Redes sociales, hay vida más allá

¿Podríamos hallarnos ante una especie de Apocalipsis del nuevo siglo encarnado en la soledad de la conexión tecnológica? Existen aplicaciones que en el instante mismo de ser descargadas aportan a tu vida ¡más de ochocientas personas! ¿Está capacitado el ser humano para conocer a ochocientas personas de golpe? ¿Podemos asumir el estrés que genera la necesidad inmediata del conocimiento de tanta gente de cuya existencia no teníamos constancia tan sólo medio minuto antes de descargarnos la aplicación con la que llegan? Pero el asunto es que no conocemos a esas personas y posiblemente no lleguemos nunca a conocerlas aunque creemos que sí.

Yo quiero tener un millón de amigos, cantaba en la década de los años 70 Roberto Carlos sin imaginar que llegaría a ser posible. Podemos relacionarnos con un millón de personas pero lo hacemos desde la más estricta soledad de una habitación en la que cabe nuestra conciencia y poco más. Dice Macaco en su canción «Hijos de un mismo Dios»: Luis, con el mundo lleva una vida muy social, en la red un millón de amigos no te pueden fallar. Pero en su casa hace un mes que nadie cruza su portal. La banda sonora: solitaria comunidad.

Hoy resulta habitual iniciar una relación amorosa en Facebook y romperla por WhatsApp. Hemos globalizado una dudosa escala de valores morales que nos impide siquiera sorprendernos de que sea así.

La tecnología, que nos convierte en seres falsamente más sociables, nos aboca a una soledad casi apocalíptica por lo que tiene de final de una era. Una excesiva conexión a través de la Red encubre el aislamiento del hombre en el siglo XXI. Provoca una tendencia a lo superficial que en el caso de los jóvenes se torna más que preocupante. Conectamos con medio planeta pero cada vez somos más incapaces de conectar con nosotros mismos. Estudios científicos demuestran, sin embargo, lo necesaria que es la introspección para innovar y crear; en definitiva, para que la civilización avance. Porque… ¿realmente estamos avanzando? Creemos haber alcanzado las más altas cotas de desarrollo gracias a la tecnología. Pero cuando observo cómo a un joven le cuesta mantenerse unos minutos sin conectar con alguno de sus miles de amigos o compartir con ellos algo tan «trascendente» (no se salten las comillas) como la compra de unas chanclas, eso sí de marca, en los últimos grandes almacenes que han abierto en la ciudad o comer sushi en el japonés de moda, se me plantean serias dudas. Es desolador ser testigo de esos encuentros de sábado por la tarde en los que chicos y chicas, armados todos de sus móviles, se cuentan los unos a los otros, sin mirarse, las novedades de vidas virtuales que jamás saldrán de los artefactos para asaltar la realidad.

Igualmente cabe preguntarse si tan poco aprecio le tenemos a nuestra intimidad, que permitimos que cualquiera pueda entrar en ella a través de una aplicación de móvil o una red social. Por un lado defendemos a ultranza la protección de nuestros datos personales, incluso con una ley muy necesaria -desde 1999, fecha de la primera Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal, aunque en 1992 ya hubo una pero que no tuvo mucha implantación-, mientras que por otro exponemos con todo lujo de detalles cada paso que damos en nuestra vida cotidiana. ¿No es un peligroso contrasentido? Proteger la intimidad no sólo nos reporta un beneficio en cuanto a nuestra seguridad sino que nos hace más fuertes como personas. Exponer nuestra privacidad nos debilita. Nos convierte en seres más débiles porque destapamos lo que somos ante todo aquel que quiera asomarse a la rendija que abrimos nosotros mismos.

Se están gestando unas generaciones de personas psicológicamente frágiles que no son conscientes de su vulnerabilidad. Así lo reconoce sin ambages el cofundador de Facebook, Sean Parker: «Las redes están diseñadas para explotar la vulnerabilidad de la psicología humana». O peor aún: «Sólo Dios sabe lo que le está haciendo al cerebro de nuestros hijos».

Conozco el caso de una adolescente que había permanecido en cama una semana debido a una fuerte gripe y, por tanto, desconectada de las redes sociales. Durante su recuperación exclamó horrorizada: «¡Me estoy quedando sola! Como no he estado activa (en las redes sociales, se entiende), ya nadie me hace caso, ¡y apenas tengo likes!». Como contraste se dio la circunstancia de que sus amigos de verdad, los de carne y hueso, aquellos que forman una pequeña familia, estuvieron entrando y saliendo alegremente de su casa para visitarla mientras se hallaba enferma. A pesar de ello, la joven se sentía sola por haber estado ausente de su Instagran aquellos siete días.

Recuerdo cuando luchábamos para evitar las «etiquetas», los clichés con los que juzgar hechos y a personas, y ahora resulta que estamos encantados llenando nuestra vida de etiquetas en las redes sociales. Ahora es mucho más reconfortante etiquetar, sentirte clasificado para no quedarte en un incómodo aislamiento. Es la falacia del mundo irreal.

Yo era usuaria de Twitter hasta que hace tres años cerré mi cuenta. Quise experimentar cómo se sobrevive cuando de repente dejas de estar en el mundo; o eso es lo que nos han hecho creer, porque no me considero ninguna outsider y reconozco públicamente que no he vuelto a abrirla ya que vivo mucho más tranquila desde que no cojo el móvil nada más despertar o me pierdo en un mar de mensajes sin fondo ni horizonte todas las noches mordiéndole esquinas al sueño.

En realidad no es que haya vida más allá de las redes sociales, sino que la verdadera vida, la que importa, la que te satisface y enriquece, la que te permite disfrutar de tus seres queridos o aprovechar el tiempo de ocio como más te apetezca, está fuera de ellas. Que nadie entienda este artículo como un alegato contra las redes sociales o un cántico de demonización de las mismas. Sin duda tienen ventajas. Lo único que pretendo es compartir una reflexión sobre la pérdida de tiempo que suponen a diario; sobre el peso psicológico que representan para aquellas personas a las que les afecta lo que los demás opinen sobre ellas; y, por último, sobre el infinito peligro en el que navegan nuestros datos personales hasta, en casos extremos, hacernos naufragar como personas.

Asomarse a Twitter, Facebook, Instagram, o a cualquier otra red, es abrir una ventana al mundo para que entre desde un amigo o un antiguo amor al que le perdiste la pista hace tiempo, a un perturbado que no va a parar hasta hacerte la vida imposible. Las redes ofrecen un púlpito barato y publicitado como ningún otro para que, amparándose en el anonimato, puedan decirse las mayores barbaridades sobre quien sea, y ahí quedan. ¿Quién está dispuesto a ser la próxima víctima?

Mari Pau Domínguez es escritora y periodista.

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