó.

Dios, en estas tragedias, ha respetado su contrato, pero no los descendientes de Noé, que no cuentan para nada con la Naturaleza tal y como la conocemos; nadie debería habitar en un pantano o en una playa que se puede inundar. Evidentemente, en lugar de acusar a los especuladores inmobiliarios, es más cómodo tomarla con la Naturaleza, con el calentamiento climático y con los que lo ponen en duda, tachados por Al Gore, gurú del calentamiento, nada menos que de «negacionistas».

¿No es el escepticismo el fundamento de la ciencia y el dogmatismo el de la ideología? ¿Dónde se sitúa el climatismo si esos aduladores no aceptan la controversia? Pero más que gestos políticos y mediáticos, prepararse para los próximos huracanes exigirá, antes incluso de reducir las emisiones de metano de las vacas y de dióxido de carbono de los automóviles, entregarse a una autocrítica sobre la edificación de ciudades a la orilla del mar. Hasta el viejo Noé lo habría comprendido.

Guy Sorman

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