Referéndum: no es lo que parece

De entrada parece un sacrilegio, o casi. Cómo se puede estar en contra de la forma más directa de democracia, la que pregunta directamente al pueblo su opinión, quien teme el referéndum teme que el pueblo hable, y un largo etcétera. Como todas las respuestas simples a cosas muy complicadas, el referéndum parece bueno porque parece simple, es fácil de invocar. Pero los grandes problemas políticos de nuestro tiempo, rara vez son binarios. Quizá convenga proceder con orden, y para empezar, con una cierta mirada histórica.

Cuando hace unos siglos se empezó a quebrar el Estado absoluto, y a través de las revoluciones liberales (también llamadas revoluciones burguesas) se abrió paso el debate sobre la naturaleza de la democracia como forma de Gobierno, se plantearon varios problemas. Uno de los más importantes es ¿quién manda, cómo manda, y para qué manda? Es decir, ¿cómo se hace efectivo el famoso contrato social? Alguien tiene que gobernarnos a todos, desde luego, y para ello hace falta un mecanismo como es el sufragio. Pero primero, durante más de un siglo, ello no significaba ‘sufragio universal’, solo votaban los ricos, los propietarios, la nobleza… Tardó en llegar el sufragio universal, tanto que en Suiza, paradigma de la democracia, las mujeres no tuvieron el voto hasta… ¡1971!

Pero en su día, este debate resolvió otra duda: democracia representativa frente a democracia directa. Ganó muy pronto la democracia representativa. En síntesis: el pueblo elige a unos representantes (por cierto, periódicamente, a plazo fijo, para evitar eternizarse en el puesto), que a su vez tomarán en la sede apropiada (el Parlamento) las decisiones que convengan al ‘interés general’. Y en su día, las elecciones renovarán el contrato entre gobernantes y gobernados. Defensor de la segunda opción, democracia directa, Jean Jacques Rousseau no alcanzó a ver el fracaso de su invento, aunque ya advirtió que era poco práctico. Y fracasó por impracticable: el pueblo entero decidiendo directamente todo siempre y sin intermediarios, no hace falta ser un genio para adivinar a dónde lleva esto.

Pero de la querencia por una forma tan ideal de democracia ha quedado el referéndum, en algunos países, con formas de convocatoria diferentes y con resultados diferentes. Es decir, convocatoria automática (si la norma así lo contempla: reformar una Constitución o un Estatuto de Autonomía por ejemplo) o a iniciativa de alguien (el primer ministro, un número determinado de electores… la norma habilitante debe contemplarlo explícitamente). Y por sus resultados, vinculantes jurídicamente o no vinculantes, es decir consultivos. La normativa tiene que incluir todos los mecanismos garantistas de procedimiento: censo, pregunta (clara, explícita, a contestar con ‘sí’, ‘no’, voto blanco o voto nulo), recuento, proclamación de resultados y efectos de dichos resultados sobre el ordenamiento vigente.

El principal problema, entre otros, es de otra naturaleza. No todos los problemas políticos tienen una naturaleza tan simple como para ser respondidos por ‘sí’ o por ‘no’. Un ejemplo extremo: la ratificación del Tratado de Maastricht, con lo que comporta de complejidad jurídica, de reforma parcial de los tratados anteriores, etcétera, ¿puede el votante medio aprobarlo o rechazarlo? ¿No será mejor que sus representantes lo hablen, lleguen a acuerdos, compromisos (la esencia de la política en democracia)? Y además, como toda forma plebiscitaria, los grandes referéndums políticos de las últimas décadas muestran que el cuerpo electoral ve sobre todo en la convocatoria una forma simple de desahogarse contra el gobierno de turno, entre elecciones y elecciones.

Tiene suspense: De Gaulle cayó en 1969 por un referéndum sobre competencias del Senado; varios tratados de la UE han pendido de un hilo en Francia, Dinamarca, Irlanda, y el voto siempre ha sido un castigo al Ejecutivo. Acaba de pasar en Hungría, pero con una participación de un tercio del censo, los húngaros han castigado al señor Orbán votando ‘con los pies’, es decir, quedándose en casa. En Colombia, con una abstención de alrededor del 60%, los partidarios del ‘no’, han castigado a Santos o han ‘votado’ por Uribe, pues ese ‘no’ no tiene ningún plan B en la cartera en relación al tema de fondo. Y la perla de todos estos casos de estudio: ¡el ‘brexit’! Su líder ganador, el señor Farage, al día siguiente se fue a su casa, y ya se las compondrá… ¿quién? la democracia representativa. Menos mal que nos queda ella.

Pere Vilanova, Catedrático de Ciencia Política (UB).

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