Recuperar la dignidad de la política

El descrédito de los políticos y los partidos es evidente. Es injusto considerar por igual a todos los políticos y más aún afirmar que todos o la mayoría de ellos son corruptos. Pero en política la realidad es sobre todo lo que parece. Y la desconfianza de gran parte de la población es grave para la democracia, porque la ciudadanía se desvincula de las instituciones y estas se vuelven cada vez más vulnerables ante los poderes fácticos.

Para reforzar la democracia es preciso recuperar la dignidad de la política. Y esto no depende solo de las leyes ni de los estatutos de los partidos, sino sobre todo del comportamiento de las personas que la representan. La dignidad de la política es una cuestión de moral pública. Con esta convicción, un grupo de personas hemos organizado para el próximo lunes, a las siete de la tarde, en el Auditori de Barcelona, un homenaje al dirigente del PSUC Miguel Núñez, fallecido hace tres años, un político cuyo comportamiento durante una vida de lucha de más de 70 años nos permite destacar seis cualidades que hacen de la política una actividad digna.

La primera es el coraje. Nadie nace héroe, y no es deseable que un país dependa de los héroes. Pero sí se necesita coraje. La historia de Núñez es una sucesión de momentos de coraje. Coraje en defensa de la República, en la guerra civil, en la resistencia, en la clandestinidad. Coraje para defender sus convicciones y para huir del pensamiento dogmático y de la autosuficiencia de los que se consideran portadores de la verdad. Coraje es asumir el riesgo, resistir cuando te quieren someter, defender las ideas propias aun sabiendo que no siempre serán bien recibidas y mantener las convicciones en circunstancias adversas.

La segunda virtud es la responsabilidad. El político debe ser coherente y consecuente, e inspirar confianza en su partido y en la sociedad. No debe ocultar sus objetivos ni los medios elegidos para alcanzarlos. Tampoco debe disimular sus convicciones y ha de esforzarse para entender las de los demás. Núñez era respetado por todos y siempre sabía encontrar aliados porque sabía que la responsabilidad es una virtud que se ejerce ante uno mismo y ante todo el mundo.

La tercera cualidad es la honradez, un deber de cualquier ciudadano, una condición para la convivencia y, para los políticos, una condición sine qua non: honradez respecto a los bienes materiales y los privilegios, y también honradez intelectual, renuncia a utilizar la calumnia o la mentira. Una opinión pública sana -y también los partidos– debería excluir de la vida pública a los políticos irresponsables e indecentes.

La cuarta virtud es la capacidad de entender la política como instrumento de progreso, de avance social y cultural. Núñez consideraba que la democracia no era una mera representación, sino un medio para promover la justicia y para crear lazos solidarios entre los ciudadanos. Fue un político al servicio de los que luchaban por una sociedad más justa. Su patria era el mundo de los trabajadores. Fue comunista por un ideal utópico y por una acción eficaz a corto plazo, y rompió con el socialismo soviético porque creaba una sociedad sin libertad ni igualdad. Apreciaba los progresos hechos con la democracia, pero no soportaba que la democracia derivara en un conjunto de procedimientos más aptos para el inmovilismo que para el cambio.

La quinta virtud es el internacionalismo y la defensa de la autodeterminación de los pueblos. Núñez era madrileño pero durante casi medio siglo, incluidos 16 años de cárcel, luchó por el derecho a la autodeterminación de Catalunya. Pero no era nacionalista de ningún país, sino internacionalista, y su patria eran los trabajadores y los oprimidos de todo el mundo. Se sentía comprometido con todos los pueblos y, cuando consideró que no podía hacer mucho en la política española, favoreció la aproximación entre las fuerzas progresistas de América e hizo cooperación práctica en Centroamérica y en el Caribe. El internacionalismo representa hoy la dignidad frente a una globalización indecente. Y no impide, sino que complementa, el arraigo y la adhesión al país al que uno pertenece.

La última cualidad es la defensa de la felicidad. Muchos políticos confunden la dignidad que consideran que va vinculada a su cargo con el protocolo, la vestimenta tristemente formal, la cara seria, la actitud ajetreada, el coche oficial y el discurso retórico. A Núñez nada de eso le interesaba. Su discurso era concreto, exigente, argumentado, comprometido. Se hacía entender por todos y a menudo convencía a sus adversarios. Y su dignidad como político se expresaba a través de una vitalidad infinita, el afecto fraternal que establecía con los que compartían alguna cosa con él, un humor inagotable y un optimismo sin límites.

La dignidad de la política se expresa en las personas, no en las instituciones. Las instituciones son frías y la política ha de ser cálida, una práctica cotidiana de relación entre políticos y ciudadanos, no un ejercicio distante ni un privilegio. La política es digna cuando los políticos hacen de ella un instrumento para hacer progresar a la sociedad. Como hizo Miguel Núñez.

Firman también este artículo Marga Arboix, Pepa Arenós, Isidor Boix, Joan Busquet, Enric Cama, Pere Camps, Carme Cebrián, Joan Coscubiela, M. Àngels Espuny, Merche García Aran, Silvestre Gilaberte, Carme Guinea, Joan-Ramon Laporte, Josep Maria Rodríguez Rovira, Marçal Tarragó, Pau Verrié, Pere Joan Ventura, Eulàlia Vintró y Mònica Ximeno.

Por Jordi Borja, urbanista.

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