Recuerdos y olvidos del pasado

A veces se acierta y a veces se cometen grandes injusticias al recordar lo que les aconteció a los españoles en épocas pretéritas. Agustín Muñoz-Grandes Galilea, elegido recientemente miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, se ha referido a lo sucedido en enero de este año con el General Millán Astray.

El Ayuntamiento de La Coruña, ciudad de la que fue hijo predilecto, ha retirado su estatua de una plaza, olvidándose de que las primeras condecoraciones importantes que recibió el general fueron concedidas por el Rey Alfonso XIII. Fueron el premio a sus heroicas actuaciones en el norte de África, entre ellas la liberación de Melilla, en 1921 y el Desembarco de Alhucemas, cuatro años después, en 1925. Todos episodios muy anteriores a la Guerra Civil de 1936.

En una postura opuesta nos encontramos con el recuerdo del General Narváez, que en Madrid da nombre a una calle. Nadie se escandaliza de ello, aunque el conocido político del siglo XIX, El espadón de Loja, respondiese al sacerdote que en el lecho de muerte le pedía que perdonase a sus enemigos: «Padre, no tengo enemigos; los he matado a todos».

En el pasado histórico español, sin embargo, hay que recordar siempre hechos memorables. Me referiré hoy a lo que sucedió el 6 de enero de 1975. Las circunstancias del momento deben sorprender a quienes lean estas líneas y sean todavía muy jóvenes.

El 25 de abril de 1974 se había producido en Portugal la denominada Revolución de los claveles, un levantamiento cívico-militar que puso fin a varias décadas de dictadura en el país luso. Dado el paralelismo entre el salazarismo y el franquismo, algunos pensaron que podía ocurrir algo parecido en España. Pero el intento fracasó aquí y el 25 de agosto de 1975 fueron detenidos, como dirigentes de la UMD (Unión Militar Democrática), un comandante y ocho capitanes.

Uno de los mejores inspiradores de la UMD, probablemente el más eficaz, fue Julio Busquets, que en aquellos años colaboraba en la cátedra que yo regentaba en la Universidad de Barcelona. Advierto por la información ofrecida en los medios estos días que no se le hace el reconocimiento que merece.

Julio Busquets, en los ratos que le dejaba libre su quehacer de comandante, estudió detenidamente la actitud política de los militares de carrera y llegó a la conclusión de que fueron liberales la mayoría de los oficiales del siglo XIX con preocupaciones intelectuales, así como un alto número de los que entonces intervinieron en la vida política. La lista es larga: entre los primeros, San Miguel, Villamartín, Almirante, Clonard, Banús, Barado, Vidart, Vallecillo, Aparici; políticos de corte liberal fueron Riego, Espartero, Prim, O’Donnell, Morillo, Ros de Olano, Llauder, Mina, Villacampa, Torrijos, Cordero, Latre, Redil, Dulce, Serrano, Topete, Caballero de Rodas…

Busquets pensaba que el renacimiento en Portugal del ejército liberal tenía una singular importancia. Desde luego ninguna otra intervención militar de los últimos tiempos había recibido tantos calificativos elogiosos en los círculos del antifranquismo. Mi entusiasta colega sospechaba también que el hombre de nuestras calles y nuestras plazas públicas aplaudía silenciosamente, pero con el corazón latiendo a ritmo de emoción grande, lo que estaba ocurriendo en Portugal.

Al ser detenidos los dirigentes de la UMD, me pidieron que asumiera la defensa de uno de ellos, el capitán Fortes, y con mucho gusto acepté. Quiso organizarse un equipo de defensores, donde ocupó lugar destacado mi amigo Jaime Miralles, pero no nos admitieron en la jurisdicción militar. Los defendimos cuanto pudimos, sin una intervención forense.

Un par de años después, y siendo yo ministro, le pedí al teniente general Gutiérrez Mellado, entonces vicepresidente primero del Gobierno de Adolfo Suárez y ministro de Defensa, que el ejército hiciese un gesto a favor de los compañeros represaliados en 1975, poco antes de morir Franco. Me fue sincero: «No es posible hacer nada y puedes estar seguro de que lo siento como tú. Acaso en el futuro». El general Gutiérrez Mellado era un caballero, una persona excepcionalmente valiosa, pero estaba sujeto a unos condicionantes que le superaban.

Afortunadamente, aquellos condicionantes de 1977 han cesado. Y hace apenas unos días se ha homenajeado oficialmente a la UMD. Nos hallamos como en los mejores momentos del siglo XIX. El 10 de marzo de 1820, valga el recordatorio, don Francisco Espoz y Mina, en su condición de comandante supremo del Ejército nacional constitucional del norte de España, se dirigía a las tropas en los siguientes términos: «Soldados de todas las armas: que las heridas recibidas en el campo de batalla en defensa de la patria, les recuerden la obligación en que están de afianzarla y consolidarla por medio de leyes sabias y una racional libertad».

Dos años después, las Cortes, en su sesión del 7 de abril de 1822, reconocieron y agradecieron la defensa de la libertad cívica llevada a cabo por las fuerzas armadas y proclamaron que «el Ejército español todo es libertador».

El profesor Vicens Vices resume la interpretación más compartida por los historiadores: «El Ejército se inclinó hacia el liberalismo y fue, de hecho, la columna vertebral del sistema constitucional español». La influencia de la Revolución de los claveles fue enorme en España. No tardó en extenderse el rumor de un posible general Spínola a la manera hispana, que sería don Manuel Díez Alegría. El prestigio de este ilustre militar era grande. Curiosamente, en una de sus visitas a Barcelona me entrevisté con él en un raro lugar que nos preparó un amigo común: el vestidor de una importante sastrería del paseo de Gracia.

El general Díez Alegría, don Manuel (ya que había un hermano también general), me causó una excelente impresión en todos los aspectos. Pronto sería cesado en la jefatura del Alto Estado Mayor, después de un viaje a Rumanía y una supuesta entrevista con el dirigente comunista Santiago Carrillo. Según explicaría el general Gutiérrez Mellado en una conferencia ofrecida en la Fundación Ortega y Gasset: Díez Alegría era de Ingenieros, se llevaba bien con los civiles y era académico, pero sobre todo cesó porque Franco llegó a convencerse de que era una especie de Spínola español.

Al hilo de esta evocación hemos recordado a figuras extraordinarias que ya nos dejaron. Resulta satisfactorio que se les retenga en la memoria. Pienso que no hay que eliminar de nuestras calles y plazas a quienes -nos guste sus quehaceres o los reprobemos- son parte importante de la historia de España.

Manuel Jiménez de Parga, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y ex presidente del Tribunal Constitucional.