Reflexiones sobre la basura

Estrenar el año hablando de basura puede parecer fuera de tono. No obstante, me atrevo a hacerlo porque se trata de un tema de actualidad. Hace unos años, mencionar la basura en una tertulia social hubiera sido de mal gusto: era algo sucio, insano, olía mal, un tema repugnante. Eran tiempos en que bastaba dejar en el pasillo la bolsa con los desechos del día. El portero se encargaría de recogerla y los basureros municipales, esos ángeles de la noche, harían desaparecer todos los residuos sin decir ni mu. Sólo los conocíamos cuando se acercaba la Navidad y venían con una tarjeta a felicitarnos las Pascuas esperando el aguinaldo. Así sucedía en todas las ciudades españolas y, creía yo, en todas las del mundo desarrollado. En realidad, eso no era verdad.

Cuando me mudé a Hannover (Alemania) en 1968, descubrí que allí la cosa no era tan fácil. La recogida de basuras era semanal y cada vecino tenía un contenedor asignado con el número de su puerta. Todos los contenedores estaban cuidadosamente alineados y, para mi sorpresa, invariablemente cerrados con candado. Me pareció increíble esa preocupación por proteger la basura hasta que, en propia carne, comprobé lo difícil que era acumular la basura de siete días en aquel cubo que, en realidad, no era tan enorme como a primera vista parecía. Como estaba rigurosamente prohibido dejar nada fuera, reordenar con esmero los residuos de días anteriores, machacar las botellas desechadas hasta hacerlas añicos, en fin, tareas nada agradables, eran el pan nuestro de cada día que se agravaba cuando se recibían invitados a cenar y, por supuesto, durante las Fiestas. Pronto comprendí que el misterioso candado servía para evitar que un vecino desesperado o, simplemente, desaprensivo aprovechara las noches de nieve para añadir su propia basura a tu inelástico contenedor.

Era fundamental recordar el día de la recogida semanal. De olvidarse, era mejor no comer en casa durante la próxima semana, no comprar periódicos y desprogramar todo tipo de adquisiciones a fin de evitar mayores problemas. Con aquel clima, tenía su punto salir de noche a sacar la basura armada de abrigo, bufanda, gorro, guantes, botas de nieve, una linterna, la llave del candado y, claro está, la bolsa de la basura. A pesar de los candados, nunca fallaba. Cada vez que alguien salía de la casa en dirección a la fila de los contenedores y comenzaba a limpiarlos de nieve con objeto de poder leer el número que identificaba el propio, eran varios los vecinos que instintivamente se asomaban a las ventanas temiéndose lo peor. Así era, amén de que se pagaba una tasa municipal por tan insuficiente servicio que yo consideraba indigno de un país tan adelantado.

Claro que en esos reportajes que las televisiones dedican al llamado —¿por cuánto tiempo?— Tercer Mundo vemos ejércitos de niños abandonados que esculcan gigantescos vertederos en zonas depauperadas de África, Asia y América Latina, en busca de algo que comer o que vender.

Desde entonces, he venido observando la aparición de la basura como tema literario. «Las ciudades invisibles» del italiano Italo Calvino, quien no vacila en reincidir en «La poubelle agrée» de su célebre «Camino de San Giovanni»; y «Basura», así, de frente, del colombiano Héctor Abad Faciolinde, me demostraron que hasta la basura puede ser un excelente tema para los buenos escritores. Y hasta tengo amigos de clase acomodada que se divierten buscando en las basuras de los barrios ricos algún mueble, cuadro u objeto vintage con que decorar su coqueta vivienda. Y he sabido que, en Bogotá, un camionero se dedica a rescatar libros de las basuras que su mujer restaurará en el «hospital de las letras» que ha creado. En tiempos de crisis, tampoco faltan quienes se ven obligados a rebuscar en las basuras por puro instinto de supervivencia.

Sin embargo, desde que fuimos conscientes de la necesidad de preservar el medio ambiente la cosa se ha complicado. Ahora todos reciclamos en tres cubos distintos que luego hay que llevar al lugar que el municipio haya tenido a bien determinar. Lo que antes era simple y gratuito es ahora complicado y de pago. Claro que esto puede ser peor aún. Ahora, en Alemania, los ciudadanos tienen que clasificar sus basuras en siete categorías y desecharlas en siete cubos distintos. La recogida es semanal para cada categoría. Todo se andará…

Lo cierto es que el incremento demográfico de las ciudades, derivado del imparable éxodo del campo y de países más desfavorecidos, parece haberse aliado con los complejos empaquetados que facilitan la distribución de cualquier producto en supermercados y grandes almacenes, conspirando a dúo para aumentar nuestras basuras de cada día. No abulta lo mismo la bolsa de papel reciclable de la frutería que la caja de plástico rígido con cubierta transparente y abombada que protege dos manzanas o cuatro tomates cuando se adquieren en una gran superficie. Que nos den o no bolsas para transportar nuestras compras a casa es ya lo de menos. Lo de más son los envases de cada producto.

La basura no ha dejado de ser algo sucio, insano, que huele mal, algo realmente repugnante, pero se ha convertido en un problema de interés público en todas las grandes ciudades del mundo, pues basta una breve huelga laboral para que éstas se conviertan en insalubres vertederos. Algún político, como Gustavo Petro, alcalde de Bogotá, en un alarde de imaginación, ha querido arreglar de un plumazo la preservación del medio ambiente y la erradicación de la pobreza extrema modificando el sistema de recogida a través de la incorporación a la cadena de un nuevo sector: el de los recicladores que hasta ahora lo hacían por necesidad propia y desde ahora serán profesionales de lo suyo y cobrarán un subsidio de la alcaldía. La tarea de reciclador parece un oficio con futuro. Tampoco ha funcionado, claro, dicen que por falta de coordinación con la llegada de los camiones de basura, y Bogotá ha vivido unas navidades-basura. Otras ciudades italianas y, más recientemente, nuestra Granada, y ahora Sevilla, han pasado también por tan desagradable experiencia.

En todo caso, la basura no ha parado su indeseable expansión invadiendo otros terrenos tangibles e intangibles. Anoto entre los tangibles los cementerios de coches y motos y los basureros que albergarán los millones de ordenadores, cámaras de fotos, teléfonos móviles, iPods, iPads, eReaders, etc. En cuanto a la basura intangible, habrán observado que, en los últimos tiempos, ya todos hablamos con naturalidad de programas-basura en la televisión, de novelas-basura, de juguetes-basura… pero también de basura política, de basura moral… ¿Dónde está el vertedero de la basura intangible? Si ya la eliminación de la basura material se ha convertido en un grave problema cuya solución sostenible nadie ha encontrado hasta ahora —¿pasará por coaligar al improbable «sector de recicladores» con las empresas de la biomasa?—, veo todavía más difícil barrer del mapa esa basura intangible que nos acosa: la corrupción rampante, la falta de ética, el «sálvese quien pueda», el egoísmo exacerbado, la pérdida de la solidaridad con el otro… La basura ya nos ha demostrado sus cualidades de rizoma invasor. «El reciclador que lo reciclare buen reciclador será». Entretanto, ¡reciclen, reciclen, reciclen!

Por Milagros del Corral, asesora de Organismos Internacionales.

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